martes, 31 de mayo de 2016

5 y 6

Capítulo 5
Tom se quedó en Chicago más de un par de días, y en ese tiempo trató de no
pensar en las razones por las que no debía estar con Miranda. Se le había metido muy
dentro, y era como una dulce fiebre que fuera incapaz de bajar. Cuanto más trataba
de resistirse, más lo atormentaba el deseo, así que finalmente se rindió a lo que le
decía el corazón.
El trabajo en el rancho se estaba amontonando porque no estaba allí para ayudar
a Evan, pero se sentía incapaz de pensar en otra cosa que no fuera estar con Miranda.
Ya fuera despierto o dormido, veía su hermoso rostro a todas horas.
Aunque estar a su lado lo hacía inmensamente feliz, detestaba el modo en que se
estaba obsesionando con ella. Era un soltero convencido, debería ser capaz de
resistirse a los encantos de una mujer. ¿Por qué no lo lograba con aquella? Tal vez
porque no era su belleza, sino su carácter dulce, que ofrecía amor sin esperar nada a
cambio, lo que lo tenía hechizado. Era como si estuviera tejiendo una delicada tela de
araña en la que él se había visto atrapado, y el tratar de escapar solo hiciera que se
enredara aún más en ella.
En esos días que él permaneció en la ciudad se hicieron inseparables. Salían a
cenar casi cada noche, él la llevaba a bailar... e incluso habían ido a la bolera la noche
anterior. Hacía siglos desde la última vez que había jugado una partida de bolos. Cada
vez que derribaba unos cuantos, Miranda saltaba y aplaudía con tanto entusiasmo como
si lo hubiera hecho ella.
Tom observaba fascinado cómo iba saliendo del oscuro agujero en el que la
culpabilidad la había recluido, aunque de cuando en cuando atisbaba todavía un destello
de angustia en sus ojos grises.
A pesar de que a medida que pasaban los días tenían más confianza el uno el otro,
Tom tenía todo el tiempo mucho cuidado de evitar el contacto físico más allá del
gesto inocente de tomarla de la mano. Había una química demasiado fuerte entre ellos,
como había descubierto aquella mañana en el hotel. Pero charlaban, charlaban
muchísimo, y poco a poco incluso él se fue abriendo a Miranda, compartiendo con ella
cosas que no había compartido con nadie más. Era para ellos un periodo de tanteo, de
descubrimiento, pero era un tiempo robado al tiempo, y los dos sabían que antes o
después tocaría a su fin.
—Estás muy serio, Tom —le dijo ella aquella noche, mientras él la acompañaba
hasta la puerta de su casa. Habían salido a cenar, y él había estado inusualmente
callado.
—Tengo que volver —le dijo con tristeza—. No puedo quedarme más.
Miranda le dio la espalda un momento con la excusa de abrir la puerta para que él
no pudiera ver la decepción en su rostro. Él, sin embargo, lo interpretó como que se
sentía dolida, como si la abandonara.
—Tengo un rancho que atender. Miranda, entiéndelo —le dijo con algo de
aspereza—. No puedo pasarme el resto de mi vida vagando por Chicago mientras tú
estás en el trabajo.
Ella se giró y alzó hacia él la mirada con infinita tristeza.
—Lo sé —murmuró.
Tom se sintió mal por haber sido tan brusco. Se metió las manos en los
bolsillos, incómodo.
—Podríamos escribimos —propuso—. No será lo mismo que estar juntos, pero yo
al menos lo prefiero al teléfono. Nunca se me ha dado bien hablar por teléfono.
—A mí me pasa igual —contestó ella con una sonrisa. El corazón le latía
apresuradamente. Si Tom quería mantenerse en contacto con ella tenía que
significar que le importaba algo. Aquello la animó bastante—. Sí, Tom, me gustaría
mucho que nos escribiésemos.
Él sonrió.
—Pero no esperes una carta diaria —le advirtió—. La verdad es que escribir
cartas tampoco se me da demasiado bien. Supongo que soy nulo en todo lo que tiene
que ver con la comunicación. Siempre he sido un lobo estepario.
La siguió dentro, y esperó mientras ella buscaba una libreta y un bolígrafo.
Intercambiaron sus direcciones, y se produjo de nuevo entre ellos ese incómodo
silencio que conllevan las despedidas.
—Gracias por todo, Tom, has hecho que vuelva a sentirme bien por estar viva.
Ojalá yo pudiera hacer algo parecido por ti.
Tom se mordió el labio inferior, sintiéndose como un aprovechado por lo que
estaba pensando, pero no pudo evitar que sus ojos se deslizaran a lo largo del vestido
negro de tirantes que ella llevaba puesto, las medias de nylon que recubrían sus largas
piernas, y los delicados zapatos con el talón descubierto.
—Podrías, si quisieras —murmuró.
Miranda tragó saliva. Tom la deseaba y estaba a punto de pedirle algo que ella
no sabía si podía darle.
—Tom, yo... yo... las relaciones íntimas me desagradan —le dijo nerviosa.
Él enarcó las cejas.
—No iba a pedirte que te acostaras conmigo —respondió con cierta aspereza—.
El que sea ranchero no significa que sea tan poco sutil.
—Oh —musitó ella avergonzada.
—Pero ya que lo has dicho... —prosiguió Tom cerrando la puerta tras de sí—,
¿Porque te desagradan?
—Pues porque es algo...
—¿Doloroso? —inquirió él al ver que no sabía cómo explicarlo.
La joven dejó su bolso sobre una mesita y dibujó arabescos invisibles en el cuero,
incapaz de mirar a Tom a la cara. Recuerdos que le dolía revivir estaban acudiendo
en tropel a su mente..
—No, solo me dolió la primera vez —balbució—. Supongo que lo que quiero decir
es que el sexo no me resultaba satisfactorio. Sí, era bastante embarazoso para mí y
no me satisfacía. Nunca me gustó.
Tom se colocó detrás de ella, la tomó por la cintura, y la hizo girarse hacia él.
—¿Te excitaba tu esposo como es debido antes de poseerte?—le preguntó.
Miranda se sonrojó profusamente. No creía que pudiera estar hablando de
aquello con un hombre al que había conocido solo unos días atrás.
—No debería darte vergüenza hablar de estas cosas Miranda. Somos dos
adultos.
—La verdad es que nunca he hablado de ello con nadie—balbució.
—Bueno, como se suele decir, siempre hay una primera vez para todo —replicó
él—. Aquella mañana en el hotel, cuando te besé, no me pareció que te incomodara en
absoluto, ¿me equivoco?
—No —murmuró ella, con el rostro encendido.
—Y con tu marido... ¿era distinto?
Miranda asintió con la cabeza.
