lunes, 30 de mayo de 2016

3 y 4

Capítulo 3
Cuando Tom entró en el hotel, Evan estaba esperándolo en el vestíbulo. Le
echó una mirada furibunda, pero su hermano no se arredró.
—¿Por qué te enfadas conmigo? —le espetó contrariado—. ¿Cómo esperabas que
reaccionara cuando veo aparecer a mi hermano, un misógino redomado, con una joven
en traje de noche a las ocho y media de la mañana?
Tom no contestó, y siguió andando hacia el salón donde se iba a celebrar el
congreso. Evan exhaló un pesado suspiro y meneó la cabeza, yendo detrás de él.
—Pero si es que nunca tienes una cita... Estás siempre trabajando. El haberte
visto con una mujer casi me parece un milagro. ¿Cómo la conociste?
Tom giró la cabeza hacia él y frunció los labios.
—Había bebido de más, y estuvo a punto de tirarse de un puente. Yo la detuve
—contestó al fin.
—Vaya —murmuró Evan frotándose la nuca. No había esperado aquella respuesta
en absoluto—. ¿Y qué pasó luego? ¿Por qué estaba contigo esta...?
—Me daba no sé qué dejarla por ahí sola, a su suerte —lo cortó Tom en un
tono áspero—, así que le ofrecí pasar la noche en tu habitación de la suite. Esta
mañana la he llevado a su casa. Fin de la historia.
—¿Y por qué diablos una chica tan preciosa como esa iba a querer suicidarse?
—inquirió Evan.
—Perdió a su marido y a su bebé en un accidente de tráfico —contestó Tom
quedamente.
—Vaya, pobrecilla —murmuró su hermano. Miró a Tom de reojo, como si de
pronto hubiera comprendido algo—. Entonces, lo que te movió a traerla aquí fue
simplemente compasión —farfulló, meneando la cabeza y metiéndose las manos en los
bolsillos—. Debería haberlo imaginado, era demasiado bonito para ser cierto.
—¿De qué diablos estás hablando? —le espetó Tom frunciendo el ceño y
deteniéndose frente a la escalinata que subía al salón del congreso.
—Pues de que si de una vez encontraras una chica, tal vez yo podría conseguir al
fin una para mí —contestó con fastidio, deteniéndose también—Cuando me ven
siempre pasan de largo para llegar hasta ti, y eso que tú no soportas a ninguna. La vida
es cruel — se quedó un momento pensativo—. Oye, quizá ese sea el secreto —dijo con
una sonrisa—. A lo mejor, si finjo que las odio... sí, tal vez entonces se me tirarían
encima por docenas...
—¿Y por qué no lo intentas? —masculló Tom.
—Bueno, la verdad es que lo probé una vez —recordó Evan en voz alta—, pero
solo logré asustar a la chica en cuestión, aunque tampoco fue una gran pérdida: tenía
tres gatos, y ya sabes que soy alérgico a esos bichos.
Tom se echó a reír.
—Oh, casi lo olvido —dijo de pronto Evan—. Hace un rato, mientras estaba
esperándote, tomando un café en el bar, me pasaron una llamada. Era mamá.
El rostro de Tom se puso rígido.
—¿Ah, sí?
—Tom, desearía que dejaras de poner esa cara de palo cada vez que alguien la
menciona —lo reprendió su hermano—. Es tu madre también, y ya ha sufrido bastante
por lo que hizo. Tu problema es que no sabes lo que es estar enamorado de verdad. Si
lo supieras la perdonarías.
Evan se equivocaba, pero no podía saberlo, porque había estado en la universidad
durante los meses más difíciles en la vida de Tom. Ni su madre, ni el propio Tom
le habían hablado demasiado de la tragedia que lo había convertido en un hombre
amargado y resentido.
—El amor es para los tontos —masculló Tom—. No me hace ninguna falta.
—Lástima, te animaría un poco.
Tom no contestó a eso, y se volvió hacia el cartel que habían puesto frente al
salón de congresos.
—¿Por qué has venido al final, Evan? Me las habría apañado sin ti.
Su hermano se encogió de hombros.
—En realidad decidí venir para perder un rato de vista a Connal. Me estaba
volviendo loco. Pero he reservado billete en un vuelo a las cinco de la tarde para volver
a casa, porque he dejado algunos asuntos pendientes, así que no te preocupes, que
mañana podrás demostrar que te las apañas sin mí.
Los asistentes al congreso estaban empezando a entrar en el salón.
—Lo de Connal es la «fiebre del padre» —le dijo Tom a Evan—. En cuanto Pepi
dé a luz, volverá a la normalidad.
—Puede, pero entretanto no hace más que atormentarse con cosas como «¿y si
Pepi se pone de parto y él no está en casa?» o «¿y si el coche no arranca cuando tenga
que llevarla a la clínica?» —exclamó arrojando los brazos al aire—. Dios, ha revisado el
motor tres veces en lo que va de semana... Te juro que le quita a uno las ganas de ser
padre algún día.
