Capítulo 3
Cuando Tom entró en el hotel, Evan estaba esperándolo en
el vestíbulo. Le
echó una mirada furibunda, pero su hermano no se arredró.
—¿Por qué te enfadas conmigo? —le espetó contrariado—.
¿Cómo esperabas que
reaccionara cuando veo aparecer a mi hermano, un misógino
redomado, con una joven
en traje de noche a las ocho y media de la mañana?
Tom no contestó, y siguió andando hacia el salón donde se
iba a celebrar el
congreso. Evan exhaló un pesado suspiro y meneó la
cabeza, yendo detrás de él.
—Pero si es que nunca tienes una cita... Estás siempre
trabajando. El haberte
visto con una mujer casi me parece un milagro. ¿Cómo la
conociste?
Tom giró la cabeza hacia él y frunció los labios.
—Había bebido de más, y estuvo a punto de tirarse de un
puente. Yo la detuve
—contestó al fin.
—Vaya —murmuró Evan frotándose la nuca. No había esperado
aquella respuesta
en absoluto—. ¿Y qué pasó luego? ¿Por qué estaba contigo
esta...?
—Me daba no sé qué dejarla por ahí sola, a su suerte —lo
cortó Tom en un
tono áspero—, así que le ofrecí pasar la noche en tu
habitación de la suite. Esta
mañana la he llevado a su casa. Fin de la historia.
—¿Y por qué diablos una chica tan preciosa como esa iba a
querer suicidarse?
—inquirió Evan.
—Perdió a su marido y a su bebé en un accidente de
tráfico —contestó Tom
quedamente.
—Vaya, pobrecilla —murmuró su hermano. Miró a Tom de
reojo, como si de
pronto hubiera comprendido algo—. Entonces, lo que te
movió a traerla aquí fue
simplemente compasión —farfulló, meneando la cabeza y
metiéndose las manos en los
bolsillos—. Debería haberlo imaginado, era demasiado
bonito para ser cierto.
—¿De qué diablos estás hablando? —le espetó Tom
frunciendo el ceño y
deteniéndose frente a la escalinata que subía al salón
del congreso.
—Pues de que si de una vez encontraras una chica, tal vez
yo podría conseguir al
fin una para mí —contestó con fastidio, deteniéndose
también—Cuando me ven
siempre pasan de largo para llegar hasta ti, y eso que tú
no soportas a ninguna. La vida
es cruel — se quedó un momento pensativo—. Oye, quizá ese
sea el secreto —dijo con
una sonrisa—. A lo mejor, si finjo que las odio... sí,
tal vez entonces se me tirarían
encima por docenas...
—¿Y por qué no lo intentas? —masculló Tom.
—Bueno, la verdad es que lo probé una vez —recordó Evan
en voz alta—, pero
solo logré asustar a la chica en cuestión, aunque tampoco
fue una gran pérdida: tenía
tres gatos, y ya sabes que soy alérgico a esos bichos.
Tom se echó a reír.
—Oh, casi lo olvido —dijo de pronto Evan—. Hace un rato,
mientras estaba
esperándote, tomando un café en el bar, me pasaron una
llamada. Era mamá.
El rostro de Tom se puso rígido.
—¿Ah, sí?
—Tom, desearía que dejaras de poner esa cara de palo cada
vez que alguien la
menciona —lo reprendió su hermano—. Es tu madre también,
y ya ha sufrido bastante
por lo que hizo. Tu problema es que no sabes lo que es
estar enamorado de verdad. Si
lo supieras la perdonarías.
Evan se equivocaba, pero no podía saberlo, porque había
estado en la universidad
durante los meses más difíciles en la vida de Tom. Ni su
madre, ni el propio Tom
le habían hablado demasiado de la tragedia que lo había
convertido en un hombre
amargado y resentido.
—El amor es para los tontos —masculló Tom—. No me hace
ninguna falta.
—Lástima, te animaría un poco.
Tom no contestó a eso, y se volvió hacia el cartel que
habían puesto frente al
salón de congresos.
—¿Por qué has venido al final, Evan? Me las habría
apañado sin ti.
Su hermano se encogió de hombros.
—En realidad decidí venir para perder un rato de vista a
Connal. Me estaba
volviendo loco. Pero he reservado billete en un vuelo a
las cinco de la tarde para volver
a casa, porque he dejado algunos asuntos pendientes, así
que no te preocupes, que
mañana podrás demostrar que te las apañas sin mí.
Los asistentes al congreso estaban empezando a entrar en
el salón.
—Lo de Connal es la «fiebre del padre» —le dijo Tom a
Evan—. En cuanto Pepi
dé a luz, volverá a la normalidad.
—Puede, pero entretanto no hace más que atormentarse con
cosas como «¿y si
Pepi se pone de parto y él no está en casa?» o «¿y si el
coche no arranca cuando tenga
que llevarla a la clínica?» —exclamó arrojando los brazos
al aire—. Dios, ha revisado el
motor tres veces en lo que va de semana... Te juro que le
quita a uno las ganas de ser
padre algún día.
Tom se descubrió recordando a Miranda, y preguntándose
cómo sería tener
un hijo. Era increíble. Nunca antes se le había pasado un
pensamiento semejante por la
cabeza, ni siquiera con la chica a la que había amado más
que a su propia vida...