—Yo creo que lo de la química entre las personas no es un cliché —le dijo Tom
observándola—. A veces se da entre un hombre y una mujer, sin un motivo aparente, y
es como si saltara una chispa, o como si se creara un campo magnético que los atrae.
No es algo que ocurra con demasiada frecuencia, y yo desde luego no había sentido
jamás una química tan fuerte como la que siento contigo. ¿Había química entre tu
marido y tú?
Ella meneó la cabeza muy despacio.
—No, nunca la hubo.
Tom la tomó por la barbilla para que lo mirara a los ojos.
—En el sexo, para que resulte realmente placentero, tiene que existir un mínimo
de esa química, además de otros ingredientes no menos importantes: respeto mutuo,
confianza... amor. Es una combinación difícil de conseguir, y la mayoría de la gente
jamás la ha conocido, así que muchas veces se conforman con lo que se les presenta.
—Como me ocurrió a mí, quieres decir—murmuró ella, apartando la vista.
Tom suspiró, y alzó una mano para trazar el contorno de los labios de la joven
como había hecho días atrás, logrando al instante que se entreabrieran.
—¿Puedes sentirlo? —le preguntó a Miranda suavemente—. ¿Notas que tu cuerpo
se tensa cuando te toco, y el modo en que tu respiración se toma ligeramente
entrecortada y el corazón empieza a latirte como un loco?
—Sí —murmuró ella maravillada—. Tú... ¿sientes lo mismo, Tom? —inquirió
tragando saliva.
—Sí, yo también lo siento —murmuró él—. Noto como si todo mi cuerpo se
hubiese sensibilizado, hasta las plantas de los pies —se inclinó hacia ella y la rodeó con
los brazos, mirándola a los ojos—. Deja que te haga el amor Miranda. Pon los límites
que tú quieras.
La tentación hizo que los latidos del corazón de Miranda se volvieran aún más
rápidos y fuertes. Bajó la mirada a los labios de Tom, ansiando desesperadamente
volver a sentirlos contra los suyos.
—No me... no me dejes embarazada —dijo en susurro—. ¿Tienes algún
preservativo?
Tom se estremeció, conmovido de que aquel fuera el único límite que
pretendiera imponerle, de que estuviera dispuesta a dejar que la hiciera suya por
completo.
—La verdad es que no llevo ninguno encima — respondió—, así que no podremos
llegar hasta el final, pero creo que eso te hará sentir más tranquila, ¿no es verdad?
La joven asintió con la cabeza.
Tom la tomó de ambas manos y estaba conduciéndola hasta el dormitorio
cuando se dio cuenta de la mirada de aprehensión en los ojos de ella. Comprendió al
instante.
—Él te hacía el amor en vuestra habitación, ¿no es eso? —inquirió. Ella volvió a
asentir incómoda—. ¿Y siempre era en la cama? —la joven asintió otra vez, sin mirarlo
a los ojos—. ¿Y en el sofá?
Miranda alzó la vista.
—No, nunca lo hicimos en el sofá —murmuró.
Así que Tom se giró sobre los talones, la alzó en sus brazos y la depositó
sobre el largo y mullido sofá, desnudándola con la mirada.
Ella se sentía incómoda ante aquel escrutinio. Probablemente, Tom estaría
acostumbrado a las mujeres voluptuosas y de medidas perfectas, mientras que ella
había acabado teniendo un montón de inhibiciones con respecto a su cuerpo tras su
matrimonio con Tim.
Tom advirtió la duda en sus ojos, y se preguntó a qué se debería. Se desanudó
la corbata y la arrojó sobre una silla junto con su chaqueta. Alzó la vista hacia Miranda
mientras se desabrochaba lentamente la camisa blanca, y la abrió, dejando al
descubierto un ancho y musculoso tórax cubierto de rizado vello. Los ojos de ella no se
despegaron un momento de él, y Tom se sintió más hombre que nunca.
Finalmente se sentó junto a ella, y deslizó una mano por detrás de su espalda
para alcanzar la cremallera de su vestido. Sin embargo, de repente Miranda lo agarró
por los brazos, deteniéndolo al darse cuenta de lo que iba a hacer. Sus inseguridades
se vieron reflejadas en su rostro.
Tom frunció el entrecejo contrariado. Entonces recordó aquella noche que
ella le había dicho que no podía llevar un escote muy bajo porque «se notaba». Todavía
no había sido capaz de averiguar a qué se refería. ¿Sería esa obsesión de que sus
senos eran muy pequeños?
—Miranda, el tamaño solo le importa a los adolescentes —le dijo en un tono
suave.
—Es que Tim siempre decía que... —balbució ella.
—Yo no soy Tim —la interrumpió Tom, cubriendo con sus labios los de ella.
La joven respondió de inmediato al beso, suspirando extasiada. Tom tomó
entre sus dientes el labio superior de Miranda y acarició la carnosa parte interior con
la lengua, como saboreándola. Y, entretanto, bajó la cremallera del vestido y deslizó
los tirantes por sus hombros, dejando caer la prenda hasta la cintura.
—Tom, no... —protestó ella.
—¿Por qué no? —inquirió él en un susurro, besándola sensualmente.
Su mano derecha ascendió hacia uno de los senos de Miranda y se cerró sobre él.
Al apretarlo le pareció notar algo mullido bajo el encaje del sostén, y se apartó
extrañado para mirarla. La joven estaba muy azorada.
—¿Es un... sostén con relleno?
Miranda asintió en silencio, apartando el rostro.
—Tim siempre me decía que mis senos eran muy pequeños, así que me tiró todo
los sujetadores que tenía y me hizo comprar otros con relleno. Decía que no lo
excitaba.
A Tom le hervía la sangre. Aquel asqueroso machista la había acomplejado, la
había hecho sentir inadecuada, poco femenina. Aquel sostén era la imagen visible del
yugo que su marido le había hecho llevar.
—Tú no necesitas esto para ser hermosa —le dijo tomando entre sus dedos uno
de los tirantes del sujetador—, porque ya lo eres. Dios, Miranda, él no tenía derecho a
hacerte lo que te hizo. Quema todos esos sostenes y cómprate otros normales. Si un
hombre te ama de verdad, el tamaño de tus senos no va a importarle. Y a mí no me
importa en absoluto.
Miranda se sonrojó aún más, pero permitió que le soltara el enganche del sostén,
que se lo quitara, y se quedó sorprendida al ver cómo Tom admiraba extasiado sus
senos firmes y perfectamente formados.
Contuvo la respiración, con el corazón golpeándole furiosamente las costillas, y
notó que sus pezones se endurecían ante aquel silencioso escrutinio.
Aquella vez, cuando las manos de Tom descendieron de nuevo sobre ella,
Miranda no protestó, sino que cerró los ojos, abandonándose al placer que le producían
sus delicadas caricias, y tampoco dijo nada cuando advirtió que él estaba acabando de
sacarle el vestido, las medias... hasta dejarla completamente desnuda.
