Capítulo 5
Tom se quedó en Chicago más de un par de días, y en ese
tiempo trató de no
pensar en las razones por las que no debía estar con
Miranda. Se le había metido muy
dentro, y era como una dulce fiebre que fuera incapaz de
bajar. Cuanto más trataba
de resistirse, más lo atormentaba el deseo, así que
finalmente se rindió a lo que le
decía el corazón.
El trabajo en el rancho se estaba amontonando porque no
estaba allí para ayudar
a Evan, pero se sentía incapaz de pensar en otra cosa que
no fuera estar con Miranda.
Ya fuera despierto o dormido, veía su hermoso rostro a
todas horas.
Aunque estar a su lado lo hacía inmensamente feliz,
detestaba el modo en que se
estaba obsesionando con ella. Era un soltero convencido,
debería ser capaz de
resistirse a los encantos de una mujer. ¿Por qué no lo
lograba con aquella? Tal vez
porque no era su belleza, sino su carácter dulce, que
ofrecía amor sin esperar nada a
cambio, lo que lo tenía hechizado. Era como si estuviera
tejiendo una delicada tela de
araña en la que él se había visto atrapado, y el tratar
de escapar solo hiciera que se
enredara aún más en ella.
En esos días que él permaneció en la ciudad se hicieron
inseparables. Salían a
cenar casi cada noche, él la llevaba a bailar... e
incluso habían ido a la bolera la noche
anterior. Hacía siglos desde la última vez que había
jugado una partida de bolos. Cada
vez que derribaba unos cuantos, Miranda saltaba y
aplaudía con tanto entusiasmo como
si lo hubiera hecho ella.
Tom observaba fascinado cómo iba saliendo del oscuro
agujero en el que la
culpabilidad la había recluido, aunque de cuando en
cuando atisbaba todavía un destello
de angustia en sus ojos grises.
A pesar de que a medida que pasaban los días tenían más
confianza el uno el otro,
Tom tenía todo el tiempo mucho cuidado de evitar el
contacto físico más allá del
gesto inocente de tomarla de la mano. Había una química
demasiado fuerte entre ellos,
como había descubierto aquella mañana en el hotel. Pero
charlaban, charlaban
muchísimo, y poco a poco incluso él se fue abriendo a
Miranda, compartiendo con ella
cosas que no había compartido con nadie más. Era para
ellos un periodo de tanteo, de
descubrimiento, pero era un tiempo robado al tiempo, y
los dos sabían que antes o
después tocaría a su fin.
—Estás muy serio, Tom —le dijo ella aquella noche,
mientras él la acompañaba
hasta la puerta de su casa. Habían salido a cenar, y él
había estado inusualmente
callado.
—Tengo que volver —le dijo con tristeza—. No puedo
quedarme más.
Miranda le dio la espalda un momento con la excusa de
abrir la puerta para que él
no pudiera ver la decepción en su rostro. Él, sin
embargo, lo interpretó como que se
sentía dolida, como si la abandonara.
—Tengo un rancho que atender. Miranda, entiéndelo —le
dijo con algo de
aspereza—. No puedo pasarme el resto de mi vida vagando
por Chicago mientras tú
estás en el trabajo.
Ella se giró y alzó hacia él la mirada con infinita
tristeza.
—Lo sé —murmuró.
Tom se sintió mal por haber sido tan brusco. Se metió las
manos en los
bolsillos, incómodo.
—Podríamos escribimos —propuso—. No será lo mismo que
estar juntos, pero yo
al menos lo prefiero al teléfono. Nunca se me ha dado
bien hablar por teléfono.
—A mí me pasa igual —contestó ella con una sonrisa. El
corazón le latía
apresuradamente. Si Tom quería mantenerse en contacto con
ella tenía que
significar que le importaba algo. Aquello la animó
bastante—. Sí, Tom, me gustaría
mucho que nos escribiésemos.
Él sonrió.
—Pero no esperes una carta diaria —le advirtió—. La
verdad es que escribir
cartas tampoco se me da demasiado bien. Supongo que soy
nulo en todo lo que tiene
que ver con la comunicación. Siempre he sido un lobo
estepario.
La siguió dentro, y esperó mientras ella buscaba una
libreta y un bolígrafo.
Intercambiaron sus direcciones, y se produjo de nuevo
entre ellos ese incómodo
silencio que conllevan las despedidas.
—Gracias por todo, Tom, has hecho que vuelva a sentirme
bien por estar viva.
Ojalá yo pudiera hacer algo parecido por ti.
Tom se mordió el labio inferior, sintiéndose como un
aprovechado por lo que
estaba pensando, pero no pudo evitar que sus ojos se
deslizaran a lo largo del vestido
negro de tirantes que ella llevaba puesto, las medias de
nylon que recubrían sus largas
piernas, y los delicados zapatos con el talón
descubierto.
—Podrías, si quisieras —murmuró.
Miranda tragó saliva. Tom la deseaba y estaba a punto de
pedirle algo que ella
no sabía si podía darle.
—Tom, yo... yo... las relaciones íntimas me desagradan
—le dijo nerviosa.
Él enarcó las cejas.
—No iba a pedirte que te acostaras conmigo —respondió con
cierta aspereza—.
El que sea ranchero no significa que sea tan poco sutil.
—Oh —musitó ella avergonzada.
—Pero ya que lo has dicho... —prosiguió Tom cerrando la
puerta tras de sí—,
¿Porque te desagradan?
—Pues porque es algo...
—¿Doloroso? —inquirió él al ver que no sabía cómo
explicarlo.
La joven dejó su bolso sobre una mesita y dibujó
arabescos invisibles en el cuero,
incapaz de mirar a Tom a la cara. Recuerdos que le dolía
revivir estaban acudiendo
en tropel a su mente..
—No, solo me dolió la primera vez —balbució—. Supongo que
lo que quiero decir
es que el sexo no me resultaba satisfactorio. Sí, era
bastante embarazoso para mí y
no me satisfacía. Nunca me gustó.
Tom se colocó detrás de ella, la tomó por la cintura, y
la hizo girarse hacia él.