Aquello era una locura. Apenas si la conocía, y él vivía
en el estado de Texas
mientras que ella vivía en Illinois. Lo suyo no tenía
futuro, no lo habría tenido aunque
ella no acabase de quedarse viuda. Reprimió un gruñido de
frustración.
—¿A qué le estás dando vueltas? —inquirió Evan entornando
los ojos, tan
perspicaz como siempre—. Cuando hay algo que te tiene
preocupado nunca hablas de
ello.
—¿De qué serviría? —le espetó Tom—. Las preocupaciones no
van a
desvanecerse porque hables de ellas.
—No, pero sacarlas a la luz te ayuda a verlas desde otras
perspectivas —apuntó
Evan—. Se trata de esa joven, ¿no? La salvaste y ahora te
sientes responsable de ella.
Tom se giró hacia él, con los cafeces ojos
relampagueándole. Evan levantó las
manos sonriendo.
—De acuerdo, de acuerdo, he captado el mensaje —murmuró—.
Pero de todos
modos es una pena. Era realmente preciosa. ¿Quién sabe?,
a lo mejor podrías probar
suerte. Donald, Connal y yo podríamos explicarte qué
tienes que hacer en una cita y...
—bajó el tono de voz al ver que pasaba junto a ellos un
hombre para entrar en el
salón—, bueno, también podríamos explicarte «esas otras
cosas» que no sabes.
—¿Quieres parar ya? —le rogó Tom.
—No es ningún crimen ser virgen, aunque seas un hombre
—continuó Evan sin
hacerle caso—. Además, en casa todos sabemos que tenías
intención de meterte a cura
y...
Tom sacudió la cabeza y comenzó a subir la escalinata.
—Tom... —lo llamó su hermano, fastidiado de que lo
hubiera dejado con la
palabra en la boca.
—Sin comentarios —masculló Tom—. Vamos, la gente ya está
ocupando sus
sitios.
A pesar de su preocupación por Miranda, Tom hizo un buen
papel cuando le
llegó el turno de hablar. Tenía un sentido del humor
cargado de ironía, y lo usó a su
favor para mantener la atención de los asistentes.
Cuando terminó la sesión, Evan lo felicitó efusivamente,
y lo invitó a almorzar.
—Es porque es demasiado pronto, ¿verdad? —le dijo de
pronto mientras
esperaban el postre, sorprendiéndolo—. Quiero decir que
no te atreves a pedirle salir
porque acaba de enviudar y te parece que es demasiado
susceptible, ¿no es eso?
Tom no contestó, pero Evan sabía que ese era el problema.
—¿Sabes, Tom? Tal vez sea así, tal vez aún sea demasiado
susceptible, pero
precisamente por eso no le vendría mal tener a alguien a
su lado que la ayude a
superarlo y mirar hacia adelante.
—Aun así es demasiado pronto —farfulló su hermano. Evan
se encogió de
hombros.
—Bueno, tampoco creo que te hiciera ningún daño el dejar
la puerta abierta, por
si acaso, hasta que ella esté lista, ¿no te parece?
—inquirió con una sonrisa maliciosa.
Tom no pudo quitarse de la cabeza las palabras de Evan
durante el resto de la
tarde, incluso después de que su hermano hubiera tomado
el avión de regreso a
Jacobsville. No, realmente no le haría ningún daño dejar
la puerta abierta, pero, ¿era
eso lo que él quería? Una mujer como Miranda no estaba
hecha para la vida en un
rancho. Era una chica de ciudad que había sufrido una
terrible tragedia de la que aún
tenía que reponerse. Además, él era un tipo solitario que
también tenía heridas
todavía sin cicatrizar. Jamás funcionaría.
Sin embargo, aquellos pensamientos no impidieron que su
cuerpo recordara, con
una tremenda frustración, el ardor que la joven había
despertado en él aquella mañana.
No podía quitarse del pensamiento sus dulces y cálidos
labios, y mientras veía las
noticias en su suite del hotel, empezó a fantasear con su
delicada figura desnuda
sobre blancas sábanas. Si la llama de la pasión se había
encendido tan deprisa solo por
unos besos, ¿cómo sería hacerle el amor?
Pero no era eso lo que lo preocupaba, era lo que sucedería
después. Se sentiría
incapaz de dejarla marchar, y eso fue lo que lo hizo
dudar cuando puso la mano sobre
la guía telefónica para buscar su número. Si compartían
algo tan íntimo, ¿sería capaz
de dejar que fuese solo una aventura de una noche? Se
quedó mirando la guía
telefónica un buen rato, pero finalmente apartó su mano y
se metió en la cama. Era
demasiado pronto, y no solo para ella, sino también para
él. No se sentía preparado
para ninguna clase de compromiso.
Entretanto, Miranda estaba pensando lo mismo en el
silencioso salón de su casa,
con el número del Carlton Arms garabateado en un papel
entre sus dedos. Ansiaba
tanto escuchar una vez más la voz de Tom, ansiaba tanto
poder... ¿poder qué?, se
preguntó a sí misma en un tono de reproche. Ya le había
causado bastantes molestias.