De pronto las manos de Tom se detuvieron, y todo quedó en silencio. Miranda
abrió los ojos y lo encontró observándola. Hizo ademán de taparse, pero él apartó
suavemente sus manos.
—No tienes por qué sentir vergüenza.
—Pero es que yo nunca... Tim nunca...
—Déjame adivinar —dijo Tom frunciendo los labios—: siempre lo hacíais con la
luz apagada.
Ella asintió.
—A Tim no le gustaba verme desnuda —balbució—. No le gustaba mirarme.
Tom exhaló un suspiro, pasando la mirada por los femeninos senos, su cintura,
la curva de sus caderas, el vientre, las largas piernas...
—Miranda, ese hombre verdaderamente debía tener algún problema para que no
le gustara mirarte — le dijo—. Juro por lo más sagrado que a mí me has dejado sin
aliento.
Ella bajó la vista turbada por sus palabras pero también halagada, y sus ojos
fueron a fijarse sin querer en cierto punto del cuerpo de Tom, un poco más abajo
del cinturón, que confirmaba sin lugar a dudas que no le estaba diciendo aquello por
decir. Gimió suavemente y apartó la vista.
—Siempre he tratado de ocultar esa reacción cuando he estado con una mujer
—le confesó Tom—, pero contigo no he querido hacerlo. Necesito que sepas lo
mucho que te deseo, Miranda, y que no me avergüenzo de mis sentimientos, aunque
esto no haya surgido en el mejor momento para ninguno de los dos. Mírame, no tengas
miedo. Supongo que tampoco habrías visto antes a un hombre en esta situación
—adivinó, sonriendo divertido.
—¿No te molesta? —inquirió ella sin poder reprimir la curiosidad.
—¿El qué?, ¿qué me veas así o la reacción física en sí?
—Las dos cosas —respondió ella riéndose suavemente.
Tom le acarició los labios con el índice.
—No, estoy disfrutando cada instante.
—Yo también —admitió ella en un susurro, como si fuera un secreto por el que
tuviera que sentirse culpable.
—¿Quieres que sigamos? —inquirió él, tomándola de la barbilla para que lo mirara
a los ojos—. Si me dejas, quiero que sea porque lo deseas, no porque te sientas
obligada.
Miranda lo miró vacilante. Quería saber lo que era sentirse acariciada por un
hombre que sí la deseaba, pero aun así estaba algo nerviosa, porque todo aquello era
nuevo para ella.
—¿Me gustará? —inquirió con timidez.
—Oh, yo diría que sí —murmuró él con una sonrisa picara.
Se inclinó hacia ella, y pasó los labios muy suavemente por uno de sus senos,
rozando el pezón con los dientes. Miranda contuvo el aliento y se estremeció.
—No me avisaste que ibas a hacer eso —casi exclamó, con los ojos abiertos como
platos.
Tom se miró en sus ojos plateados
—¿No quieres que lo haga?, ¿no te ha gustado?
Miranda bajó la vista azorada. Tim nunca le había preguntado qué quería.
Siempre había tomado lo que deseaba, sin importarle que a ella la incomodara o le
hiciera daño.
—No, sí que me ha gustado —murmuró.
—En ese caso...
Las manos de Tom levantaron el tronco de la joven, haciéndolo arquearse para
inclinarse de nuevo sobre ella y devorar sus suaves pechos.
Miranda no podía dar crédito a lo que le estaba ocurriendo a su cuerpo. Era como
si se estuviese transformando en lava. Y entonces se dio cuenta de que nunca antes
había experimentado lo que era el verdadero placer. Se abandonó a las exquisitas
sensaciones que le provocaba la ardiente boca de Tom mientras la exploraba con
deleite.
Pronto, sin saber cómo, se encontró con que sus manos se habían enredado en el
oscuro cabello de Tom. Él la besó, de un modo salvaje a la vez que tierno.
—No te asustes —le susurró Tom.
Entonces, Miranda sintió que la tocaba en el lugar más íntimo de su cuerpo. Gimió
y se arqueó, y después se puso rígida.
Los ojos cafeces de Tom escrutaron su rostro, pero no se detuvo, ni siquiera
cuando ella comenzó a revolverse inquieta debajo de él.
—Solo un poco más, cariño —le susurró—, solo un poco más, no te va a doler,
déjate ir.
Y Miranda hizo lo que le decía. Para ella fue como caer por un acantilado. Su
cuerpo estaba respondiendo a Tom de un modo automático, como si ella hubiera
perdido todo el control sobre él. Estaba disfrutando de un modo que jamás habría
creído posible. Tom la observó sonriente cuando empezó a gemir y sollozar al ritmo
que él marcaba. De pronto la espiral de placer atrapó a la joven, haciendo que su
cuerpo se arqueara, y arrancando un gemido largo y profundo de su garganta.
Finalmente, se desplomó sobre el sofá, convulsionándose ligeramente, y Tom se
sintió como si acabara de experimentar él mismo aquel éxtasis.
La acunó con ternura entre sus brazos, y los pechos de Miranda rozaron el vello
de su tórax, provocándole a la joven una sensación cosquilleante y deliciosa. Se apretó
más contra él, hundiendo sus erectos pezones en la densa mata, y se frotó
sensualmente, pero Tom se puso rígido.
—Miranda, no... —le susurró.
A la joven la sorprendió el tono de su voz. Parecía sentirse amenazado, y aquella
vulnerabilidad le pareció tan adorable, que, desoyendo su ruego, se frotó otra vez
contra su pecho hasta que lo notó estremecerse.
Tom la tomó por los brazos y la hizo incorporarse. A continuación, la sentó a
horcajadas encima de él, y colocó las manos en sus caderas, atrayéndola hacia sí.
—¿Puedes notarlo?
Ella cerró los ojos y abrió la boca sorprendida al advertir lo excitado que estaba.
Tom la atrajo aún más hacia sí, de modo que sus torsos desnudos quedaron pegados
el uno al otro, y la acunó con creciente deseo.
—Tom... —suspiró Miranda.
Tom apretó la mandíbula. Estaba perdiendo el control sobre sí mismo, pero
jamás había ansiado tanto perderlo.
Miranda subió las manos a su pecho y empezó a acariciarlo, pero él tomó una y la
dirigió lentamente a la parte de su anatomía que lo definía como hombre. Ella al
principio vaciló, pero finalmente comenzó a tocarlo, a apretar sus dedos contra su
masculinidad, y Tom gimió extasiado.