—¿Te excitaba tu esposo como es debido antes de
poseerte?—le preguntó.
Miranda se sonrojó profusamente. No creía que pudiera
estar hablando de
aquello con un hombre al que había conocido solo unos
días atrás.
—No debería darte vergüenza hablar de estas cosas
Miranda. Somos dos
adultos.
—La verdad es que nunca he hablado de ello con nadie—balbució.
—Bueno, como se suele decir, siempre hay una primera vez
para todo —replicó
él—. Aquella mañana en el hotel, cuando te besé, no me
pareció que te incomodara en
absoluto, ¿me equivoco?
—No —murmuró ella, con el rostro encendido.
—Y con tu marido... ¿era distinto?
Miranda asintió con la cabeza.
—Yo creo que lo de la química entre las personas no es un
cliché —le dijo Tom
observándola—. A veces se da entre un hombre y una mujer,
sin un motivo aparente, y
es como si saltara una chispa, o como si se creara un
campo magnético que los atrae.
No es algo que ocurra con demasiada frecuencia, y yo
desde luego no había sentido
jamás una química tan fuerte como la que siento contigo.
¿Había química entre tu
marido y tú?
Ella meneó la cabeza muy despacio.
—No, nunca la hubo.
Tom la tomó por la barbilla para que lo mirara a los
ojos.
—En el sexo, para que resulte realmente placentero, tiene
que existir un mínimo
de esa química, además de otros ingredientes no menos
importantes: respeto mutuo,
confianza... amor. Es una combinación difícil de
conseguir, y la mayoría de la gente
jamás la ha conocido, así que muchas veces se conforman
con lo que se les presenta.
—Como me ocurrió a mí, quieres decir—murmuró ella,
apartando la vista.
Tom suspiró, y alzó una mano para trazar el contorno de
los labios de la joven
como había hecho días atrás, logrando al instante que se
entreabrieran.
—¿Puedes sentirlo? —le preguntó a Miranda suavemente—.
¿Notas que tu cuerpo
se tensa cuando te toco, y el modo en que tu respiración
se toma ligeramente
entrecortada y el corazón empieza a latirte como un loco?
—Sí —murmuró ella maravillada—. Tú... ¿sientes lo mismo,
Tom? —inquirió
tragando saliva.
—Sí, yo también lo siento —murmuró él—. Noto como si todo
mi cuerpo se
hubiese sensibilizado, hasta las plantas de los pies —se
inclinó hacia ella y la rodeó con
los brazos, mirándola a los ojos—. Deja que te haga el
amor Miranda. Pon los límites
que tú quieras.
La tentación hizo que los latidos del corazón de Miranda
se volvieran aún más
rápidos y fuertes. Bajó la mirada a los labios de Tom,
ansiando desesperadamente
volver a sentirlos contra los suyos.
—No me... no me dejes embarazada —dijo en susurro—.
¿Tienes algún
preservativo?
Tom se estremeció, conmovido de que aquel fuera el único
límite que
pretendiera imponerle, de que estuviera dispuesta a dejar
que la hiciera suya por
completo.
—La verdad es que no llevo ninguno encima — respondió—,
así que no podremos
llegar hasta el final, pero creo que eso te hará sentir
más tranquila, ¿no es verdad?
La joven asintió con la cabeza.
Tom la tomó de ambas manos y estaba conduciéndola hasta
el dormitorio
cuando se dio cuenta de la mirada de aprehensión en los
ojos de ella. Comprendió al
instante.
—Él te hacía el amor en vuestra habitación, ¿no es eso?
—inquirió. Ella volvió a
asentir incómoda—. ¿Y siempre era en la cama? —la joven
asintió otra vez, sin mirarlo
a los ojos—. ¿Y en el sofá?
Miranda alzó la vista.
—No, nunca lo hicimos en el sofá —murmuró.
Así que Tom se giró sobre los talones, la alzó en sus brazos
y la depositó
sobre el largo y mullido sofá, desnudándola con la
mirada.
Ella se sentía incómoda ante aquel escrutinio.
Probablemente, Tom estaría
acostumbrado a las mujeres voluptuosas y de medidas
perfectas, mientras que ella
había acabado teniendo un montón de inhibiciones con
respecto a su cuerpo tras su
matrimonio con Tim.
Tom advirtió la duda en sus ojos, y se preguntó a qué se
debería. Se desanudó
la corbata y la arrojó sobre una silla junto con su
chaqueta. Alzó la vista hacia Miranda
mientras se desabrochaba lentamente la camisa blanca, y
la abrió, dejando al
descubierto un ancho y musculoso tórax cubierto de rizado
vello. Los ojos de ella no se
despegaron un momento de él, y Tom se sintió más hombre
que nunca.
Finalmente se sentó junto a ella, y deslizó una mano por
detrás de su espalda
para alcanzar la cremallera de su vestido. Sin embargo,
de repente Miranda lo agarró
por los brazos, deteniéndolo al darse cuenta de lo que
iba a hacer. Sus inseguridades
se vieron reflejadas en su rostro.
Tom frunció el entrecejo contrariado. Entonces recordó
aquella noche que
ella le había dicho que no podía llevar un escote muy
bajo porque «se notaba». Todavía
no había sido capaz de averiguar a qué se refería. ¿Sería
esa obsesión de que sus
senos eran muy pequeños?
—Miranda, el tamaño solo le importa a los adolescentes
—le dijo en un tono
suave.
—Es que Tim siempre decía que... —balbució ella.
—Yo no soy Tim —la interrumpió Tom, cubriendo con sus
labios los de ella.
La joven respondió de inmediato al beso, suspirando
extasiada. Tom tomó
entre sus dientes el labio superior de Miranda y acarició
la carnosa parte interior con
la lengua, como saboreándola. Y, entretanto, bajó la
cremallera del vestido y deslizó
los tirantes por sus hombros, dejando caer la prenda hasta
la cintura.
—Tom, no... —protestó ella.
—¿Por qué no? —inquirió él en un susurro, besándola
sensualmente.
Su mano derecha ascendió hacia uno de los senos de
Miranda y se cerró sobre él.