Era solo que, aquella tarde, después de almorzar, había
llamado desde la oficina al
grupo de caridad de la parroquia, y esa misma tarde
habían ido a recoger los muebles
del bebé, y se sentía tan deprimida... Era curioso que,
aunque hacía mucho que había
dejado de amar a Tim, desde el momento en que supo que
estaba embarazada, había
esperado ansiosamente tener al hijo de los dos entre sus
brazos.
No podía volver a cargar a Tom con sus problemas
personales. Si la había
ayudado había sido solo por amabilidad, por compasión, y
sin embargo... Sin embargo, el
modo en que la había besado aquella mañana, la pasión que
había despertado en ella...
nunca había experimentado nada igual.
Antes de casarse siempre había imaginado que el
matrimonio debía ser una
consolidación de un amor mutuo, una llama que no se
extinguiría jamás, pero no había
sido así. Ni siquiera el sexo, la tan ansiada primera
vez, había sido la maravillosa
experiencia que había esperado. Le había dolido, y había
sido incluso desagradable. No
habían sonado campanas, ni había habido fuegos
artificiales, ni se había abierto la
tierra bajo sus pies.
De hecho, una semana después de su matrimonio había
empezado a preguntarse
si alguna vez había sentido de verdad algo por Tim. Cada
vez tenía más la sensación de
haberse engañado, pensando que la atracción física y la
admiración que había sentido
al conocerlo eran equivalentes al amor. Solo cuando se
casaron empezó a vislumbrar al
verdadero Tim, al periodista sin sentimientos, egoísta,
intransigente...
Tom en cambio parecía tan distinto... Aunque en un primer
momento podía
resultar algo frío e imponía un poco, se había mostrado
muy amable y comprensivo con
ella, y en el fondo de su alma parecía albergar un volcán
de emociones que ansiaba
descubrir aun a riesgo de quemarse. Quería averiguar
hasta qué punto podían
consumirlos las llamas de la pasión que habían encendido
aquella mañana. Estaba
convencida de que con él el sexo debía ser algo
maravilloso, y estaba segura de que él
también lo intuía, pero, aun así, parecía haber decidido
que sería mejor guardar las
distancias. No lo comprendía. Tal vez no estaba realmente
interesado en ella, o tal vez
le parecía que era demasiado pronto.
Arrugó en su puño el trozo de papel donde había apuntado
el número del hotel.
Sí, lo cierto era que aún no estaba repuesta del revés
que había sufrido, y era
demasiado vulnerable como para exponerse a las
consecuencias de un breve romance,
probablemente lo único que él estaría dispuesto a
ofrecer.
Después de todo, él mismo le había dicho que era un
solitario, y no parecía
precisamente ansioso por casarse. De hecho, se había
mostrado incluso impaciente por
perderla de vista. Arrojó el papel a un cenicero sobre la
mesa. Quizá era lo mejor. Al
menos parecía estar empezando a sobrellevar la pérdida,
porque había estado más
concentrada en el trabajo aquella tarde, y quizá
conseguiría volver a hacerlo al día
siguiente, y al otro, y al otro... hasta que ya no tuviera
que proponérselo. Sí, no era
justo implicar a otra persona en su vida cuando estaba
patas arriba.
Subió a su dormitorio, se puso el camisón, y se metió en
la cama, quedándose
dormida al poco rato.
Capítulo 4
Tom durmió fatal aquella noche. Cuando se despertó, solo
retenía imágenes
difusas de los tórridos sueños que no lo habían dejado
descansar, pero, en cambio,
podía ver con total nitidez el rostro de Miranda. Ese día
terminaba el congreso, y
después regresaría a Texas. De repente se encontró con
que no quería volver.
Abandonar Illinois significaría no volver a verla.
Se levantó de la cama de mala gana, y se asomó a la
ventana de la habitación. ¿Y
si se quedara un par de días más? Se frotó el rostro
irritado consigo mismo. ¿Qué
tonterías estaba pensando? Tenía responsabilidades de las
que hacerse cargo en el
rancho. Además, ¿no había decidido la noche anterior que
algo entre ellos era del todo
imposible, que jamás funcionaría?
A pesar de sus razonamientos, casi sin darse cuenta de
que lo hacía, tomó la guía
de teléfonos. Encontró el nombre de Tim Warren y lo marcó
antes de cambiar de
opinión.
Escuchó un tono, dos, tres... Miró el reloj de la mesilla
de noche: las ocho de la
mañana. Tal vez ya se había ido al trabajo. Un cuarto
tono, y un quinto... Con un suspiro
se dispuso a colgar el teléfono. Quizá era su destino que
no volviesen a verse, pensó
decepcionado. Y entonces, justo cuando el auricular
estaba a un escaso centímetro de
la base, escuchó que una suave voz contestaba.
—¿Diga?
Tom alzó el auricular a la velocidad del rayo hasta su
oído.
—¿Miranda?
La joven contuvo la respiración.
—¡Tom! —exclamó, como si no pudiera creer que fuera él.
Una sonrisa se dibujó en los labios de Tom. Había
reconocido su voz al
instante.
—Sí —contestó—, soy yo. ¿Cómo estás?