Los latidos del corazón de Miranda se habían disparado. Jamás había tocado a un
hombre tan íntimamente, ni siquiera a su marido, y el sentir a Tom de aquel modo
hacía que todo su ser palpitase. Sin embargo, cuando estuvo a punto de bajarle la
cremallera, su mano se detuvo, y hundió el rostro encendido en el cuello de Tom.
—Tienes razón —murmuró él, esforzándose por recobrar el aliento, y volviendo a
llevar la mano de Miranda a su pecho—. Estamos dejando que esto vaya demasiado
lejos.
Con delicadeza hizo que se bajara de encima de él, temblando aún los dos por el
deseo contenido, y le dijo con voz ronca:
—Ponte la ropa, cariño.
Miranda se quedó mirándolo con el vestido en las manos.
—Pero no es eso lo que tú quieres, lo sé —murmuró.
Tom cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás en el sofá.
—Dios, no, claro que no es lo que quiero —farfulló—, lo que quiero es hundirme
dentro de ti.
Ella se estremeció por el deseo que la sacudió ante esas palabras, y lo miró con
los labios entreabiertos.
—Yo... yo te dejaría que lo hicieras, Tom — murmuró con ardor.
Él levanto la cabeza y la miró, pero, a pesar de leer en sus ojos la misma
necesidad que sentía él, la vio tan vulnerable, que se forzó a resistir la tentación.
—Miranda, no debes tomar esa clase de decisiones aún, es demasiado pronto.
Demasiado pronto, demasiado pronto... Aquellas palabras devolvieron la cordura a
Miranda.
—Esto es algo serio —le dijo Tom—, y tú tienes una tragedia que superar
antes de dar ese paso. No quiero empañar tu dolor con deseo. Tienes que poder ver
con claridad para saber qué es lo que quieres.
Miranda asintió en silencio.
—Tom —le dijo al cabo de un rato, cuando él estaba terminando de ponerse la
chaqueta—. Yo nunca había sentido nada parecido con Tim —le confesó—. ¿Es igual
cuando se va hasta el final? —inquirió curiosa, mirándolo a los ojos.
Tom sonrió, se puso de pie y le acarició el cabello con ternura.
—Es aún más intenso —respondió—. Verte alcanzar la cima del éxtasis casi me
llevó a mí allí también.
Ella extendió las manos y le acarició las mejillas mientras escrutaba su rostro,
como si quisiera memorizar sus rasgos.
—Pero tú... yo no te he dado placer a ti —balbució.
—No lo creas —replicó él sonriendo con complicidad. Tomó las manos de Miranda
y las apartó suavemente de su rostro—. Tengo que irme. Miranda.
—Voy a echarte muchísimo de menos, Tom.
Él esbozó una sonrisa y la tomó por la barbilla para que lo mirara a los ojos.
—Esto no es un adiós, es solo un hasta luego.
Ella asintió y Tom se inclinó para besarla. Se quedó observándola largo rato,
para finalmente caminar de espaldas hasta la puerta y marcharse en silencio.


Capítulo 6
De nuevo en el rancho, Tom estaba echando tanto de menos a Miranda que se
sentía aún más irritable que de costumbre. Esa tarde, Evan y él se disponían a salir de
casa para ir a comprar algunas provisiones a Jacobsville cuando vieron detenerse el
coche de Connal.
—¡Oh, Dios, no, aquí vuelve! —gimió Evan al verlo.
—Esa no es forma de hablar de tu hermano—lo reprendió Tom.
—Tú espera y verás —lo cortó Evan.
—¡No puedo soportarlo! —exclamó Connal nada más salir del coche, sin saludarlos
siquiera—. Esta mañana la llevo al hospital, hago todas las llamadas necesarias, ¡y nos
dicen que había sido una falsa alarma, que ni siquiera había roto aguas!
Evan y Tom intercambiaron una mirada hastiada.
—Vosotros no lo entendéis —masculló Connal. Tom observó que tenía cara de
cansancio—. La he dejado durmiendo, y me he venido a buscar a mamá para llevármela.
Lo que Pepi necesita es una mujer que entienda de estas cosas, no a mí que me pongo
hecho un flan cada vez que empieza con las contracciones.
—Está en el estudio, leyendo un libro que se ha comprado de arreglos de
fontanería —le dijo Tom, señalando la casa con un gesto de la cabeza.
—Cielos —farfulló Connal contrayendo el rostro—. Tranquilos, la sacaré de aquí
antes de que rompa otra tubería.
—Sí, por favor, la última vez inundó toda la cocina y el vestíbulo —recordó
Evan—. Pero, oye, Connal, a Pepi ya no le faltará mucho para dar a luz, ¿verdad?
—Supuestamente ya ha salido de cuentas. ¿Por qué lo preguntas? —inquirió su
hermano extrañado.
—Porque yo también necesito a mamá aquí. Siempre se pone de mi parte cuando
tengo una discusión con él —dijo señalando a Tom con una sonrisa burlona.
—Lo raro sería que se pusiera de mi parte cuando sabe que la odio —dijo Tom,
encendiendo un cigarrillo.
—Tom, deberías pensarlo dos veces antes de decir esas cosas, porque un día
puede que acabes arrepintiéndote —murmuró Connal.
Connal por lo general no solía decir nada sobre ese tema porque siempre había
pensado que era algo que su madre y su hermanastro debían solucionar sin
intromisiones, pero la actitud de Tom estaba empezando a parecerle excesiva. De
hecho, no solo había ido a buscar a su madre para que estuviera con Pepi en esos días
decisivos del embarazo, sino también porque la había notado bastante deprimida desde
que Tom regresara de su inexplicada larga estancia en Chicago.
—Dile a Pepi que le mandamos saludos y que esperamos que el parto sea pronto y
que salga bien —le dijo Tom, ignorando el reproche.
Connal se quedó mirándolo muy serio, pero finalmente se despidió de ellos y
entró en la casa. Tom y Evan bajaron las escaleras del porche y se dirigieron a la
camioneta, pero antes de que su hermano mayor pudiera adelantársele, Tom rodeó
el vehículo y se sentó frente al volante.
—¡Eh! —se quejó Evan, aún fuera, con los brazos enjarras—. ¡Quería conducir yo!
—Ni hablar —dijo Tom tajante mientras ponía el coche en marcha y salían a la
carretera—, pisas demasiado el acelerador.
—¿Y qué? Me gusta la velocidad —repuso Evan.
—Eso ya lo sabía, pero últimamente conduces como si estuvieras en un circuito
de carreras —le dijo Tom sin mirarlo—. Vamos, entra de una vez.
Evan abrió la puerta del acompañante y se dejó caer de mala gana en el asiento.
—La verdad es que no pareces el mismo desde que rompiste con aquella última
chica con la que estuviste saliendo —le dijo Tom mientras se abrochaba el cinturón
de seguridad.