Al apretarlo le pareció notar algo mullido bajo el encaje
del sostén, y se apartó
extrañado para mirarla. La joven estaba muy azorada.
—¿Es un... sostén con relleno?
Miranda asintió en silencio, apartando el rostro.
—Tim siempre me decía que mis senos eran muy pequeños,
así que me tiró todo
los sujetadores que tenía y me hizo comprar otros con
relleno. Decía que no lo
excitaba.
A Tom le hervía la sangre. Aquel asqueroso machista la
había acomplejado, la
había hecho sentir inadecuada, poco femenina. Aquel
sostén era la imagen visible del
yugo que su marido le había hecho llevar.
—Tú no necesitas esto para ser hermosa —le dijo tomando
entre sus dedos uno
de los tirantes del sujetador—, porque ya lo eres. Dios,
Miranda, él no tenía derecho a
hacerte lo que te hizo. Quema todos esos sostenes y
cómprate otros normales. Si un
hombre te ama de verdad, el tamaño de tus senos no va a
importarle. Y a mí no me
importa en absoluto.
Miranda se sonrojó aún más, pero permitió que le soltara
el enganche del sostén,
que se lo quitara, y se quedó sorprendida al ver cómo Tom
admiraba extasiado sus
senos firmes y perfectamente formados.
Contuvo la respiración, con el corazón golpeándole
furiosamente las costillas, y
notó que sus pezones se endurecían ante aquel silencioso
escrutinio.
Aquella vez, cuando las manos de Tom descendieron de
nuevo sobre ella,
Miranda no protestó, sino que cerró los ojos,
abandonándose al placer que le producían
sus delicadas caricias, y tampoco dijo nada cuando
advirtió que él estaba acabando de
sacarle el vestido, las medias... hasta dejarla
completamente desnuda.
De pronto las manos de Tom se detuvieron, y todo quedó en
silencio. Miranda
abrió los ojos y lo encontró observándola. Hizo ademán de
taparse, pero él apartó
suavemente sus manos.
—No tienes por qué sentir vergüenza.
—Pero es que yo nunca... Tim nunca...
—Déjame adivinar —dijo Tom frunciendo los labios—:
siempre lo hacíais con la
luz apagada.
Ella asintió.
—A Tim no le gustaba verme desnuda —balbució—. No le
gustaba mirarme.
Tom exhaló un suspiro, pasando la mirada por los
femeninos senos, su cintura,
la curva de sus caderas, el vientre, las largas
piernas...
—Miranda, ese hombre verdaderamente debía tener algún
problema para que no
le gustara mirarte — le dijo—. Juro por lo más sagrado
que a mí me has dejado sin
aliento.
Ella bajó la vista turbada por sus palabras pero también
halagada, y sus ojos
fueron a fijarse sin querer en cierto punto del cuerpo de
Tom, un poco más abajo
del cinturón, que confirmaba sin lugar a dudas que no le
estaba diciendo aquello por
decir. Gimió suavemente y apartó la vista.
—Siempre he tratado de ocultar esa reacción cuando he
estado con una mujer
—le confesó Tom—, pero contigo no he querido hacerlo.
Necesito que sepas lo
mucho que te deseo, Miranda, y que no me avergüenzo de
mis sentimientos, aunque
esto no haya surgido en el mejor momento para ninguno de
los dos. Mírame, no tengas
miedo. Supongo que tampoco habrías visto antes a un
hombre en esta situación
—adivinó, sonriendo divertido.
—¿No te molesta? —inquirió ella sin poder reprimir la
curiosidad.
—¿El qué?, ¿qué me veas así o la reacción física en sí?
—Las dos cosas —respondió ella riéndose suavemente.
Tom le acarició los labios con el índice.
—No, estoy disfrutando cada instante.
—Yo también —admitió ella en un susurro, como si fuera un
secreto por el que
tuviera que sentirse culpable.
—¿Quieres que sigamos? —inquirió él, tomándola de la
barbilla para que lo mirara
a los ojos—. Si me dejas, quiero que sea porque lo
deseas, no porque te sientas
obligada.
Miranda lo miró vacilante. Quería saber lo que era
sentirse acariciada por un
hombre que sí la deseaba, pero aun así estaba algo
nerviosa, porque todo aquello era
nuevo para ella.
—¿Me gustará? —inquirió con timidez.
—Oh, yo diría que sí —murmuró él con una sonrisa picara.
Se inclinó hacia ella, y pasó los labios muy suavemente por
uno de sus senos,
rozando el pezón con los dientes. Miranda contuvo el
aliento y se estremeció.
—No me avisaste que ibas a hacer eso —casi exclamó, con
los ojos abiertos como
platos.
Tom se miró en sus ojos plateados
—¿No quieres que lo haga?, ¿no te ha gustado?
Miranda bajó la vista azorada. Tim nunca le había
preguntado qué quería.
Siempre había tomado lo que deseaba, sin importarle que a
ella la incomodara o le
hiciera daño.
—No, sí que me ha gustado —murmuró.
—En ese caso...
Las manos de Tom levantaron el tronco de la joven,
haciéndolo arquearse para
inclinarse de nuevo sobre ella y devorar sus suaves
pechos.
Miranda no podía dar crédito a lo que le estaba
ocurriendo a su cuerpo. Era como
si se estuviese transformando en lava. Y entonces se dio
cuenta de que nunca antes
había experimentado lo que era el verdadero placer. Se
abandonó a las exquisitas
sensaciones que le provocaba la ardiente boca de Tom
mientras la exploraba con
deleite.
Pronto, sin saber cómo, se encontró con que sus manos se
habían enredado en el
oscuro cabello de Tom. Él la besó, de un modo salvaje a
la vez que tierno.
—No te asustes —le susurró Tom.
Entonces, Miranda sintió que la tocaba en el lugar más
íntimo de su cuerpo. Gimió
y se arqueó, y después se puso rígida.
Los ojos cafeces de Tom escrutaron su rostro, pero no se
detuvo, ni siquiera
cuando ella comenzó a revolverse inquieta debajo de él.
—Solo un poco más, cariño —le susurró—, solo un poco más,
no te va a doler,
déjate ir.