Tom se descubrió recordando a Miranda, y preguntándose cómo sería tener
un hijo. Era increíble. Nunca antes se le había pasado un pensamiento semejante por la
cabeza, ni siquiera con la chica a la que había amado más que a su propia vida...
Aquello era una locura. Apenas si la conocía, y él vivía en el estado de Texas
mientras que ella vivía en Illinois. Lo suyo no tenía futuro, no lo habría tenido aunque
ella no acabase de quedarse viuda. Reprimió un gruñido de frustración.
—¿A qué le estás dando vueltas? —inquirió Evan entornando los ojos, tan
perspicaz como siempre—. Cuando hay algo que te tiene preocupado nunca hablas de
ello.
—¿De qué serviría? —le espetó Tom—. Las preocupaciones no van a
desvanecerse porque hables de ellas.
—No, pero sacarlas a la luz te ayuda a verlas desde otras perspectivas —apuntó
Evan—. Se trata de esa joven, ¿no? La salvaste y ahora te sientes responsable de ella.
Tom se giró hacia él, con los cafeces ojos relampagueándole. Evan levantó las
manos sonriendo.
—De acuerdo, de acuerdo, he captado el mensaje —murmuró—. Pero de todos
modos es una pena. Era realmente preciosa. ¿Quién sabe?, a lo mejor podrías probar
suerte. Donald, Connal y yo podríamos explicarte qué tienes que hacer en una cita y...
—bajó el tono de voz al ver que pasaba junto a ellos un hombre para entrar en el
salón—, bueno, también podríamos explicarte «esas otras cosas» que no sabes.
—¿Quieres parar ya? —le rogó Tom.
—No es ningún crimen ser virgen, aunque seas un hombre —continuó Evan sin
hacerle caso—. Además, en casa todos sabemos que tenías intención de meterte a cura
y...
Tom sacudió la cabeza y comenzó a subir la escalinata.
—Tom... —lo llamó su hermano, fastidiado de que lo hubiera dejado con la
palabra en la boca.
—Sin comentarios —masculló Tom—. Vamos, la gente ya está ocupando sus
sitios.
A pesar de su preocupación por Miranda, Tom hizo un buen papel cuando le
llegó el turno de hablar. Tenía un sentido del humor cargado de ironía, y lo usó a su
favor para mantener la atención de los asistentes.
Cuando terminó la sesión, Evan lo felicitó efusivamente, y lo invitó a almorzar.
—Es porque es demasiado pronto, ¿verdad? —le dijo de pronto mientras
esperaban el postre, sorprendiéndolo—. Quiero decir que no te atreves a pedirle salir
porque acaba de enviudar y te parece que es demasiado susceptible, ¿no es eso?
Tom no contestó, pero Evan sabía que ese era el problema.
—¿Sabes, Tom? Tal vez sea así, tal vez aún sea demasiado susceptible, pero
precisamente por eso no le vendría mal tener a alguien a su lado que la ayude a
superarlo y mirar hacia adelante.
—Aun así es demasiado pronto —farfulló su hermano. Evan se encogió de
hombros.
—Bueno, tampoco creo que te hiciera ningún daño el dejar la puerta abierta, por
si acaso, hasta que ella esté lista, ¿no te parece? —inquirió con una sonrisa maliciosa.
Tom no pudo quitarse de la cabeza las palabras de Evan durante el resto de la
tarde, incluso después de que su hermano hubiera tomado el avión de regreso a
Jacobsville. No, realmente no le haría ningún daño dejar la puerta abierta, pero, ¿era
eso lo que él quería? Una mujer como Miranda no estaba hecha para la vida en un
rancho. Era una chica de ciudad que había sufrido una terrible tragedia de la que aún
tenía que reponerse. Además, él era un tipo solitario que también tenía heridas
todavía sin cicatrizar. Jamás funcionaría.
Sin embargo, aquellos pensamientos no impidieron que su cuerpo recordara, con
una tremenda frustración, el ardor que la joven había despertado en él aquella mañana.
No podía quitarse del pensamiento sus dulces y cálidos labios, y mientras veía las
noticias en su suite del hotel, empezó a fantasear con su delicada figura desnuda
sobre blancas sábanas. Si la llama de la pasión se había encendido tan deprisa solo por
unos besos, ¿cómo sería hacerle el amor?
Pero no era eso lo que lo preocupaba, era lo que sucedería después. Se sentiría
incapaz de dejarla marchar, y eso fue lo que lo hizo dudar cuando puso la mano sobre
la guía telefónica para buscar su número. Si compartían algo tan íntimo, ¿sería capaz
de dejar que fuese solo una aventura de una noche? Se quedó mirando la guía
telefónica un buen rato, pero finalmente apartó su mano y se metió en la cama. Era
demasiado pronto, y no solo para ella, sino también para él. No se sentía preparado
para ninguna clase de compromiso.
Entretanto, Miranda estaba pensando lo mismo en el silencioso salón de su casa,
con el número del Carlton Arms garabateado en un papel entre sus dedos. Ansiaba
tanto escuchar una vez más la voz de Tom, ansiaba tanto poder... ¿poder qué?, se
preguntó a sí misma en un tono de reproche. Ya le había causado bastantes molestias.