Evan pareció entristecerse de repente, como si su alma se hubiese nublado, y
volvió el rostro hacia la ventanilla.
—Perdona —le dijo Tom sorprendido por su reacción—, no tenemos por qué
hablar de ello si no quieres. Pero tampoco tienes que angustiarte por ello. Estoy
seguro de que tiene que haber una mujer para ti en alguna parte.
Evan dejó escapar un suspiro.
—Tengo treinta y cuatro años —murmuró—. Dudo que vaya a encontrarla a estas
alturas —dijo girando la cabeza hacia Tom—. Hubo una época en la que estuviste
considerando la posibilidad de hacerte sacerdote. Pues bien, tal vez yo debería ir
pensándolo también.
Tom se rio suavemente.
—¡Qué tontería! ¡Mira que puedes ponerte melodramático!
—Es una lástima que no me guste el tabaco —farfulló Evan, observando el
cigarrillo en los labios de Tom—. A lo mejor fumar me mantendría tan calmado
como a ti.
—¿Qué te hace creer que estoy calmado? —replicó Tom con la vista fija en la
carretera—. Yo también tengo mis problemas.
—¿Como Miranda por ejemplo? —inquirió Evan en un tono cauteloso.
Tom se puso tenso al instante. Esa noche había vuelto a soñar con ella, con el
delicioso sabor de sus labios, con el tacto de seda de su piel. La echaba muchísimo de
menos, pero se había prometido que sería paciente, que esperaría hasta que ella
hubiera superado su dolor. Echó una mirada de reojo a Evan, el único de sus hermanos
con el que podía hablar de verdad.
—Sí —admitió finalmente, dejando escapar un suspiro.
—¿Y por qué no te quedaste más tiempo en Chicago? Aunque el trabajo se
estuviese acumulando un poco aquí en el rancho, no...
—No volví por eso, Evan —lo cortó Tom—. Yo estaba seguro de que tú te las
estarías apañando bien sin mí. Lo hice por ella. Todavía es demasiado vulnerable, y yo
no podía saber si de verdad sentía algo por mí, o si inconscientemente me utilizaba
para no acordarse de sus penas.
—¿Y tú?, ¿la quieres?
Tom dio una calada al cigarrillo antes de girar la cabeza hacia Evan para
contestarle.
—La quiero tanto que, ahora, estando lejos de ella, es como si me faltara el aire.
—¿Y qué vas a hacer?
Tom se encogió de hombros.
—No lo sé. Al principio hemos quedado en escribimos, y tal vez yo vaya de vez en
cuando a verla a Chicago. No voy a presionarla, voy a darle tiempo. No quiero tener que
compartir su corazón con sus fantasmas.
—Se me hace raro, ¿sabes? —dijo Evan tras unos minutos de silencio—, el tratar
de imaginarte enamorado.
—Nos pasa a todos antes o después. ¿No es eso lo que dijo Connal?
Evan sonrió.
—Supongo que sí —asintió—. En cualquier caso, esa chica es una preciosidad.
Debo decir que tienes buen gusto. Te ha llevado tiempo encontrar a la mujer de tus
sueños, pero al final parece que has sabido escoger muy bien.
—Miranda es mucho más que una cara bonita —le respondió Tom—. Es distinta
de todas las mujeres que he conocido. Es especial.
Al día siguiente, Tom recibió la primera carta de Miranda. No olía a perfume,
y el sobre era blanco, pero la caligrafía era femenina y muy cuidada, y cada frase
destilaba la dulzura de la joven. Le decía que había ido a cenar un par de veces con su
hermano y su cuñada, y que había empezado a ir a una iglesia baptista los domingos en
su barrio, «por probar». Tom se sonrió al leer eso. Él le había comentado que era
diácono en la parroquia baptísta de Jacobsville y que cantaba en el coro, y se preguntó
si no estaría tratando de agradarlo. Le hablaba un poco de su trabajo, de unas plantas
que había comprado para el jardín, y se despedía diciéndole que lo echaba de menos, y
que esperaba que pudiera hacer un hueco para contestarle «cuando pudiera».
Tom volvió a sonreírse y decidió que lo haría en ese mismo momento. Estaba
acostumbrado a redactar sus cartas de negocios directamente con el ordenador, así
que subió al estudio, se sentó frente al teclado, y empezó a escribir. Se puso a
contarle que habían comprado nuevos toros sementales, le habló de las esperanzas que
tenía puestas en el programa de cruce de razas que había expuesto en el congreso de
ganaderos, de las reparaciones que iban a llevar a cabo esa semana... y de pronto se dio
cuenta de que llevaba ya tres páginas. Se rio entre dientes. Era curioso que siendo tan
parco en palabras cuando conversaba con alguien, se enredase de ese modo por
escrito. Sin embargo, al releerla descubrió que le estaba quedando totalmente
impersonal.
Frunció el entrecejo contrariado. En fin, tampoco era cuestión de escribirle que
no podía dejar de pensar en ella y que deseaba no haber abandonado Chicago. Eso
sería pasarse. No quería que pensara que era un sentimental y un pusilánime. Se
encogió de hombros, imprimió la carta y la firmó antes de cambiar de opinión. No era
un tipo de toques personales. Miranda tendría que acostumbrarse a eso.
Miranda se sintió tan emocionada cuando abrió la carta de Tom un par de días
después, que al principio no advirtió lo fría e impersonal que era. Solo tras leer unos
cuantos párrafos empezó a preguntarse si aquel era el mismo Tom Kaulitz que
había conocido. Aquella carta no parecía en absoluto dirigida a ella, sino a una extraña.
Empezó a cuestionarse si realmente estaría interesado en ella, o si estaría
tratando de enfriar su relación al amparo de la distancia, de desilusionarla para que lo
olvidara. Tal vez lo único que había sentido por ella era deseo. Además, aunque no
hubiera amado a su marido, solo hacía un mes que había muerto, y le parecía una
traición a su recuerdo el haberle dado tantas licencias a Tom. Y lo peor era que, a
pesar de sentirse culpable, no podía dejar de recordar el placer que le había dado. Lo
echaba tanto de menos... El en cambio no parecía echarla a faltar en absoluto a juzgar
por aquella carta que le había enviado. Un momento, ¿y si Tom se había sentido
agobiado al recibir la suya?
Los hombres eran así, no les gustaba sentirse atrapados, atados a una mujer. No
debía permitir que sus cartas le dejaran entrever hasta qué punto ansiaba volver a
estar con él. Sí, tenía que mantener su correspondencia en un tono lo más neutral
posible, para que no se sintiera perseguido. Aquella noche, mientras veía la televisión,
tomó papel y pluma, y, dejando a un lado su tristeza, comenzó a escribir.