Miranda se incorporó, quedándose sentada en la cama. No
cabía en sí de gozo. ¡La
había llamado!
—Mucho mejor, gracias. ¿Cómo fue tu congreso?
Tom se rio suavemente.
—Bien, pero, si te parece, te lo contaré mientras
almorzamos.
La joven se quedó sin respiración. Aquello era más de lo
que había soñado.
—¿Quieres invitarme a almorzar? —inquirió en un hilo de
voz.
—Sí. Si tú quieres, claro.
—Oh, sí, me encantaría —respondió ella emocionada.
—¿A qué hora quieres que pase a recogerte? —le preguntó
Tom mientras se
ajustaba a la muñeca el reloj de pulsera—. ¿Y dónde
quedamos?
—¿Te va bien la una y media?
—Perfecto.
—El bufete para el que trabajo está en el edificio Brant,
a unas cuatro manzanas
de tu hotel —le dio una serie de indicaciones y el número
del bloque—. ¿Crees que
podrás encontrarlo?
— Sin problemas.
Se despidieron y, cuando hubo colgado, Tom se dijo de
nuevo que aquello era
una locura. Sin embargo, era la locura más maravillosa
que le había ocurrido nunca, y
tuvo la sensación de que la mañana se le iba a hacer
larguísima. Antes de ir a ducharse
para asistir a la segunda y última sesión del congreso,
llamó al rancho para decirles
que tardaría aún un par de días en regresar.
Fue su madre quien contestó el teléfono.
—¿Ha vuelto ya Donald? —inquirió Tom en un tono gélido,
sin siquiera
preguntarle cómo estaba.
Theodora, sin embargo, estaba acostumbrada a sus modales,
y se limitó a
contestar la pregunta.
—No, no llegará hasta la semana próxima.
—Pues entonces dile a Evan que tendrá que apañárselas sin
mí. Voy a quedarme
aquí un día o dos más, Theodora.
Aquello, sin embargo, fue la gota que agotó la paciencia
de la señora Kaulitz.
—¿Es qué ni siquiera puedes llamarme «mamá» por una vez?
—¿Le darás el mensaje a Evan? —repitió él, ignorándola.
Theodora Kaulitz exhaló un profundo suspiro.
—Sí, se lo diré. Supongo que tampoco querrás explicarme
por qué vas a
permanecer más tiempo del previsto en Chicago.
—No, no tengo que explicarte nada —le espetó él con
aspereza.
—Ya veo. No sé por qué sigo albergando esperanzas de que
algún día cambies,
Tom —murmuró en un tono apagado—, cuando sé que nunca me
perdonarás.
Tom sintió una punzada de culpabilidad ante la tristeza
en la voz de su madre.
Theodora Kaulitz se esforzaba en mostrarse siempre como
una mujer fuerte, pero
en el fondo, Tom sabía que era muy sensible. Sabía que la
hería constantemente,
pero lo hacía de un modo casi inconsciente.
Por un instante tuvo un impulso de disculparse por su
brusquedad y tratar de
hablar, de hablar de verdad con ella, pero su orgullo
pudo más.
—Dile a Evan que puede localizarme en el hotel si hace
falta —le dijo en el mismo
tono monocorde.
—De acuerdo, hasta luego, hijo —murmuró su madre
quedamente, y colgó.
Tom se quedó mirando el auricular en su mano un buen
rato, escuchando el
monótono tono de marcado, y lo depositó muy despacio
sobre la base. Nunca le había
preguntado por su padre, ni por qué no había abortado. Si
no lo hubiera tenido, su vida
habría sido ciertamente más fácil. Le sorprendió no haber
pensado en ello hasta
entonces. Sacudió la cabeza contrariado, y se dispuso a
buscar la ropa que iba a
ponerse.
Sin la presencia de Evan, que siempre tenía algún chiste
u ocurrencia preparado,
la última sesión del congreso fue bastante aburrida, y en
cuanto tuvo ocasión, Tom
agarró su maletín y abandonó el salón antes de que alguno
de los asistentes pudiera
entretenerlo.
A la una y media en punto estaba en la puerta del
edificio donde trabajaba
Miranda. Ella tampoco se hizo esperar más de unos
minutos. Tom la estudió cuando
la vio aparecer. Se había hecho una complicada trenza que
le caía por la espalda. Le
quedaba bien, igual que los pendientes largos de plata
que llevaba, el traje de chaqueta
color crema, y los zapatos de tacón a juego.
— ¿Tengo tu aprobación? — inquirió ella divertida.
—Ya lo creo —asintió él.
—Bueno, ¿a qué tipo de restaurante te apetece que
vayamos? La verdad es que
no conozco esto lo bastante como para saber qué sitio
estaría bien.
—Pues entonces deja que te enseñe uno de mis favoritos
—propuso ella
sonriente—. Te va a encantar. Es una marisquería a la que
me llevaron Sam y Joan
cuando me gradué.
—Estupendo, me encanta el marisco.
—¿A qué hora tienes que tomar el vuelo de regreso a
Texas? —inquirió ella sin
querer escuchar la respuesta.
—He cancelado mi billete —le respondió Tom, pero no le
dijo cuántos días
pensaba quedarse. No quería admitir hasta qué punto se
sentía atraído hacia ella.