Era solo que, aquella tarde, después de almorzar, había llamado desde la oficina al
grupo de caridad de la parroquia, y esa misma tarde habían ido a recoger los muebles
del bebé, y se sentía tan deprimida... Era curioso que, aunque hacía mucho que había
dejado de amar a Tim, desde el momento en que supo que estaba embarazada, había
esperado ansiosamente tener al hijo de los dos entre sus brazos.
No podía volver a cargar a Tom con sus problemas personales. Si la había
ayudado había sido solo por amabilidad, por compasión, y sin embargo... Sin embargo, el
modo en que la había besado aquella mañana, la pasión que había despertado en ella...
nunca había experimentado nada igual.
Antes de casarse siempre había imaginado que el matrimonio debía ser una
consolidación de un amor mutuo, una llama que no se extinguiría jamás, pero no había
sido así. Ni siquiera el sexo, la tan ansiada primera vez, había sido la maravillosa
experiencia que había esperado. Le había dolido, y había sido incluso desagradable. No
habían sonado campanas, ni había habido fuegos artificiales, ni se había abierto la
tierra bajo sus pies.
De hecho, una semana después de su matrimonio había empezado a preguntarse
si alguna vez había sentido de verdad algo por Tim. Cada vez tenía más la sensación de
haberse engañado, pensando que la atracción física y la admiración que había sentido
al conocerlo eran equivalentes al amor. Solo cuando se casaron empezó a vislumbrar al
verdadero Tim, al periodista sin sentimientos, egoísta, intransigente...
Tom en cambio parecía tan distinto... Aunque en un primer momento podía
resultar algo frío e imponía un poco, se había mostrado muy amable y comprensivo con
ella, y en el fondo de su alma parecía albergar un volcán de emociones que ansiaba
descubrir aun a riesgo de quemarse. Quería averiguar hasta qué punto podían
consumirlos las llamas de la pasión que habían encendido aquella mañana. Estaba
convencida de que con él el sexo debía ser algo maravilloso, y estaba segura de que él
también lo intuía, pero, aun así, parecía haber decidido que sería mejor guardar las
distancias. No lo comprendía. Tal vez no estaba realmente interesado en ella, o tal vez
le parecía que era demasiado pronto.
Arrugó en su puño el trozo de papel donde había apuntado el número del hotel.
Sí, lo cierto era que aún no estaba repuesta del revés que había sufrido, y era
demasiado vulnerable como para exponerse a las consecuencias de un breve romance,
probablemente lo único que él estaría dispuesto a ofrecer.
Después de todo, él mismo le había dicho que era un solitario, y no parecía
precisamente ansioso por casarse. De hecho, se había mostrado incluso impaciente por
perderla de vista. Arrojó el papel a un cenicero sobre la mesa. Quizá era lo mejor. Al
menos parecía estar empezando a sobrellevar la pérdida, porque había estado más
concentrada en el trabajo aquella tarde, y quizá conseguiría volver a hacerlo al día
siguiente, y al otro, y al otro... hasta que ya no tuviera que proponérselo. Sí, no era
justo implicar a otra persona en su vida cuando estaba patas arriba.
Subió a su dormitorio, se puso el camisón, y se metió en la cama, quedándose
dormida al poco rato.


Capítulo 4
Tom durmió fatal aquella noche. Cuando se despertó, solo retenía imágenes
difusas de los tórridos sueños que no lo habían dejado descansar, pero, en cambio,
podía ver con total nitidez el rostro de Miranda. Ese día terminaba el congreso, y
después regresaría a Texas. De repente se encontró con que no quería volver.
Abandonar Illinois significaría no volver a verla.
Se levantó de la cama de mala gana, y se asomó a la ventana de la habitación. ¿Y
si se quedara un par de días más? Se frotó el rostro irritado consigo mismo. ¿Qué
tonterías estaba pensando? Tenía responsabilidades de las que hacerse cargo en el
rancho. Además, ¿no había decidido la noche anterior que algo entre ellos era del todo
imposible, que jamás funcionaría?
A pesar de sus razonamientos, casi sin darse cuenta de que lo hacía, tomó la guía
de teléfonos. Encontró el nombre de Tim Warren y lo marcó antes de cambiar de
opinión.
Escuchó un tono, dos, tres... Miró el reloj de la mesilla de noche: las ocho de la
mañana. Tal vez ya se había ido al trabajo. Un cuarto tono, y un quinto... Con un suspiro
se dispuso a colgar el teléfono. Quizá era su destino que no volviesen a verse, pensó
decepcionado. Y entonces, justo cuando el auricular estaba a un escaso centímetro de
la base, escuchó que una suave voz contestaba.
—¿Diga?
Tom alzó el auricular a la velocidad del rayo hasta su oído.
—¿Miranda?
La joven contuvo la respiración.
—¡Tom! —exclamó, como si no pudiera creer que fuera él.