Cuando Tom recibió la contestación de Miranda, su vista fue bajando de una
línea a otra con el ceño fruncido. ¿Acaso se estaba arrepintiendo de lo que había
surgido entre ellos?, se preguntó. ¿Quizá lo que habían hecho pesaba ahora sobre su
conciencia y solo quería olvidarlo? Lo sabía, sabía que se había precipitado.
Esa noche, en su apartamento de Houston, empezó a preguntarse si todo aquello
iba a algún sitio. No, lo cierto era que no le parecía que lo suyo con Miranda tuviese
futuro. Después de todo, ella era una chica de ciudad. Nunca se adaptaría a la vida en
un rancho, y él ya le había echado hacía poco el ojo a uno pequeño, cerca de
Jacobsville. De hecho, incluso había dado la entrada para comprarlo. La casa no estaba
en muy buen estado, pero después de las reparaciones que estaba planeando quedaría
como nueva, y eran buenas tierras donde probarse a sí mismo, donde empezar de cero
con algo que fuera verdaderamente suyo, no una herencia familiar del que ni siquiera
había sido su verdadero padre. Sin embargo, para alguien como Miranda, que no
entendía su estilo de vida, todo aquello no tendría ningún valor.
Se asomó a la ventana, observando las luces de la ciudad. Por primera vez en su
vida se preguntó si tal vez su madre habría sentido por su padre biológico lo mismo
que él sentía por Miranda. Quizá su corazón había resultado apresado por una pasión
tan abrasadora que no había podido resistirse, igual que el de él. Tal vez... tal vez
hubiera amado a su padre de tal modo que se hubiera sentido incapaz de negarle nada,
y mucho menos un hijo.
Se apartó del ventanal airado. ¿Qué sentido tenía obsesionarse con Miranda
cuando aquella carta que le había mandado mostraba a las claras que no le importaba
tanto como él había creído? Era obvio que estaba cerrándole puertas, que quería
alejarlo de ella.
Cuanto más lo pensaba, más enfadado se sentía, pero los días fueron pasando, y
también las semanas, y cuando se dio cuenta hacía ya tres meses que se había
marchado de Chicago. A pesar de que su conciencia le decía que haría mejor en cortar
toda comunicación con ella, había seguido escribiendo a Miranda en el mismo tono
impersonal y distante, recibiendo idénticas contestaciones de ella.
Pero entonces ocurrió algo. Un cliente de Chicago había solicitado una reunión
con uno de los hermanos Kaulitz para revisar las condiciones de un contrato, y
habían estado discutiendo quién iría.
Connal se negó al instante, porque acababa de ser padre, y quería estar con su
hijo y su mujer, Pepi. Donald, el menor, tampoco se mostró dispuesto. Acababa de
regresar de un largo viaje, y lo que le apetecía era poder pasar un poco de tiempo con
su esposa, Jo Ann. Así pues, el asunto quedó entre Evan y Tom.
—Me parece que está muy claro cuál de nosotros debe ir —le dijo Evan con una
sonrisa burlona a su hermano esa tarde en el rancho—. ¿Crees en el destino, Tom?
A su hermano sin embargo pareció incomodarle la idea de tener que volver a
pisar Chicago.
—No puedo ir. Tengo muchas cosas que hacer aquí.
—¿Que no puedes ir? «Necesitas» ir —replicó Evan—. Cada día que pasa estás
peor, ¿sabes? Tienes un aspecto horrible, y es como si te estuvieras matando a
trabajar para no pensar en Miranda. ¿Por qué no vas y la ves? Ya ha pasado bastante
tiempo. Quizá esté ya más entera. Ve a Chicago y comprueba si la magia que surgió
entre vosotros sigue ahí.
—Lo dudo. En estos meses no me ha escrito más que cartas totalmente formales.
Probablemente esté saliendo con alguien.
—¿Y si vas a averiguarlo en vez de especular?
Tom lo miró irritado. La posibilidad de volver a ver a Miranda resultaba
irresistible. Se quedó observando a Evan.
—Bueno, supongo que podría hacerlo.
—Claro que sí. Yo me encargaré de todo en tu ausencia.
Una vez llegó a Chicago, Tom fue directamente a su hotel, y decidió que lo
mejor sería no avisar a Miranda de que estaba en la ciudad. Quería sorprenderla y ver
su reacción, porque eso le diría más que todas las cartas que había recibido.
Y así, después del almuerzo con su cliente, regresó al hotel, se cambió, y a las
siete menos diez se dirigió al edificio donde trabajaba la joven, y se quedó junto a la
puerta a esperar. A las siete empezaron a salir los empleados del bufete, pero no fue
hasta las siete y cuarto que Tom al fin vio aparecer a Miranda. Estaba realmente
preciosa, aunque igual de delgada que cuando la viera por última vez.
Ella estaba buscando algo en su bolso mientras bajaba las escaleras de la
entrada, así que no alzó el rostro hasta que casi chocó con él. Su expresión le dijo a
Tom todo lo que no se había atrevido a soñar, todo lo que sus cartas parecían haber
ocultado. Primero lo miró sorprendida, después incrédula, y al instante siguiente sus
grandes ojos grises se abrieron como platos al encontrarse con los suyos.
—¡Tom! —murmuró llena de dicha.
Él no pudo evitar esbozar una sonrisa de satisfacción.
—Hola, Miranda.
—¿Cuándo has llegado? ¿Cuántos días vas a quedarte? ¿Tienes tiempo para tomar
un café conmi...?
No pudo terminar la pregunta, porque él le puso un dedo sobre sus labios.
—Te contestaré a todo eso enseguida —le dijo—. Vamos, tengo el coche
aparcado aquí cerca —y le ofreció su brazo.
—Si hubiera sabido que ibas a venir a buscarme a la salida del trabajo habría
salido a la hora aunque mi jefe se hubiese molestado —le dijo Miranda mientras
caminaban—, ¿Llevabas mucho rato esperándome?
—Solo unos minutos—contestó él.
—¿Y cuándo has llegado a la ciudad?
—Esta mañana —contestó él mirándola por el rabillo del ojo—. ¿Cómo te
encuentras?
—Algo mejor. Es curioso como el tiempo acaba por arrastrar incluso las penas.
Supongo que podría decir que ahora empiezo a ver las cosas desde otra perspectiva.
Todavía me siento triste por haber perdido a mi bebé, pero lo voy superando.
—Me alegra oír eso.
Tom se detuvo al llegar junto al coche que había alquilado, y le abrió la puerta
del acompañante para que entrara.
—No estaba segura de si volvería a verte —le confesó la joven tímidamente
cuando él se hubo sentado al volante—. Tus cartas eran cada vez más breves.
—Las tuyas también —le espetó él en un tono con tintes de acusación—, además
de frías.
Aquello pilló desprevenida a la joven.