Y Miranda hizo lo que le decía. Para ella fue como caer
por un acantilado. Su
cuerpo estaba respondiendo a Tom de un modo automático,
como si ella hubiera
perdido todo el control sobre él. Estaba disfrutando de
un modo que jamás habría
creído posible. Tom la observó sonriente cuando empezó a
gemir y sollozar al ritmo
que él marcaba. De pronto la espiral de placer atrapó a
la joven, haciendo que su
cuerpo se arqueara, y arrancando un gemido largo y
profundo de su garganta.
Finalmente, se desplomó sobre el sofá, convulsionándose
ligeramente, y Tom se
sintió como si acabara de experimentar él mismo aquel
éxtasis.
La acunó con ternura entre sus brazos, y los pechos de
Miranda rozaron el vello
de su tórax, provocándole a la joven una sensación
cosquilleante y deliciosa. Se apretó
más contra él, hundiendo sus erectos pezones en la densa
mata, y se frotó
sensualmente, pero Tom se puso rígido.
—Miranda, no... —le susurró.
A la joven la sorprendió el tono de su voz. Parecía
sentirse amenazado, y aquella
vulnerabilidad le pareció tan adorable, que, desoyendo su
ruego, se frotó otra vez
contra su pecho hasta que lo notó estremecerse.
Tom la tomó por los brazos y la hizo incorporarse. A
continuación, la sentó a
horcajadas encima de él, y colocó las manos en sus
caderas, atrayéndola hacia sí.
—¿Puedes notarlo?
Ella cerró los ojos y abrió la boca sorprendida al
advertir lo excitado que estaba.
Tom la atrajo aún más hacia sí, de modo que sus torsos
desnudos quedaron pegados
el uno al otro, y la acunó con creciente deseo.
—Tom... —suspiró Miranda.
Tom apretó la mandíbula. Estaba perdiendo el control
sobre sí mismo, pero
jamás había ansiado tanto perderlo.
Miranda subió las manos a su pecho y empezó a
acariciarlo, pero él tomó una y la
dirigió lentamente a la parte de su anatomía que lo
definía como hombre. Ella al
principio vaciló, pero finalmente comenzó a tocarlo, a
apretar sus dedos contra su
masculinidad, y Tom gimió extasiado.
Los latidos del corazón de Miranda se habían disparado.
Jamás había tocado a un
hombre tan íntimamente, ni siquiera a su marido, y el
sentir a Tom de aquel modo
hacía que todo su ser palpitase. Sin embargo, cuando
estuvo a punto de bajarle la
cremallera, su mano se detuvo, y hundió el rostro encendido
en el cuello de Tom.
—Tienes razón —murmuró él, esforzándose por recobrar el
aliento, y volviendo a
llevar la mano de Miranda a su pecho—. Estamos dejando
que esto vaya demasiado
lejos.
Con delicadeza hizo que se bajara de encima de él,
temblando aún los dos por el
deseo contenido, y le dijo con voz ronca:
—Ponte la ropa, cariño.
Miranda se quedó mirándolo con el vestido en las manos.
—Pero no es eso lo que tú quieres, lo sé —murmuró.
Tom cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás en el
sofá.
—Dios, no, claro que no es lo que quiero —farfulló—, lo
que quiero es hundirme
dentro de ti.
Ella se estremeció por el deseo que la sacudió ante esas
palabras, y lo miró con
los labios entreabiertos.
—Yo... yo te dejaría que lo hicieras, Tom — murmuró con
ardor.
Él levanto la cabeza y la miró, pero, a pesar de leer en
sus ojos la misma
necesidad que sentía él, la vio tan vulnerable, que se
forzó a resistir la tentación.
—Miranda, no debes tomar esa clase de decisiones aún, es
demasiado pronto.
Demasiado pronto, demasiado pronto... Aquellas palabras
devolvieron la cordura a
Miranda.
—Esto es algo serio —le dijo Tom—, y tú tienes una
tragedia que superar
antes de dar ese paso. No quiero empañar tu dolor con
deseo. Tienes que poder ver
con claridad para saber qué es lo que quieres.
Miranda asintió en silencio.
—Tom —le dijo al cabo de un rato, cuando él estaba terminando
de ponerse la
chaqueta—. Yo nunca había sentido nada parecido con Tim
—le confesó—. ¿Es igual
cuando se va hasta el final? —inquirió curiosa, mirándolo
a los ojos.
Tom sonrió, se puso de pie y le acarició el cabello con
ternura.
—Es aún más intenso —respondió—. Verte alcanzar la cima
del éxtasis casi me
llevó a mí allí también.
Ella extendió las manos y le acarició las mejillas
mientras escrutaba su rostro,
como si quisiera memorizar sus rasgos.
—Pero tú... yo no te he dado placer a ti —balbució.
—No lo creas —replicó él sonriendo con complicidad. Tomó
las manos de Miranda
y las apartó suavemente de su rostro—. Tengo que irme.
Miranda.
—Voy a echarte muchísimo de menos, Tom.
Él esbozó una sonrisa y la tomó por la barbilla para que
lo mirara a los ojos.
—Esto no es un adiós, es solo un hasta luego.
Ella asintió y Tom se inclinó para besarla. Se quedó
observándola largo rato,
para finalmente caminar de espaldas hasta la puerta y
marcharse en silencio.
Capítulo 6
De nuevo en el rancho, Tom estaba echando tanto de menos
a Miranda que se
sentía aún más irritable que de costumbre. Esa tarde,
Evan y él se disponían a salir de
casa para ir a comprar algunas provisiones a Jacobsville
cuando vieron detenerse el
coche de Connal.
—¡Oh, Dios, no, aquí vuelve! —gimió Evan al verlo.
—Esa no es forma de hablar de tu hermano—lo reprendió Tom.
—Tú espera y verás —lo cortó Evan.
—¡No puedo soportarlo! —exclamó Connal nada más salir del
coche, sin saludarlos
siquiera—. Esta mañana la llevo al hospital, hago todas
las llamadas necesarias, ¡y nos
dicen que había sido una falsa alarma, que ni siquiera
había roto aguas!