Una sonrisa se dibujó en los labios de Tom. Había reconocido su voz al
instante.
—Sí —contestó—, soy yo. ¿Cómo estás?
Miranda se incorporó, quedándose sentada en la cama. No cabía en sí de gozo. ¡La
había llamado!
—Mucho mejor, gracias. ¿Cómo fue tu congreso?
Tom se rio suavemente.
—Bien, pero, si te parece, te lo contaré mientras almorzamos.
La joven se quedó sin respiración. Aquello era más de lo que había soñado.
—¿Quieres invitarme a almorzar? —inquirió en un hilo de voz.
—Sí. Si tú quieres, claro.
—Oh, sí, me encantaría —respondió ella emocionada.
—¿A qué hora quieres que pase a recogerte? —le preguntó Tom mientras se
ajustaba a la muñeca el reloj de pulsera—. ¿Y dónde quedamos?
—¿Te va bien la una y media?
—Perfecto.
—El bufete para el que trabajo está en el edificio Brant, a unas cuatro manzanas
de tu hotel —le dio una serie de indicaciones y el número del bloque—. ¿Crees que
podrás encontrarlo?
— Sin problemas.
Se despidieron y, cuando hubo colgado, Tom se dijo de nuevo que aquello era
una locura. Sin embargo, era la locura más maravillosa que le había ocurrido nunca, y
tuvo la sensación de que la mañana se le iba a hacer larguísima. Antes de ir a ducharse
para asistir a la segunda y última sesión del congreso, llamó al rancho para decirles
que tardaría aún un par de días en regresar.
Fue su madre quien contestó el teléfono.
—¿Ha vuelto ya Donald? —inquirió Tom en un tono gélido, sin siquiera
preguntarle cómo estaba.
Theodora, sin embargo, estaba acostumbrada a sus modales, y se limitó a
contestar la pregunta.
—No, no llegará hasta la semana próxima.
—Pues entonces dile a Evan que tendrá que apañárselas sin mí. Voy a quedarme
aquí un día o dos más, Theodora.
Aquello, sin embargo, fue la gota que agotó la paciencia de la señora Kaulitz.
—¿Es qué ni siquiera puedes llamarme «mamá» por una vez?
—¿Le darás el mensaje a Evan? —repitió él, ignorándola.
Theodora Kaulitz exhaló un profundo suspiro.
—Sí, se lo diré. Supongo que tampoco querrás explicarme por qué vas a
permanecer más tiempo del previsto en Chicago.
—No, no tengo que explicarte nada —le espetó él con aspereza.
—Ya veo. No sé por qué sigo albergando esperanzas de que algún día cambies,
Tom —murmuró en un tono apagado—, cuando sé que nunca me perdonarás.
Tom sintió una punzada de culpabilidad ante la tristeza en la voz de su madre.
Theodora Kaulitz se esforzaba en mostrarse siempre como una mujer fuerte, pero
en el fondo, Tom sabía que era muy sensible. Sabía que la hería constantemente,
pero lo hacía de un modo casi inconsciente.
Por un instante tuvo un impulso de disculparse por su brusquedad y tratar de
hablar, de hablar de verdad con ella, pero su orgullo pudo más.
—Dile a Evan que puede localizarme en el hotel si hace falta —le dijo en el mismo
tono monocorde.
—De acuerdo, hasta luego, hijo —murmuró su madre quedamente, y colgó.
Tom se quedó mirando el auricular en su mano un buen rato, escuchando el
monótono tono de marcado, y lo depositó muy despacio sobre la base. Nunca le había
preguntado por su padre, ni por qué no había abortado. Si no lo hubiera tenido, su vida
habría sido ciertamente más fácil. Le sorprendió no haber pensado en ello hasta
entonces. Sacudió la cabeza contrariado, y se dispuso a buscar la ropa que iba a
ponerse.
Sin la presencia de Evan, que siempre tenía algún chiste u ocurrencia preparado,
la última sesión del congreso fue bastante aburrida, y en cuanto tuvo ocasión, Tom
agarró su maletín y abandonó el salón antes de que alguno de los asistentes pudiera
entretenerlo.
A la una y media en punto estaba en la puerta del edificio donde trabajaba
Miranda. Ella tampoco se hizo esperar más de unos minutos. Tom la estudió cuando
la vio aparecer. Se había hecho una complicada trenza que le caía por la espalda. Le
quedaba bien, igual que los pendientes largos de plata que llevaba, el traje de chaqueta
color crema, y los zapatos de tacón a juego.
— ¿Tengo tu aprobación? — inquirió ella divertida.
—Ya lo creo —asintió él.
—Bueno, ¿a qué tipo de restaurante te apetece que vayamos? La verdad es que
no conozco esto lo bastante como para saber qué sitio estaría bien.
—Pues entonces deja que te enseñe uno de mis favoritos —propuso ella
sonriente—. Te va a encantar. Es una marisquería a la que me llevaron Sam y Joan
cuando me gradué.
—Estupendo, me encanta el marisco.