—Pero... pero es que yo pensé que mi primera carta te había incomodado...
—balbució—. No hice más que imitar el estilo de tu contestación.
La expresión de Tom se suavizó al fin. Aquello lo explicaba todo. No había
sido más que un malentendido.
—Lo siento. Parece que los dos interpretamos lo que no era. Verás, la verdad es
que nunca había escrito a una mujer —admitió, poniendo el vehículo en marcha.
—No importa —murmuró Miranda sonriendo. Se sentía feliz. Tom no había
pretendido mostrarse distante para alejarla de él—, ¿Cuánto tiempo vas a quedarte en
Chicago?
—Pues lo cierto es que venía por una reunión con un cliente, y ya lo he visto esta
mañana.
El rostro de Miranda se ensombreció por la decepción, pero giró la cabeza hacia
la ventanilla para que él no lo advirtiera.
—Entonces vuelves a Texas —murmuró—. En fin, me alegro que pudieras pasar a
verme. Ha sido una sorpresa muy bonita.
Tom enarcó una ceja.
—Bueno, yo había pensado quedarme al menos hasta mañana.
El rostro de Miranda se volvió hacia él al instante, con los ojos brillantes.
—¿De verdad? ¿Y por qué no vienes a mi casa? Podría preparar una cena casera
—y al verlo dudar, añadió—: No quiero perder toda la tarde en un restaurante.
—De acuerdo —aceptó él con una sonrisa—, con la condición de que me dejes
ayudar.
La joven se rio.
—Pero si no es necesario.
—¿Qué? ¿No crees que un hombre sepa cocinar? Espera y verás. Te lo
demostraré.
Sin embargo, cuando llegaron a la casa de Miranda, pronto los dos se olvidaron
de la cocina. Miranda había sacado unas verduras de la nevera, y estaba colocando la
tabla de cortar sobre la encimera y hablándole de su hermano Sam, cuando de
repente, Tom se acercó por detrás y la tomó por la cintura, haciéndola girarse muy
despacio.
La joven contuvo el aliento, y se quedaron mirándose a los ojos largo rato, hasta
que la mirada de ambos descendió a los labios del otro.
—Bésame, Miranda —le susurró él—. Esta abstinencia ya ha durado demasiado.
La joven se puso de puntillas, cerró los ojos, y apretó sus labios suavemente
contra los de él. La mano de Tom se enredó en los oscuros cabellos de Miranda, y le
abrió la boca, haciendo el beso más profundo.
—Dios, esto no es suficiente —farfulló él cuando finalmente despegaron sus
labios para tomar aliento. La atrajo aún más hacia sí—. Te he echado tanto de menos.
Miranda... —le dijo con voz ronca.
Volvió a besarla, esa vez de un modo más salvaje, más apasionado, y ella solo
dudó un instante antes de echarle los brazos al cuello y apretarse contra él, gimiendo
extasiada. Le encantaba sentir el calor de su cuerpo y su fuerza. Lo escuchó respirar
trabajosamente mientras su boca devoraba la suya, abriéndola de nuevo para tener
total acceso a la tersa humedad que había en su interior.
En cuanto la lengua de Tom se deslizó por entre sus labios, a Miranda le
pareció que el estómago se le hubiera llenado de un fuego líquido. Aquello era tan
íntimo como hacer el amor. Notaba todo su ser vibrar, como si Tom hubiera tocado
una cuerda en su interior que ni siquiera sabía que existía, y de pronto, un sonido
profundo y gutural, un sonido de puro placer escapó de su garganta, y se estremeció.
Las piernas le temblaban, pero empujó las caderas hacia las de él.
—Sí... —murmuró él con voz temblorosa—. Sí, cariño, así... así...
Tom le puso las manos en las nalgas, frotándola contra él, y Miranda se puso
rígida al notar que estaba bastante excitado.
—No pasa nada —susurró él—. Relájate, relájate. No voy a hacerte ningún daño.
La voz de Tom resultaba tan tranquilizadora, que ella dejó de resistirse al
momento, y se rindió a él con un suspiro tembloroso. Tom comenzó a besarla de
nuevo, y Miranda subió las manos al pecho de él, sintiendo los latidos de su corazón
bajo la camisa. Finalmente fue también él quien levantó la cabeza, mirándola como si
estuviera tratando de controlar la pasión que se estaba desatando en su interior.
—¿Te importaría que dejáramos la cena para más tarde? —le dijo con voz ronca.
La joven tragó saliva.
—No, pero...
Tom la tomó en volandas y salió con ella en brazos de la cocina.
—No estés nerviosa Miranda.
—Tom, tú... ¿Has traído algo para...?
—No te preocupes, no vamos a hacer el amor —le dijo mientras la llevaba al sofá
del salón.
La tumbó en él y se colocó a horcajadas sobre ella, apoyándose en las rodillas, y
comenzó a besarla otra vez, mientras sus manos le acariciaban los hombros. Cuando se
detuvieron para tomar aliento. Miranda lo miró a los ojos.
—Desde que te fuiste me cuesta mucho conciliar el sueño —le confesó a Tom
en un susurro—, porque cada vez que me acuesto no puedo dejar de pensar en lo
maravilloso que fue aquel último día contigo.
—A mí me ha ocurrido igual —contestó él. Sus manos bajaron hasta la cintura de
Miranda, y le sacó muy lentamente el jersey de punto rosa que llevaba puesto,
deleitándose en cada centímetro de rosada y sedosa piel que iba quedando al
descubierto. La joven aquel día había prescindido del sostén, y pudo observar sus
erguidos senos en todo su esplendor. Sonrió al ver cómo los pezones se endurecían
ante su intensa mirada.
Miranda le acarició el cabello azorada y se arqueó hacia él, indicándole lo que
deseaba. Tom comprendió al instante, e inclinó la cabeza, engullendo casi por
completo uno de los pechos de la joven en su boca. Succionó ligeramente, y Miranda se
estremeció, clavándole las uñas en los hombros de su chaqueta.
—Tom... llevas mucha ropa —murmuró.
Él sonrió y la besó antes de levantarse para quitársela.
—Es verdad, demasiada.
Vio cómo lo observaba mientras se quitaba la chaqueta, la corbata y la camisa,
disfrutando de la adoración que brillaba en sus ojos grises.
—Tom... ¿no podrías...? —murmuró ella tímidamente, bajando los ojos a la
ancha hebilla plateada de su cinturón.
—No —respondió él adivinando la petición que ella no se atrevía a formular.
Volvió a sentarse a horcajadas sobre ella, y se inclinó, insinuando el vello rizado de su
tórax contra los senos de ella—. Si me quito algo más, acabaremos haciendo el amor.
—¿Y no te gustaría? —inquirió Miranda sin aliento.