Los ojos plateados de Miranda lo miraron sonrientes,
incapaces de ocultar la
alegría que sentía, y aquello precisamente hizo que él se
sintiera peor por las reservas
que tenía con ella.
—Dios, esto es una locura —farfulló sacudiendo la cabeza.
La mirada de la joven se ensombreció.
—Si crees que es una locura... ¿por qué has cancelado tu
vuelo?—musitó.
—¿Y tú por qué no te negaste cuando te invité a almorzar?
Miranda alzó la vista hacia él, insegura.
—Porque no podía. Yo... yo quería estar contigo, Tom.
Él la miró conmovido, y esbozó una sonrisa.
—Entonces esa es la razón por la que me he quedado
—murmuró con suavidad.
Mientras iban caminando hacia el restaurante, un
adolescente pasó corriendo al
lado de la joven y casi la derribó, pero Tom la sostuvo a
tiempo.
—¿Estás bien?
Durante un instante que pareció eterno, la joven fue
incapaz de despegar sus
ojos de los de él. Verdaderamente la tenía hipnotizada.
—Sí, estoy bien, gracias.
Tom tardó en soltarla, porque él también había quedado
atrapado por el
hechizo del momento. Miranda parecía estar envolviéndolo
con lazos de seda que lo
estuvieran aferrando firmemente a ella sin que él se
diera cuenta. No estaba seguro
de que le gustara que una mujer ejerciera tal control
sobre él, pero aun así, no podía
resistirse a ella.
El corazón de la joven palpitaba desbocado. Tom tenía una
expresión de
contrariedad en el rostro, pero también se adivinaba en
él algo que parecía
fascinación. ¿Fascinación... por ella?
Finalmente se apartaron el uno del otro, y continuaron
caminando en un silencio
algo embarazoso hasta el restaurante.
El local era muy agradable, con una decoración elegante,
pero no ostentosa,
suave música clásica de fondo, y una extensa carta de
todo tipo de pescados y
mariscos, además de ensaladas y sopas. A los dos les
llevó un buen rato decidirse, y
tardaron un poco en prepararles lo que pidieron, pero la
espera mereció la pena porque
todo estaba delicioso, y además, mientras, la tensión
entre ellos se había disipado un
poco, y habían empezado a charlar animadamente.
Tom estaba encantado de verla así, hablando y riendo,
pero de pronto un
pensamiento cruzó por su mente, haciendo que negras nubes
se cerniesen sobre
aquella felicidad.
—Te olvidas de ello cuando estás conmigo, ¿no es cierto?
—inquirió en un tono
quedo—. Por eso aceptaste venirte conmigo al hotel
anteanoche en vez de insistir en
que te llevara a tu casa.
La joven se quedó mirándolo un instante antes de asentir
con la cabeza.
—Sí, cuando estoy contigo es como si mis penas y el
sentimiento de culpabilidad
se disiparan —murmuró—. No sabría explicarte el porqué
—añadió con un suspiro—,
pero es así. Tú haces que mis fantasmas se vayan.
Tom no dijo nada, sino que bajó la vista hacia su copa,
sin verla en realidad.
Había sido un iluso. Él se sentía atraído por ella, pero
el sentimiento no era mutuo.
Para ella era solo un bálsamo para su dolor. Debería
haber seguido sus instintos y
haber vuelto a Texas. Apuró el vino blanco que quedaba en
su copa.
—¿A qué hora tienes que estar de vuelta en la oficina?
La joven había advertido un cambio en su tono de voz,
pero consultó su pequeño
reloj de pulsera.
—A las tres y media —contestó.
Tom se quedó callado.
—Supongo que piensas que solo estoy utilizándote para
olvidar —le dijo ella de
repente—, pero no es verdad. Me gusta estar contigo, Tom.
Contigo siento que
puedo ser yo misma.
La mirada en los oscuros ojos de Tom se dulcificó,
asombrándose de hasta
qué punto la joven podía leer sus emociones.
—Perdóname, Miranda, no tenía derecho a juzgarte así
—murmuró avergonzado.
Ella se encogió de hombros y sacudió la cabeza
suavemente.
—No importa —dijo—. Yo en tu lugar tendría las mismas
dudas.
Tom giró el rostro hacia la ventana. Afuera el sol
brillaba, y verdaderamente
era una lástima estar allí dentro con un tiempo tan
espléndido.
—Aún es temprano. ¿Te gustaría dar un paseo por el parque
que pasamos antes?
—sugirió.
—Me encantaría —asintió ella con una sonrisa.
Tom pidió la cuenta, y minutos después salían del
restaurante, ella agarrada
del brazo de él.
Aquel era uno de los parques más hermosos y vastos de
Chicago, con muchísimas
especies de árboles y plantas, y un enorme lago de aguas
relucientes con blanquísimos
cisnes y toda clase de patos surcándolas, además de
pequeñas embarcaciones de vela o
motor.
Tom y Miranda pasearon un buen rato, sentándose
finalmente en un banco
frente a la orilla del estanque. Él colocó el brazo sobre
el respaldo del asiento, algo
inseguro, pero a la joven no pareció molestarle.