—¿A qué hora tienes que tomar el vuelo de regreso a Texas? —inquirió ella sin
querer escuchar la respuesta.
—He cancelado mi billete —le respondió Tom, pero no le dijo cuántos días
pensaba quedarse. No quería admitir hasta qué punto se sentía atraído hacia ella.
Los ojos plateados de Miranda lo miraron sonrientes, incapaces de ocultar la
alegría que sentía, y aquello precisamente hizo que él se sintiera peor por las reservas
que tenía con ella.
—Dios, esto es una locura —farfulló sacudiendo la cabeza.
La mirada de la joven se ensombreció.
—Si crees que es una locura... ¿por qué has cancelado tu vuelo?—musitó.
—¿Y tú por qué no te negaste cuando te invité a almorzar?
Miranda alzó la vista hacia él, insegura.
—Porque no podía. Yo... yo quería estar contigo, Tom.
Él la miró conmovido, y esbozó una sonrisa.
—Entonces esa es la razón por la que me he quedado —murmuró con suavidad.
Mientras iban caminando hacia el restaurante, un adolescente pasó corriendo al
lado de la joven y casi la derribó, pero Tom la sostuvo a tiempo.
—¿Estás bien?
Durante un instante que pareció eterno, la joven fue incapaz de despegar sus
ojos de los de él. Verdaderamente la tenía hipnotizada.
—Sí, estoy bien, gracias.
Tom tardó en soltarla, porque él también había quedado atrapado por el
hechizo del momento. Miranda parecía estar envolviéndolo con lazos de seda que lo
estuvieran aferrando firmemente a ella sin que él se diera cuenta. No estaba seguro
de que le gustara que una mujer ejerciera tal control sobre él, pero aun así, no podía
resistirse a ella.
El corazón de la joven palpitaba desbocado. Tom tenía una expresión de
contrariedad en el rostro, pero también se adivinaba en él algo que parecía
fascinación. ¿Fascinación... por ella?
Finalmente se apartaron el uno del otro, y continuaron caminando en un silencio
algo embarazoso hasta el restaurante.
El local era muy agradable, con una decoración elegante, pero no ostentosa,
suave música clásica de fondo, y una extensa carta de todo tipo de pescados y
mariscos, además de ensaladas y sopas. A los dos les llevó un buen rato decidirse, y
tardaron un poco en prepararles lo que pidieron, pero la espera mereció la pena porque
todo estaba delicioso, y además, mientras, la tensión entre ellos se había disipado un
poco, y habían empezado a charlar animadamente.
Tom estaba encantado de verla así, hablando y riendo, pero de pronto un
pensamiento cruzó por su mente, haciendo que negras nubes se cerniesen sobre
aquella felicidad.
—Te olvidas de ello cuando estás conmigo, ¿no es cierto? —inquirió en un tono
quedo—. Por eso aceptaste venirte conmigo al hotel anteanoche en vez de insistir en
que te llevara a tu casa.
La joven se quedó mirándolo un instante antes de asentir con la cabeza.
—Sí, cuando estoy contigo es como si mis penas y el sentimiento de culpabilidad
se disiparan —murmuró—. No sabría explicarte el porqué —añadió con un suspiro—,
pero es así. Tú haces que mis fantasmas se vayan.
Tom no dijo nada, sino que bajó la vista hacia su copa, sin verla en realidad.
Había sido un iluso. Él se sentía atraído por ella, pero el sentimiento no era mutuo.
Para ella era solo un bálsamo para su dolor. Debería haber seguido sus instintos y
haber vuelto a Texas. Apuró el vino blanco que quedaba en su copa.
—¿A qué hora tienes que estar de vuelta en la oficina?
La joven había advertido un cambio en su tono de voz, pero consultó su pequeño
reloj de pulsera.
—A las tres y media —contestó.
Tom se quedó callado.
—Supongo que piensas que solo estoy utilizándote para olvidar —le dijo ella de
repente—, pero no es verdad. Me gusta estar contigo, Tom. Contigo siento que
puedo ser yo misma.
La mirada en los oscuros ojos de Tom se dulcificó, asombrándose de hasta
qué punto la joven podía leer sus emociones.
—Perdóname, Miranda, no tenía derecho a juzgarte así —murmuró avergonzado.
Ella se encogió de hombros y sacudió la cabeza suavemente.
—No importa —dijo—. Yo en tu lugar tendría las mismas dudas.
Tom giró el rostro hacia la ventana. Afuera el sol brillaba, y verdaderamente
era una lástima estar allí dentro con un tiempo tan espléndido.
—Aún es temprano. ¿Te gustaría dar un paseo por el parque que pasamos antes?
—sugirió.
—Me encantaría —asintió ella con una sonrisa.
Tom pidió la cuenta, y minutos después salían del restaurante, ella agarrada
del brazo de él.
Aquel era uno de los parques más hermosos y vastos de Chicago, con muchísimas
especies de árboles y plantas, y un enorme lago de aguas relucientes con blanquísimos
cisnes y toda clase de patos surcándolas, además de pequeñas embarcaciones de vela o
motor.