Evan y Tom intercambiaron una mirada hastiada.
—Vosotros no lo entendéis —masculló Connal. Tom observó
que tenía cara de
cansancio—. La he dejado durmiendo, y me he venido a
buscar a mamá para llevármela.
Lo que Pepi necesita es una mujer que entienda de estas
cosas, no a mí que me pongo
hecho un flan cada vez que empieza con las contracciones.
—Está en el estudio, leyendo un libro que se ha comprado
de arreglos de
fontanería —le dijo Tom, señalando la casa con un gesto
de la cabeza.
—Cielos —farfulló Connal contrayendo el rostro—.
Tranquilos, la sacaré de aquí
antes de que rompa otra tubería.
—Sí, por favor, la última vez inundó toda la cocina y el
vestíbulo —recordó
Evan—. Pero, oye, Connal, a Pepi ya no le faltará mucho
para dar a luz, ¿verdad?
—Supuestamente ya ha salido de cuentas. ¿Por qué lo
preguntas? —inquirió su
hermano extrañado.
—Porque yo también necesito a mamá aquí. Siempre se pone
de mi parte cuando
tengo una discusión con él —dijo señalando a Tom con una
sonrisa burlona.
—Lo raro sería que se pusiera de mi parte cuando sabe que
la odio —dijo Tom,
encendiendo un cigarrillo.
—Tom, deberías pensarlo dos veces antes de decir esas
cosas, porque un día
puede que acabes arrepintiéndote —murmuró Connal.
Connal por lo general no solía decir nada sobre ese tema
porque siempre había
pensado que era algo que su madre y su hermanastro debían
solucionar sin
intromisiones, pero la actitud de Tom estaba empezando a
parecerle excesiva. De
hecho, no solo había ido a buscar a su madre para que
estuviera con Pepi en esos días
decisivos del embarazo, sino también porque la había
notado bastante deprimida desde
que Tom regresara de su inexplicada larga estancia en
Chicago.
—Dile a Pepi que le mandamos saludos y que esperamos que
el parto sea pronto y
que salga bien —le dijo Tom, ignorando el reproche.
Connal se quedó mirándolo muy serio, pero finalmente se
despidió de ellos y
entró en la casa. Tom y Evan bajaron las escaleras del
porche y se dirigieron a la
camioneta, pero antes de que su hermano mayor pudiera
adelantársele, Tom rodeó
el vehículo y se sentó frente al volante.
—¡Eh! —se quejó Evan, aún fuera, con los brazos enjarras—.
¡Quería conducir yo!
—Ni hablar —dijo Tom tajante mientras ponía el coche en
marcha y salían a la
carretera—, pisas demasiado el acelerador.
—¿Y qué? Me gusta la velocidad —repuso Evan.
—Eso ya lo sabía, pero últimamente conduces como si
estuvieras en un circuito
de carreras —le dijo Tom sin mirarlo—. Vamos, entra de
una vez.
Evan abrió la puerta del acompañante y se dejó caer de
mala gana en el asiento.
—La verdad es que no pareces el mismo desde que rompiste
con aquella última
chica con la que estuviste saliendo —le dijo Tom mientras
se abrochaba el cinturón
de seguridad.
Evan pareció entristecerse de repente, como si su alma se
hubiese nublado, y
volvió el rostro hacia la ventanilla.
—Perdona —le dijo Tom sorprendido por su reacción—, no
tenemos por qué
hablar de ello si no quieres. Pero tampoco tienes que
angustiarte por ello. Estoy
seguro de que tiene que haber una mujer para ti en alguna
parte.
Evan dejó escapar un suspiro.
—Tengo treinta y cuatro años —murmuró—. Dudo que vaya a
encontrarla a estas
alturas —dijo girando la cabeza hacia Tom—. Hubo una
época en la que estuviste
considerando la posibilidad de hacerte sacerdote. Pues
bien, tal vez yo debería ir
pensándolo también.
Tom se rio suavemente.
—¡Qué tontería! ¡Mira que puedes ponerte melodramático!
—Es una lástima que no me guste el tabaco —farfulló Evan,
observando el
cigarrillo en los labios de Tom—. A lo mejor fumar me
mantendría tan calmado
como a ti.
—¿Qué te hace creer que estoy calmado? —replicó Tom con
la vista fija en la
carretera—. Yo también tengo mis problemas.
—¿Como Miranda por ejemplo? —inquirió Evan en un tono
cauteloso.
Tom se puso tenso al instante. Esa noche había vuelto a
soñar con ella, con el
delicioso sabor de sus labios, con el tacto de seda de su
piel. La echaba muchísimo de
menos, pero se había prometido que sería paciente, que
esperaría hasta que ella
hubiera superado su dolor. Echó una mirada de reojo a
Evan, el único de sus hermanos
con el que podía hablar de verdad.
—Sí —admitió finalmente, dejando escapar un suspiro.
—¿Y por qué no te quedaste más tiempo en Chicago? Aunque
el trabajo se
estuviese acumulando un poco aquí en el rancho, no...
—No volví por eso, Evan —lo cortó Tom—. Yo estaba seguro
de que tú te las
estarías apañando bien sin mí. Lo hice por ella. Todavía
es demasiado vulnerable, y yo
no podía saber si de verdad sentía algo por mí, o si
inconscientemente me utilizaba
para no acordarse de sus penas.
—¿Y tú?, ¿la quieres?
Tom dio una calada al cigarrillo antes de girar la cabeza
hacia Evan para
contestarle.
—La quiero tanto que, ahora, estando lejos de ella, es
como si me faltara el aire.
—¿Y qué vas a hacer?
Tom se encogió de hombros.
—No lo sé. Al principio hemos quedado en escribimos, y
tal vez yo vaya de vez en
cuando a verla a Chicago. No voy a presionarla, voy a
darle tiempo. No quiero tener que
compartir su corazón con sus fantasmas.
—Se me hace raro, ¿sabes? —dijo Evan tras unos minutos de
silencio—, el tratar
de imaginarte enamorado.
—Nos pasa a todos antes o después. ¿No es eso lo que dijo
Connal?
Evan sonrió.