—En Jacobsville no tenemos nada parecido a esto —comentó
visiblemente
impresionado—. Lo más grande que conozco es el pequeño
estanque que hay en nuestro
rancho.
Miranda se rio.
—¿Me dijiste que criabais ganado?
—Sí, sobre todo nos dedicamos a la crianza de toros
sementales de Santa
Gertrudis, pero también criamos ganado para el mercado
cárnico —empezó a
explicarle.
Miranda conocía de la fama de los sementales de Santa
Gertrudis, y sabía
bastante de la crianza de ganado porque se había criado
en un rancho en Dakota del
Sur, pero prefirió no decir nada. Le gustaba oírle hablar
a él de ello, ver el brillo de
orgullo en sus ojos.
Sin que se diera cuenta, el tiempo pasó rápidamente, y
pronto llegaron las tres y
media. Miranda suspiró y se puso en pie.
—Me quedaría contigo toda la tarde, pero tengo que volver
al trabajo.
Tom se había puesto en pie también, y miró la cabeza
gacha de la joven. Se
metió las manos en los bolsillos, sintiéndose más
deprimido que en toda su vida. Sin
embargo, sabía lo que tenía que hacer.
—Miranda, a mí también me gustaría quedarme más tiempo,
pero voy a regresar
a Texas —le dijo.
A ella la noticia no la pilló por sorpresa. Había
albergado la esperanza de que
fuera a quedarse unos días más, pero en el fondo de su
corazón sabía que eso era
desear demasiado. Además, Tom se había comportado todo el
tiempo como si
estuviera actuando en contra de lo que le indicaba su
conciencia. La verdad era que no
podía culparlo, porque a ella misma no le parecía que
estuviera bien tener una cita
cuando apenas hacía un mes de la muerte de su marido.
—Te debo mi vida, Tom —le dijo alzando la vista hacia
él—. No sé qué habría
sido de mí si tú no me hubieras seguido hasta el puente.
No te olvidaré jamás.
Tom sintió que se le hacía un nudo en la garganta. Sabía
que él tampoco podría
olvidarla, pero no le salían las palabras.
Mientras iban hacia la oficina de Miranda, Tom se decía
que no había
esperado nunca que aquella separación fuera a ser tan
dolorosa. En los últimos años no
había encontrado a ninguna mujer que lo afectara de aquel
modo, pero Miranda parecía
tan perdida y vulnerable...
—Ya te dije que soy un solitario, Miranda —farfulló
irritado consigo mismo—, y
estoy bien así, no necesito a nadie.
Ella se quedó callada un instante.
—Supongo que yo en cambio no sé estar sola — respondió—,
pero aprenderé.
Tendré que hacerlo.
—Pero antes de tu matrimonio supongo que ya llevarías un
tiempo viviendo por tu
cuenta —apuntó él.
—Debería haber sido así, pero cuando mi hermano se casó
seguí viviendo con él y
con Joan un tiempo... hasta que decidí que tenían derecho
a vivir su propia vida sin una
carga como yo. Alquilé un piso, encontré el trabajo en el
bufete... y al poco tiempo
conocí a Tim —añadió con un suspiro—. Pero la verdad es
que sí, supongo que podría
decirse que cuando nos casamos estaba más sola que
acompañada, porque muchas
noches, Tim salía por ahí con sus amigos y yo me quedaba
en la casa. Ni siquiera cuando
me quedé embarazada... —la joven sintió que su cuerpo se
tensaba. Todavía le
resultaba muy doloroso pensar en el bebé, y más aún en
que la culpa de haberlo
perdido era suya—. Me casé demasiado pronto, pero aquello
me ayudó a comprender al
menos eso de que «más vale solo que mal acompañado».
Tom la miró a los ojos.
—Y tú me has ayudado a mí a ver que no todas las mujeres
son iguales, que hay
algunas de buen corazón sobre la faz de la tierra.
Miranda esbozó una sonrisa triste.
—Eso es un gran cumplido viniendo de tí —murmuró.
—Más grande de lo que te imaginas —respondió él—, porque
no bromeaba cuando
te dije que detesto a las mujeres.
«Pues es una pena», se dijo Miranda. Sabía que
probablemente fuese a causa de
su madre, y se preguntó si alguna vez habría tratado de
entender por qué su madre
había hecho lo que había hecho. Pero, si nunca había
amado, ¿cómo podía saberlo?
—¿Estarás bien? —inquirió Tom.
—Sí, tengo a Sam y Joan, y ya he superado la parte más
difícil, las primeras
semanas después del accidente. Supongo que lo que me
costará aún un tiempo será
sobreponerme a la pérdida de mi bebé.
—Eres muy joven. Miranda. Podrás tener otros hijos. Ya lo
verás. Conocerás a un
buen tipo y te volverás a casar. No te des por vencida
solo porque has tenido algunos
reveses. Todos los tenemos, pero sobrevivimos.
—No has llegado a contarme cuáles fueron los tuyos —le
dijo ella. Tom se
encogió de hombros.
—No sirve de nada hablar de ellos —habían llegado frente
al edificio en el que
estaba el bufete, y se detuvieron—. Cuídate, Miranda.