Tom y Miranda pasearon un buen rato, sentándose finalmente en un banco
frente a la orilla del estanque. Él colocó el brazo sobre el respaldo del asiento, algo

inseguro, pero a la joven no pareció molestarle. 
—En Jacobsville no tenemos nada parecido a esto —comentó visiblemente
impresionado—. Lo más grande que conozco es el pequeño estanque que hay en nuestro
rancho.
Miranda se rio.
—¿Me dijiste que criabais ganado?
—Sí, sobre todo nos dedicamos a la crianza de toros sementales de Santa
Gertrudis, pero también criamos ganado para el mercado cárnico —empezó a
explicarle.
Miranda conocía de la fama de los sementales de Santa Gertrudis, y sabía
bastante de la crianza de ganado porque se había criado en un rancho en Dakota del
Sur, pero prefirió no decir nada. Le gustaba oírle hablar a él de ello, ver el brillo de
orgullo en sus ojos.
Sin que se diera cuenta, el tiempo pasó rápidamente, y pronto llegaron las tres y
media. Miranda suspiró y se puso en pie.
—Me quedaría contigo toda la tarde, pero tengo que volver al trabajo.
Tom se había puesto en pie también, y miró la cabeza gacha de la joven. Se
metió las manos en los bolsillos, sintiéndose más deprimido que en toda su vida. Sin
embargo, sabía lo que tenía que hacer.
—Miranda, a mí también me gustaría quedarme más tiempo, pero voy a regresar
a Texas —le dijo.
A ella la noticia no la pilló por sorpresa. Había albergado la esperanza de que
fuera a quedarse unos días más, pero en el fondo de su corazón sabía que eso era
desear demasiado. Además, Tom se había comportado todo el tiempo como si
estuviera actuando en contra de lo que le indicaba su conciencia. La verdad era que no
podía culparlo, porque a ella misma no le parecía que estuviera bien tener una cita
cuando apenas hacía un mes de la muerte de su marido.
—Te debo mi vida, Tom —le dijo alzando la vista hacia él—. No sé qué habría
sido de mí si tú no me hubieras seguido hasta el puente. No te olvidaré jamás.
Tom sintió que se le hacía un nudo en la garganta. Sabía que él tampoco podría
olvidarla, pero no le salían las palabras.
Mientras iban hacia la oficina de Miranda, Tom se decía que no había
esperado nunca que aquella separación fuera a ser tan dolorosa. En los últimos años no
había encontrado a ninguna mujer que lo afectara de aquel modo, pero Miranda parecía
tan perdida y vulnerable...
—Ya te dije que soy un solitario, Miranda —farfulló irritado consigo mismo—, y
estoy bien así, no necesito a nadie.
Ella se quedó callada un instante.
—Supongo que yo en cambio no sé estar sola — respondió—, pero aprenderé.
Tendré que hacerlo.
—Pero antes de tu matrimonio supongo que ya llevarías un tiempo viviendo por tu
cuenta —apuntó él.
—Debería haber sido así, pero cuando mi hermano se casó seguí viviendo con él y
con Joan un tiempo... hasta que decidí que tenían derecho a vivir su propia vida sin una
carga como yo. Alquilé un piso, encontré el trabajo en el bufete... y al poco tiempo
conocí a Tim —añadió con un suspiro—. Pero la verdad es que sí, supongo que podría
decirse que cuando nos casamos estaba más sola que acompañada, porque muchas
noches, Tim salía por ahí con sus amigos y yo me quedaba en la casa. Ni siquiera cuando
me quedé embarazada... —la joven sintió que su cuerpo se tensaba. Todavía le
resultaba muy doloroso pensar en el bebé, y más aún en que la culpa de haberlo
perdido era suya—. Me casé demasiado pronto, pero aquello me ayudó a comprender al
menos eso de que «más vale solo que mal acompañado».
Tom la miró a los ojos.
—Y tú me has ayudado a mí a ver que no todas las mujeres son iguales, que hay
algunas de buen corazón sobre la faz de la tierra.
Miranda esbozó una sonrisa triste.
—Eso es un gran cumplido viniendo de tí —murmuró.
—Más grande de lo que te imaginas —respondió él—, porque no bromeaba cuando
te dije que detesto a las mujeres.
«Pues es una pena», se dijo Miranda. Sabía que probablemente fuese a causa de
su madre, y se preguntó si alguna vez habría tratado de entender por qué su madre
había hecho lo que había hecho. Pero, si nunca había amado, ¿cómo podía saberlo?
—¿Estarás bien? —inquirió Tom.
—Sí, tengo a Sam y Joan, y ya he superado la parte más difícil, las primeras
semanas después del accidente. Supongo que lo que me costará aún un tiempo será
sobreponerme a la pérdida de mi bebé.
—Eres muy joven. Miranda. Podrás tener otros hijos. Ya lo verás. Conocerás a un
buen tipo y te volverás a casar. No te des por vencida solo porque has tenido algunos
reveses. Todos los tenemos, pero sobrevivimos.