—Supongo que sí —asintió—. En cualquier caso, esa chica
es una preciosidad.
Debo decir que tienes buen gusto. Te ha llevado tiempo
encontrar a la mujer de tus
sueños, pero al final parece que has sabido escoger muy
bien.
—Miranda es mucho más que una cara bonita —le respondió
Tom—. Es distinta
de todas las mujeres que he conocido. Es especial.
Al día siguiente, Tom recibió la primera carta de
Miranda. No olía a perfume,
y el sobre era blanco, pero la caligrafía era femenina y
muy cuidada, y cada frase
destilaba la dulzura de la joven. Le decía que había ido
a cenar un par de veces con su
hermano y su cuñada, y que había empezado a ir a una
iglesia baptista los domingos en
su barrio, «por probar». Tom se sonrió al leer eso. Él le
había comentado que era
diácono en la parroquia baptísta de Jacobsville y que
cantaba en el coro, y se preguntó
si no estaría tratando de agradarlo. Le hablaba un poco
de su trabajo, de unas plantas
que había comprado para el jardín, y se despedía
diciéndole que lo echaba de menos, y
que esperaba que pudiera hacer un hueco para contestarle
«cuando pudiera».
Tom volvió a sonreírse y decidió que lo haría en ese
mismo momento. Estaba
acostumbrado a redactar sus cartas de negocios
directamente con el ordenador, así
que subió al estudio, se sentó frente al teclado, y
empezó a escribir. Se puso a
contarle que habían comprado nuevos toros sementales, le
habló de las esperanzas que
tenía puestas en el programa de cruce de razas que había
expuesto en el congreso de
ganaderos, de las reparaciones que iban a llevar a cabo
esa semana... y de pronto se dio
cuenta de que llevaba ya tres páginas. Se rio entre
dientes. Era curioso que siendo tan
parco en palabras cuando conversaba con alguien, se
enredase de ese modo por
escrito. Sin embargo, al releerla descubrió que le estaba
quedando totalmente
impersonal.
Frunció el entrecejo contrariado. En fin, tampoco era
cuestión de escribirle que
no podía dejar de pensar en ella y que deseaba no haber
abandonado Chicago. Eso
sería pasarse. No quería que pensara que era un
sentimental y un pusilánime. Se
encogió de hombros, imprimió la carta y la firmó antes de
cambiar de opinión. No era
un tipo de toques personales. Miranda tendría que
acostumbrarse a eso.
Miranda se sintió tan emocionada cuando abrió la carta de
Tom un par de días
después, que al principio no advirtió lo fría e
impersonal que era. Solo tras leer unos
cuantos párrafos empezó a preguntarse si aquel era el
mismo Tom Kaulitz que
había conocido. Aquella carta no parecía en absoluto
dirigida a ella, sino a una extraña.
Empezó a cuestionarse si realmente estaría interesado en
ella, o si estaría
tratando de enfriar su relación al amparo de la
distancia, de desilusionarla para que lo
olvidara. Tal vez lo único que había sentido por ella era
deseo. Además, aunque no
hubiera amado a su marido, solo hacía un mes que había
muerto, y le parecía una
traición a su recuerdo el haberle dado tantas licencias a
Tom. Y lo peor era que, a
pesar de sentirse culpable, no podía dejar de recordar el
placer que le había dado. Lo
echaba tanto de menos... El en cambio no parecía echarla
a faltar en absoluto a juzgar
por aquella carta que le había enviado. Un momento, ¿y si
Tom se había sentido
agobiado al recibir la suya?
Los hombres eran así, no les gustaba sentirse atrapados,
atados a una mujer. No
debía permitir que sus cartas le dejaran entrever hasta
qué punto ansiaba volver a
estar con él. Sí, tenía que mantener su correspondencia
en un tono lo más neutral
posible, para que no se sintiera perseguido. Aquella
noche, mientras veía la televisión,
tomó papel y pluma, y, dejando a un lado su tristeza,
comenzó a escribir.
Cuando Tom recibió la contestación de Miranda, su vista
fue bajando de una
línea a otra con el ceño fruncido. ¿Acaso se estaba
arrepintiendo de lo que había
surgido entre ellos?, se preguntó. ¿Quizá lo que habían
hecho pesaba ahora sobre su
conciencia y solo quería olvidarlo? Lo sabía, sabía que
se había precipitado.
Esa noche, en su apartamento de Houston, empezó a
preguntarse si todo aquello
iba a algún sitio. No, lo cierto era que no le parecía
que lo suyo con Miranda tuviese
futuro. Después de todo, ella era una chica de ciudad.
Nunca se adaptaría a la vida en
un rancho, y él ya le había echado hacía poco el ojo a
uno pequeño, cerca de
Jacobsville. De hecho, incluso había dado la entrada para
comprarlo. La casa no estaba
en muy buen estado, pero después de las reparaciones que
estaba planeando quedaría
como nueva, y eran buenas tierras donde probarse a sí
mismo, donde empezar de cero
con algo que fuera verdaderamente suyo, no una herencia
familiar del que ni siquiera
había sido su verdadero padre. Sin embargo, para alguien
como Miranda, que no
entendía su estilo de vida, todo aquello no tendría
ningún valor.
Se asomó a la ventana, observando las luces de la ciudad.
Por primera vez en su
vida se preguntó si tal vez su madre habría sentido por
su padre biológico lo mismo
que él sentía por Miranda. Quizá su corazón había
resultado apresado por una pasión
tan abrasadora que no había podido resistirse, igual que
el de él. Tal vez... tal vez
hubiera amado a su padre de tal modo que se hubiera
sentido incapaz de negarle nada,
y mucho menos un hijo.
Se apartó del ventanal airado. ¿Qué sentido tenía
obsesionarse con Miranda
cuando aquella carta que le había mandado mostraba a las
claras que no le importaba
tanto como él había creído? Era obvio que estaba
cerrándole puertas, que quería
alejarlo de ella.
Cuanto más lo pensaba, más enfadado se sentía, pero los
días fueron pasando, y
también las semanas, y cuando se dio cuenta hacía ya tres
meses que se había
marchado de Chicago. A pesar de que su conciencia le
decía que haría mejor en cortar
toda comunicación con ella, había seguido escribiendo a
Miranda en el mismo tono
impersonal y distante, recibiendo idénticas
contestaciones de ella.