La joven se quedó mirándolo un instante con tristeza. Era
un hombre muy
especial. Se preguntó cómo habría sido su vida si lo
hubiera conocido a él antes de
conocer a Tim. Tom era todo lo que Tim no había sido,
pero estaba fuera de su
alcance.
—Lo haré. Cuídate tú también —suspiró—. Adiós, Tom.
Él la miró largo rato a los ojos, pero finalmente murmuró
otro «adiós» y se dio la
vuelta. La joven lo observó alejarse con angustia,
sintiéndose más sola y perdida que
nunca.
Tom se sentía igual, e iba pensando que separarse de ella
no debería haber
sido tan difícil, que no debería haberle costado tanto
poner fin a algo que apenas si
había empezado, pero ella parecía tan vulnerable cuando
la había mirado por última vez. No podía quitarse su
expresión desolada de la
mente. Ninguna mujer había confiado en él como ella lo
había hecho, se dijo
recordando la dulce mirada de sus ojos plateados. Y, de
nuevo, se encontró dudando.
Empezó a aminorar el paso, y maldijo entre dientes antes
de detenerse y girar
en redondo. Miranda no se había movido un milímetro.
Seguía allí de pie, con la misma
mirada triste. Y, de pronto, sin siquiera darse cuenta de
lo que hacía, Tom se
encontró regresando a grandes zancadas a su lado, casi
corriendo al final, hasta que
estuvo otra vez delante de ella. La joven estaba
mirándolo con los ojos muy abiertos.
—Has vuelto... —musitó tocándole el brazo.
—No porque mi conciencia no me diga lo contrario, te lo
aseguro —masculló él—,
pero parece que no puedo alejarme de ti tan fácilmente.
¿A qué hora sales de
trabajar?
Miranda se notaba la garganta increíblemente seca.
—A las siete.
Tom asintió con la cabeza.
—Pasaré a recogerte, y buscaremos algún sitio donde
cenar.
—Podrías venir a mi casa y yo cocinaría algo —le ofreció
ella.
—¿Y permitir que estés una hora frente al fuego después
de trabajar todo el
día? Ni hablar.
Miranda esbozó una sonrisa.
—Anda, sube o llegarás tarde —le dijo él—. Nos vemos
luego.
Tom se quedó esperando a verla entrar en el edificio. Era
tan sorprendente
que estuviera sintiendo las emociones que estaba
sintiendo por una mujer. Después de
la tragedia que había truncado sus ilusiones de juventud,
había creído que nunca sería
capaz de sentir de nuevo.
Tom no tenía nada que hacer durante el resto de la tarde,
así que aprovechó
para hacer un poco de turismo. Chicago era una ciudad
grande y bulliciosa, como
cualquier otra, pero disfrutó admirando las enormes
esculturas modernas, los
edificios, y visitando algunos museos y galerías de arte.
Sin embargo nada de ello le
hizo perder la noción del tiempo, y a las seis regresó a
su hotel para ducharse y
cambiarse y a las siete estaba esperando a Miranda de
nuevo afrente al edificio donde
trabajaba. La joven bajó diez minutos más tarde,
jadeante.
—Lo siento —se disculpó mientras trataba de recobrar el
aliento—. Mi jefe me
ha retenido enviándole unos faxes en el último minuto.
—No tenías por qué correr —le dijo él con una sonrisa—.
Te habría esperado.
Fueron hasta el lugar donde había dejado aparcado el
coche, y una vez
estuvieron sentados, le propuso:
—Esta tarde, mientras deambulaba por la ciudad, vi un
restaurante polinesio.
¿Has probado alguna vez la comida polinesia? Tienen un
plato que se llama poi que es
realmente delicioso.
—¿De veras? Suena muy exótico. Sí, creo que me gustaría
probar la comida
polinesia. Esta noche me siento aventurera —contestó
ella—. Pero primero me gustaría
ir a casa a cambiarme...
—Por supuesto.
Tom la llevó allí sin que ella tuviera que recordarle el
camino y, milagrosamente, encontró
un sitio libre donde aparcar, y pudo entrar en la casa
con ella y esperar sentado en el salón mientras Miranda se cambiaba.
Al cabo de unos minutos, ella salió de su dormitorio
abrochándose un collar de
perlas en torno al cuello vuelto de un sencillo pero
elegante vestido azul oscuro. Se
había soltado el cabello, y le caía sobre la espalda como
una catarata de seda negra.
—¿Estoy bien así? —le preguntó—. No estoy demasiado
acostumbrada a salir de
noche. Además, a Tim no le gustaban los sitios elegantes,
así que no he tenido muchas
ocasiones de vestirme así. Si te parece que esta ropa es
demasiado formal puedo
ponerme otra cosa. Es que te vi con ese traje y pensé
que...
Tom se acercó a ella y le impuso silencio poniéndole el
índice en los labios.
—Así estás muy bien —le dijo—.No hay razón para que estés
nerviosa.
—¿No la hay? —replicó ella esbozando una sonrisa—. La
verdad es que me siento
como si volviera a tener dieciséis años —de pronto la
sonrisa se borró de sus labios—.
Dios mío, no debería estar haciendo esto. Solo hace unas
semanas que murió mi marido
y perdí mi bebé. No debería salir —balbució.