—No has llegado a contarme cuáles fueron los tuyos —le dijo ella. Tom se
encogió de hombros.
—No sirve de nada hablar de ellos —habían llegado frente al edificio en el que
estaba el bufete, y se detuvieron—. Cuídate, Miranda.
La joven se quedó mirándolo un instante con tristeza. Era un hombre muy
especial. Se preguntó cómo habría sido su vida si lo hubiera conocido a él antes de
conocer a Tim. Tom era todo lo que Tim no había sido, pero estaba fuera de su
alcance.
—Lo haré. Cuídate tú también —suspiró—. Adiós, Tom.
Él la miró largo rato a los ojos, pero finalmente murmuró otro «adiós» y se dio la
vuelta. La joven lo observó alejarse con angustia, sintiéndose más sola y perdida que
nunca.
Tom se sentía igual, e iba pensando que separarse de ella no debería haber
sido tan difícil, que no debería haberle costado tanto poner fin a algo que apenas si
había empezado, pero ella parecía tan vulnerable cuando
la había mirado por última vez. No podía quitarse su expresión desolada de la
mente. Ninguna mujer había confiado en él como ella lo había hecho, se dijo
recordando la dulce mirada de sus ojos plateados. Y, de nuevo, se encontró dudando.
Empezó a aminorar el paso, y maldijo entre dientes antes de detenerse y girar
en redondo. Miranda no se había movido un milímetro. Seguía allí de pie, con la misma
mirada triste. Y, de pronto, sin siquiera darse cuenta de lo que hacía, Tom se
encontró regresando a grandes zancadas a su lado, casi corriendo al final, hasta que
estuvo otra vez delante de ella. La joven estaba mirándolo con los ojos muy abiertos.
—Has vuelto... —musitó tocándole el brazo.
—No porque mi conciencia no me diga lo contrario, te lo aseguro —masculló él—,
pero parece que no puedo alejarme de ti tan fácilmente. ¿A qué hora sales de
trabajar?
Miranda se notaba la garganta increíblemente seca.
—A las siete.
Tom asintió con la cabeza.
—Pasaré a recogerte, y buscaremos algún sitio donde cenar.
—Podrías venir a mi casa y yo cocinaría algo —le ofreció ella.
—¿Y permitir que estés una hora frente al fuego después de trabajar todo el
día? Ni hablar.
Miranda esbozó una sonrisa.
—Anda, sube o llegarás tarde —le dijo él—. Nos vemos luego.
Tom se quedó esperando a verla entrar en el edificio. Era tan sorprendente
que estuviera sintiendo las emociones que estaba sintiendo por una mujer. Después de
la tragedia que había truncado sus ilusiones de juventud, había creído que nunca sería
capaz de sentir de nuevo.
Tom no tenía nada que hacer durante el resto de la tarde, así que aprovechó
para hacer un poco de turismo. Chicago era una ciudad grande y bulliciosa, como
cualquier otra, pero disfrutó admirando las enormes esculturas modernas, los
edificios, y visitando algunos museos y galerías de arte. Sin embargo nada de ello le
hizo perder la noción del tiempo, y a las seis regresó a su hotel para ducharse y
cambiarse y a las siete estaba esperando a Miranda de nuevo afrente al edificio donde
trabajaba. La joven bajó diez minutos más tarde, jadeante.
—Lo siento —se disculpó mientras trataba de recobrar el aliento—. Mi jefe me
ha retenido enviándole unos faxes en el último minuto.
—No tenías por qué correr —le dijo él con una sonrisa—. Te habría esperado.
Fueron hasta el lugar donde había dejado aparcado el coche, y una vez
estuvieron sentados, le propuso:
—Esta tarde, mientras deambulaba por la ciudad, vi un restaurante polinesio.
¿Has probado alguna vez la comida polinesia? Tienen un plato que se llama poi que es
realmente delicioso.
—¿De veras? Suena muy exótico. Sí, creo que me gustaría probar la comida
polinesia. Esta noche me siento aventurera —contestó ella—. Pero primero me gustaría
ir a casa a cambiarme...
—Por supuesto.
Tom la llevó allí sin que ella tuviera que recordarle el camino y, milagrosamente, encontró
un sitio libre donde aparcar, y pudo entrar en la casa con ella y esperar sentado en el salón mientras Miranda se cambiaba.
Al cabo de unos minutos, ella salió de su dormitorio abrochándose un collar de
perlas en torno al cuello vuelto de un sencillo pero elegante vestido azul oscuro. Se
había soltado el cabello, y le caía sobre la espalda como una catarata de seda negra.
—¿Estoy bien así? —le preguntó—. No estoy demasiado acostumbrada a salir de
noche. Además, a Tim no le gustaban los sitios elegantes, así que no he tenido muchas
ocasiones de vestirme así. Si te parece que esta ropa es demasiado formal puedo
ponerme otra cosa. Es que te vi con ese traje y pensé que...
Tom se acercó a ella y le impuso silencio poniéndole el índice en los labios.
—Así estás muy bien —le dijo—.No hay razón para que estés nerviosa.