Pero entonces ocurrió algo. Un cliente de Chicago había
solicitado una reunión
con uno de los hermanos Kaulitz para revisar las
condiciones de un contrato, y
habían estado discutiendo quién iría.
Connal se negó al instante, porque acababa de ser padre,
y quería estar con su
hijo y su mujer, Pepi. Donald, el menor, tampoco se
mostró dispuesto. Acababa de
regresar de un largo viaje, y lo que le apetecía era
poder pasar un poco de tiempo con
su esposa, Jo Ann. Así pues, el asunto quedó entre Evan y
Tom.
—Me parece que está muy claro cuál de nosotros debe ir
—le dijo Evan con una
sonrisa burlona a su hermano esa tarde en el rancho—.
¿Crees en el destino, Tom?
A su hermano sin embargo pareció incomodarle la idea de
tener que volver a
pisar Chicago.
—No puedo ir. Tengo muchas cosas que hacer aquí.
—¿Que no puedes ir? «Necesitas» ir —replicó Evan—. Cada
día que pasa estás
peor, ¿sabes? Tienes un aspecto horrible, y es como si te
estuvieras matando a
trabajar para no pensar en Miranda. ¿Por qué no vas y la
ves? Ya ha pasado bastante
tiempo. Quizá esté ya más entera. Ve a Chicago y
comprueba si la magia que surgió
entre vosotros sigue ahí.
—Lo dudo. En estos meses no me ha escrito más que cartas
totalmente formales.
Probablemente esté saliendo con alguien.
—¿Y si vas a averiguarlo en vez de especular?
Tom lo miró irritado. La posibilidad de volver a ver a
Miranda resultaba
irresistible. Se quedó observando a Evan.
—Bueno, supongo que podría hacerlo.
—Claro que sí. Yo me encargaré de todo en tu ausencia.
Una vez llegó a Chicago, Tom fue directamente a su hotel,
y decidió que lo
mejor sería no avisar a Miranda de que estaba en la
ciudad. Quería sorprenderla y ver
su reacción, porque eso le diría más que todas las cartas
que había recibido.
Y así, después del almuerzo con su cliente, regresó al
hotel, se cambió, y a las
siete menos diez se dirigió al edificio donde trabajaba
la joven, y se quedó junto a la
puerta a esperar. A las siete empezaron a salir los
empleados del bufete, pero no fue
hasta las siete y cuarto que Tom al fin vio aparecer a
Miranda. Estaba realmente
preciosa, aunque igual de delgada que cuando la viera por
última vez.
Ella estaba buscando algo en su bolso mientras bajaba las
escaleras de la
entrada, así que no alzó el rostro hasta que casi chocó
con él. Su expresión le dijo a
Tom todo lo que no se había atrevido a soñar, todo lo que
sus cartas parecían haber
ocultado. Primero lo miró sorprendida, después incrédula,
y al instante siguiente sus
grandes ojos grises se abrieron como platos al
encontrarse con los suyos.
—¡Tom! —murmuró llena de dicha.
Él no pudo evitar esbozar una sonrisa de satisfacción.
—Hola, Miranda.
—¿Cuándo has llegado? ¿Cuántos días vas a quedarte?
¿Tienes tiempo para tomar
un café conmi...?
No pudo terminar la pregunta, porque él le puso un dedo
sobre sus labios.
—Te contestaré a todo eso enseguida —le dijo—. Vamos,
tengo el coche
aparcado aquí cerca —y le ofreció su brazo.
—Si hubiera sabido que ibas a venir a buscarme a la
salida del trabajo habría
salido a la hora aunque mi jefe se hubiese molestado —le
dijo Miranda mientras
caminaban—, ¿Llevabas mucho rato esperándome?
—Solo unos minutos—contestó él.
—¿Y cuándo has llegado a la ciudad?
—Esta mañana —contestó él mirándola por el rabillo del
ojo—. ¿Cómo te
encuentras?
—Algo mejor. Es curioso como el tiempo acaba por
arrastrar incluso las penas.
Supongo que podría decir que ahora empiezo a ver las
cosas desde otra perspectiva.
Todavía me siento triste por haber perdido a mi bebé,
pero lo voy superando.
—Me alegra oír eso.
Tom se detuvo al llegar junto al coche que había
alquilado, y le abrió la puerta
del acompañante para que entrara.
—No estaba segura de si volvería a verte —le confesó la
joven tímidamente
cuando él se hubo sentado al volante—. Tus cartas eran
cada vez más breves.
—Las tuyas también —le espetó él en un tono con tintes de
acusación—, además
de frías.
Aquello pilló desprevenida a la joven.
—Pero... pero es que yo pensé que mi primera carta te
había incomodado...
—balbució—. No hice más que imitar el estilo de tu
contestación.
La expresión de Tom se suavizó al fin. Aquello lo
explicaba todo. No había
sido más que un malentendido.
—Lo siento. Parece que los dos interpretamos lo que no
era. Verás, la verdad es
que nunca había escrito a una mujer —admitió, poniendo el
vehículo en marcha.
—No importa —murmuró Miranda sonriendo. Se sentía feliz.
Tom no había
pretendido mostrarse distante para alejarla de él—, ¿Cuánto
tiempo vas a quedarte en
Chicago?
—Pues lo cierto es que venía por una reunión con un
cliente, y ya lo he visto esta
mañana.
El rostro de Miranda se ensombreció por la decepción,
pero giró la cabeza hacia
la ventanilla para que él no lo advirtiera.
—Entonces vuelves a Texas —murmuró—. En fin, me alegro
que pudieras pasar a
verme. Ha sido una sorpresa muy bonita.
Tom enarcó una ceja.
—Bueno, yo había pensado quedarme al menos hasta mañana.
El rostro de Miranda se volvió hacia él al instante, con
los ojos brillantes.
—¿De verdad? ¿Y por qué no vienes a mi casa? Podría
preparar una cena casera
—y al verlo dudar, añadió—: No quiero perder toda la
tarde en un restaurante.