—Los dos sabemos que eso no tiene ningún sentido, Miranda
—le dijo él—.
Quedarte aquí solo hará que te hundas en la tristeza y el
remordimiento. Necesitas
salir y distraerte. Si te ayuda en algo, podrías pensar
en nosotros como dos personas
que están solas y están ayudándose la una a la otra a
superar un mal momento.
—Tú... ¿estás solo, Tom? ¿No hay nadie que...?
Él inspiró despacio y le acarició el cabello con
delicadeza.
—Sí, estoy solo —contestó en un tono áspero—. Siempre he
estado solo.
—Nunca has encontrado tu sitio, ¿no es verdad? Nunca te
has sentido parte de
nada —adivinó ella, sorprendiéndolo una vez más—. Sé lo
que se siente, porque a mí me
ocurre lo mismo. Sam y Joan se han portado muy bien
conmigo, pero cada vez que
estoy con ellos me siento como si fuera una intrusa, y
aunque cuando conocí a Tim
pensé que al fin había encontrado a alguien que me quisiese
a su lado, no funcionó. Él
quería algo que yo no podía darle.
—¿Esto? —inquirió Tom. Y despacio, muy despacio, trazó el
contorno de los
carnosos labios femeninos, observando como sus labios se
entreabrían. Miranda
reaccionaba al instante a cada pequeña caricia, a cada
mirada, y aquello hacía que un
remolino de deliciosas emociones se apoderara de él.
Pero ella lo tomó de la muñeca, deteniéndolo.
—Tom, no —susurró tragando saliva—, por favor.
—¿Te sientes culpable por sentir placer cuando te
toco?—le preguntó él
quedamente.
—Supongo que sí —admitió ella—. Era yo quien iba
conduciendo, y se perdieron
dos vidas —su voz se quebró por el dolor—. Fue culpa
mía...
Tom la atrajo hacia sí, abrazándola, mientras la joven
lloraba.
—Tienes que darte tiempo. Miranda. La desesperación no
hará sino prolongar el
dolor que sientes. Tienes que tratarte con amabilidad y
con paciencia.
—¡No puedo! ¡Me odio!
Tom depositó un suave beso en su frente.
—Miranda, todos nos sentimos culpables por algo, y es
natural, porque somos
humanos, pero créeme, puedes superarlo si intentas mirar
más allá, ver más lejos en
vez de recriminarte. Tienes que encontrar algo que te
haga levantarte cada mañana,
aunque solo sea una película que vayan a estrenar en el
cine o ir a comer a un
restaurante, o unas vacaciones... Podrás superar el dolor
si anhelas algo lo suficiente.
—¿Y funciona? —inquirió ella entre sollozos.
—A mí al menos me funcionó —contestó Tom.
La joven se apartó un poco de él, limpiándose las
lágrimas con el dorso de la
mano.
—Y supongo que no querrás contarme qué te pasó —murmuró
esbozando una
pequeña sonrisa.
Tom sonrió también.
—No.
Miranda suspiró.
—No sueles abrirte demasiado a los demás, ¿no es cierto?
—Creo que nos ocurre a los dos —murmuró él, apartándole
un mechón del rostro.
Sus ojos descendieron hacia el vestido, tan recatado, y
enarcó una ceja.
—Estás pensando que me visto como una cincuentona,
¿verdad? —murmuró ella
frunciendo los labios.
Tom se echó a reír.
—Bueno, la verdad es que no es muy propio para tu edad.
¿No tienes nada más
moderno en tu armario?
Ella lo miró incómoda, como si no se atreviera a decir
algo.
—Sí, pero... bueno, es que no me gusta llevar vestidos
muy escotados porque...
bueno... se vería.
Tom la estaba mirando perplejo.
—¿Qué se vería? Ahora sí que me has dejado intrigado.
Ella se giró hacia la puerta, visiblemente avergonzada
por aquel tema.
—Es mejor que nos vayamos ya, luego se llenará el
restaurante.
Tom sonrió divertido.
—¿Te pongo nerviosa Miranda?
—Supongo que como a la mayoría de las mujeres —respondió
ella muy seria,
escrutando su rostro—. Eres bastante intimidante.
—Bueno, en ese caso, trataré de no intimidarte demasiado
—prometió él con una
sonrisa burlona, mientras abría la puerta y la sostenía
para que ella pasara. Y, cuando
ella pasó por delante de él, Tom se preguntó cuánto
tiempo podría contener su deseo por ella antes de dar un paso irrevocable.
HOLA!! BUENO AQUI ESTAN LOS CAPS .. UNA DISCULPA POR NO HABER AGREGADO ANTES ... ME SALIO UN PROBLEMA PERSONAL ... BUENO YA SABEN 3 O MAS Y AGREGO MAÑANA :))
Regresa a rayita por favor :'(
ResponderEliminarSigue!! Tan contenta de poder leer esto!! Tan adictivo hehe! Subí pronto (:
Sube pronto :)
ResponderEliminarTom regreso!
ResponderEliminarSiguelaa Virgii. Besos!
Hay que lindo Tom se ve interesado en Miranda jeje me encanto espero el próximo cap..
ResponderEliminarSigueeee
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