—¿No la hay? —replicó ella esbozando una sonrisa—. La verdad es que me siento
como si volviera a tener dieciséis años —de pronto la sonrisa se borró de sus labios—.
Dios mío, no debería estar haciendo esto. Solo hace unas semanas que murió mi marido
y perdí mi bebé. No debería salir —balbució.
—Los dos sabemos que eso no tiene ningún sentido, Miranda —le dijo él—.
Quedarte aquí solo hará que te hundas en la tristeza y el remordimiento. Necesitas
salir y distraerte. Si te ayuda en algo, podrías pensar en nosotros como dos personas
que están solas y están ayudándose la una a la otra a superar un mal momento.
—Tú... ¿estás solo, Tom? ¿No hay nadie que...?
Él inspiró despacio y le acarició el cabello con delicadeza.
—Sí, estoy solo —contestó en un tono áspero—. Siempre he estado solo.
—Nunca has encontrado tu sitio, ¿no es verdad? Nunca te has sentido parte de
nada —adivinó ella, sorprendiéndolo una vez más—. Sé lo que se siente, porque a mí me
ocurre lo mismo. Sam y Joan se han portado muy bien conmigo, pero cada vez que
estoy con ellos me siento como si fuera una intrusa, y aunque cuando conocí a Tim
pensé que al fin había encontrado a alguien que me quisiese a su lado, no funcionó. Él
quería algo que yo no podía darle.
—¿Esto? —inquirió Tom. Y despacio, muy despacio, trazó el contorno de los
carnosos labios femeninos, observando como sus labios se entreabrían. Miranda
reaccionaba al instante a cada pequeña caricia, a cada mirada, y aquello hacía que un
remolino de deliciosas emociones se apoderara de él.
Pero ella lo tomó de la muñeca, deteniéndolo.
—Tom, no —susurró tragando saliva—, por favor.
—¿Te sientes culpable por sentir placer cuando te toco?—le preguntó él
quedamente.
—Supongo que sí —admitió ella—. Era yo quien iba conduciendo, y se perdieron
dos vidas —su voz se quebró por el dolor—. Fue culpa mía...
Tom la atrajo hacia sí, abrazándola, mientras la joven lloraba.
—Tienes que darte tiempo. Miranda. La desesperación no hará sino prolongar el
dolor que sientes. Tienes que tratarte con amabilidad y con paciencia.
—¡No puedo! ¡Me odio!
Tom depositó un suave beso en su frente.
—Miranda, todos nos sentimos culpables por algo, y es natural, porque somos
humanos, pero créeme, puedes superarlo si intentas mirar más allá, ver más lejos en
vez de recriminarte. Tienes que encontrar algo que te haga levantarte cada mañana,
aunque solo sea una película que vayan a estrenar en el cine o ir a comer a un
restaurante, o unas vacaciones... Podrás superar el dolor si anhelas algo lo suficiente.
—¿Y funciona? —inquirió ella entre sollozos.
—A mí al menos me funcionó —contestó Tom.
La joven se apartó un poco de él, limpiándose las lágrimas con el dorso de la
mano.
—Y supongo que no querrás contarme qué te pasó —murmuró esbozando una
pequeña sonrisa.
Tom sonrió también.
—No.
Miranda suspiró.
—No sueles abrirte demasiado a los demás, ¿no es cierto?
—Creo que nos ocurre a los dos —murmuró él, apartándole un mechón del rostro.
Sus ojos descendieron hacia el vestido, tan recatado, y enarcó una ceja.
—Estás pensando que me visto como una cincuentona, ¿verdad? —murmuró ella
frunciendo los labios.
Tom se echó a reír.
—Bueno, la verdad es que no es muy propio para tu edad. ¿No tienes nada más
moderno en tu armario?
Ella lo miró incómoda, como si no se atreviera a decir algo.
—Sí, pero... bueno, es que no me gusta llevar vestidos muy escotados porque...
bueno... se vería.
Tom la estaba mirando perplejo.
—¿Qué se vería? Ahora sí que me has dejado intrigado.
Ella se giró hacia la puerta, visiblemente avergonzada por aquel tema.
—Es mejor que nos vayamos ya, luego se llenará el restaurante.
Tom sonrió divertido.
—¿Te pongo nerviosa Miranda?
—Supongo que como a la mayoría de las mujeres —respondió ella muy seria,
escrutando su rostro—. Eres bastante intimidante.
—Bueno, en ese caso, trataré de no intimidarte demasiado —prometió él con una
sonrisa burlona, mientras abría la puerta y la sostenía para que ella pasara. Y, cuando
ella pasó por delante de él, Tom se preguntó cuánto tiempo podría contener su deseo por ella antes de dar un paso irrevocable.


HOLA!! BUENO AQUI ESTAN LOS CAPS .. UNA DISCULPA POR NO HABER AGREGADO ANTES ... ME SALIO UN PROBLEMA PERSONAL ... BUENO YA SABEN 3 O MAS Y AGREGO MAÑANA :))

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