—De acuerdo —aceptó él con una sonrisa—, con la condición
de que me dejes
ayudar.
La joven se rio.
—Pero si no es necesario.
—¿Qué? ¿No crees que un hombre sepa cocinar? Espera y
verás. Te lo
demostraré.
Sin embargo, cuando llegaron a la casa de Miranda, pronto
los dos se olvidaron
de la cocina. Miranda había sacado unas verduras de la
nevera, y estaba colocando la
tabla de cortar sobre la encimera y hablándole de su
hermano Sam, cuando de
repente, Tom se acercó por detrás y la tomó por la
cintura, haciéndola girarse muy
despacio.
La joven contuvo el aliento, y se quedaron mirándose a
los ojos largo rato, hasta
que la mirada de ambos descendió a los labios del otro.
—Bésame, Miranda —le susurró él—. Esta abstinencia ya ha
durado demasiado.
La joven se puso de puntillas, cerró los ojos, y apretó
sus labios suavemente
contra los de él. La mano de Tom se enredó en los oscuros
cabellos de Miranda, y le
abrió la boca, haciendo el beso más profundo.
—Dios, esto no es suficiente —farfulló él cuando
finalmente despegaron sus
labios para tomar aliento. La atrajo aún más hacia sí—.
Te he echado tanto de menos.
Miranda... —le dijo con voz ronca.
Volvió a besarla, esa vez de un modo más salvaje, más
apasionado, y ella solo
dudó un instante antes de echarle los brazos al cuello y
apretarse contra él, gimiendo
extasiada. Le encantaba sentir el calor de su cuerpo y su
fuerza. Lo escuchó respirar
trabajosamente mientras su boca devoraba la suya,
abriéndola de nuevo para tener
total acceso a la tersa humedad que había en su interior.
En cuanto la lengua de Tom se deslizó por entre sus
labios, a Miranda le
pareció que el estómago se le hubiera llenado de un fuego
líquido. Aquello era tan
íntimo como hacer el amor. Notaba todo su ser vibrar,
como si Tom hubiera tocado
una cuerda en su interior que ni siquiera sabía que
existía, y de pronto, un sonido
profundo y gutural, un sonido de puro placer escapó de su
garganta, y se estremeció.
Las piernas le temblaban, pero empujó las caderas hacia
las de él.
—Sí... —murmuró él con voz temblorosa—. Sí, cariño,
así... así...
Tom le puso las manos en las nalgas, frotándola contra
él, y Miranda se puso
rígida al notar que estaba bastante excitado.
—No pasa nada —susurró él—. Relájate, relájate. No voy a
hacerte ningún daño.
La voz de Tom resultaba tan tranquilizadora, que ella
dejó de resistirse al
momento, y se rindió a él con un suspiro tembloroso. Tom
comenzó a besarla de
nuevo, y Miranda subió las manos al pecho de él,
sintiendo los latidos de su corazón
bajo la camisa. Finalmente fue también él quien levantó
la cabeza, mirándola como si
estuviera tratando de controlar la pasión que se estaba
desatando en su interior.
—¿Te importaría que dejáramos la cena para más tarde? —le
dijo con voz ronca.
La joven tragó saliva.
—No, pero...
Tom la tomó en volandas y salió con ella en brazos de la
cocina.
—No estés nerviosa Miranda.
—Tom, tú... ¿Has traído algo para...?
—No te preocupes, no vamos a hacer el amor —le dijo
mientras la llevaba al sofá
del salón.
La tumbó en él y se colocó a horcajadas sobre ella,
apoyándose en las rodillas, y
comenzó a besarla otra vez, mientras sus manos le
acariciaban los hombros. Cuando se
—Desde que te fuiste me cuesta mucho conciliar el sueño
—le confesó a Tom
en un susurro—, porque cada vez que me acuesto no puedo
dejar de pensar en lo
maravilloso que fue aquel último día contigo.
—A mí me ha ocurrido igual —contestó él. Sus manos
bajaron hasta la cintura de
Miranda, y le sacó muy lentamente el jersey de punto rosa
que llevaba puesto,
deleitándose en cada centímetro de rosada y sedosa piel
que iba quedando al
descubierto. La joven aquel día había prescindido del
sostén, y pudo observar sus
erguidos senos en todo su esplendor. Sonrió al ver cómo
los pezones se endurecían
ante su intensa mirada.
Miranda le acarició el cabello azorada y se arqueó hacia
él, indicándole lo que
deseaba. Tom comprendió al instante, e inclinó la cabeza,
engullendo casi por
completo uno de los pechos de la joven en su boca.
Succionó ligeramente, y Miranda se
estremeció, clavándole las uñas en los hombros de su
chaqueta.
—Tom... llevas mucha ropa —murmuró.
Él sonrió y la besó antes de levantarse para quitársela.
—Es verdad, demasiada.
Vio cómo lo observaba mientras se quitaba la chaqueta, la
corbata y la camisa,
disfrutando de la adoración que brillaba en sus ojos
grises.
—Tom... ¿no podrías...? —murmuró ella tímidamente,
bajando los ojos a la
ancha hebilla plateada de su cinturón.
—No —respondió él adivinando la petición que ella no se
atrevía a formular.
Volvió a sentarse a horcajadas sobre ella, y se inclinó,
insinuando el vello rizado de su
tórax contra los senos de ella—. Si me quito algo más,
acabaremos haciendo el amor.
—¿Y no te gustaría? —inquirió Miranda sin aliento.
—Por supuesto que sí —respondió él—, pero es demasiado
pronto para eso
—buscó los ojos de la joven—. Quiero que vengas a casa
conmigo Miranda.
HOLA!! BUENO SPERO QUE LES GUSTE ... TOM QUIERE A LA MIRANDA :)) ... 3 O MAS Y AGREGO MAÑANA :))
Sigueeee
ResponderEliminarOmg *.*
ResponderEliminarSube pronto :)
Hay que lindo están enamorados me encanto virgi espero el próximo cap..
ResponderEliminarTom si que se controla!
ResponderEliminarSiguela Virgii..