—Por supuesto que sí —respondió él—, pero es demasiado pronto para eso
—buscó los ojos de la joven—. Quiero que vengas a casa conmigo Miranda.


HOLA!! BUENO SPERO QUE LES GUSTE ... TOM QUIERE A LA MIRANDA :)) ... 3 O MAS Y AGREGO MAÑANA :))

lunes, 30 de mayo de 2016

3 y 4

Capítulo 3
Cuando Tom entró en el hotel, Evan estaba esperándolo en el vestíbulo. Le
echó una mirada furibunda, pero su hermano no se arredró.
—¿Por qué te enfadas conmigo? —le espetó contrariado—. ¿Cómo esperabas que
reaccionara cuando veo aparecer a mi hermano, un misógino redomado, con una joven
en traje de noche a las ocho y media de la mañana?
Tom no contestó, y siguió andando hacia el salón donde se iba a celebrar el
congreso. Evan exhaló un pesado suspiro y meneó la cabeza, yendo detrás de él.
—Pero si es que nunca tienes una cita... Estás siempre trabajando. El haberte
visto con una mujer casi me parece un milagro. ¿Cómo la conociste?
Tom giró la cabeza hacia él y frunció los labios.
—Había bebido de más, y estuvo a punto de tirarse de un puente. Yo la detuve
—contestó al fin.
—Vaya —murmuró Evan frotándose la nuca. No había esperado aquella respuesta
en absoluto—. ¿Y qué pasó luego? ¿Por qué estaba contigo esta...?
—Me daba no sé qué dejarla por ahí sola, a su suerte —lo cortó Tom en un
tono áspero—, así que le ofrecí pasar la noche en tu habitación de la suite. Esta
mañana la he llevado a su casa. Fin de la historia.
—¿Y por qué diablos una chica tan preciosa como esa iba a querer suicidarse?
—inquirió Evan.
—Perdió a su marido y a su bebé en un accidente de tráfico —contestó Tom
quedamente.
—Vaya, pobrecilla —murmuró su hermano. Miró a Tom de reojo, como si de
pronto hubiera comprendido algo—. Entonces, lo que te movió a traerla aquí fue
simplemente compasión —farfulló, meneando la cabeza y metiéndose las manos en los
bolsillos—. Debería haberlo imaginado, era demasiado bonito para ser cierto.
—¿De qué diablos estás hablando? —le espetó Tom frunciendo el ceño y
deteniéndose frente a la escalinata que subía al salón del congreso.
—Pues de que si de una vez encontraras una chica, tal vez yo podría conseguir al
fin una para mí —contestó con fastidio, deteniéndose también—Cuando me ven
siempre pasan de largo para llegar hasta ti, y eso que tú no soportas a ninguna. La vida
es cruel — se quedó un momento pensativo—. Oye, quizá ese sea el secreto —dijo con
una sonrisa—. A lo mejor, si finjo que las odio... sí, tal vez entonces se me tirarían
encima por docenas...
—¿Y por qué no lo intentas? —masculló Tom.
—Bueno, la verdad es que lo probé una vez —recordó Evan en voz alta—, pero
solo logré asustar a la chica en cuestión, aunque tampoco fue una gran pérdida: tenía
tres gatos, y ya sabes que soy alérgico a esos bichos.
Tom se echó a reír.
—Oh, casi lo olvido —dijo de pronto Evan—. Hace un rato, mientras estaba
esperándote, tomando un café en el bar, me pasaron una llamada. Era mamá.
El rostro de Tom se puso rígido.
—¿Ah, sí?
—Tom, desearía que dejaras de poner esa cara de palo cada vez que alguien la
menciona —lo reprendió su hermano—. Es tu madre también, y ya ha sufrido bastante
por lo que hizo. Tu problema es que no sabes lo que es estar enamorado de verdad. Si
lo supieras la perdonarías.
Evan se equivocaba, pero no podía saberlo, porque había estado en la universidad
durante los meses más difíciles en la vida de Tom. Ni su madre, ni el propio Tom
le habían hablado demasiado de la tragedia que lo había convertido en un hombre
amargado y resentido.
—El amor es para los tontos —masculló Tom—. No me hace ninguna falta.
—Lástima, te animaría un poco.
Tom no contestó a eso, y se volvió hacia el cartel que habían puesto frente al
salón de congresos.
—¿Por qué has venido al final, Evan? Me las habría apañado sin ti.
Su hermano se encogió de hombros.
—En realidad decidí venir para perder un rato de vista a Connal. Me estaba
volviendo loco. Pero he reservado billete en un vuelo a las cinco de la tarde para volver
a casa, porque he dejado algunos asuntos pendientes, así que no te preocupes, que
mañana podrás demostrar que te las apañas sin mí.
Los asistentes al congreso estaban empezando a entrar en el salón.
—Lo de Connal es la «fiebre del padre» —le dijo Tom a Evan—. En cuanto Pepi
dé a luz, volverá a la normalidad.
—Puede, pero entretanto no hace más que atormentarse con cosas como «¿y si
Pepi se pone de parto y él no está en casa?» o «¿y si el coche no arranca cuando tenga
que llevarla a la clínica?» —exclamó arrojando los brazos al aire—. Dios, ha revisado el
motor tres veces en lo que va de semana... Te juro que le quita a uno las ganas de ser
padre algún día.
Tom se descubrió recordando a Miranda, y preguntándose cómo sería tener
un hijo. Era increíble. Nunca antes se le había pasado un pensamiento semejante por la
cabeza, ni siquiera con la chica a la que había amado más que a su propia vida...
Aquello era una locura. Apenas si la conocía, y él vivía en el estado de Texas
mientras que ella vivía en Illinois. Lo suyo no tenía futuro, no lo habría tenido aunque
ella no acabase de quedarse viuda. Reprimió un gruñido de frustración.
—¿A qué le estás dando vueltas? —inquirió Evan entornando los ojos, tan
perspicaz como siempre—. Cuando hay algo que te tiene preocupado nunca hablas de
ello.
—¿De qué serviría? —le espetó Tom—. Las preocupaciones no van a
desvanecerse porque hables de ellas.
—No, pero sacarlas a la luz te ayuda a verlas desde otras perspectivas —apuntó
Evan—. Se trata de esa joven, ¿no? La salvaste y ahora te sientes responsable de ella.
Tom se giró hacia él, con los cafeces ojos relampagueándole. Evan levantó las
manos sonriendo.
—De acuerdo, de acuerdo, he captado el mensaje —murmuró—. Pero de todos
modos es una pena. Era realmente preciosa. ¿Quién sabe?, a lo mejor podrías probar
suerte. Donald, Connal y yo podríamos explicarte qué tienes que hacer en una cita y...
—bajó el tono de voz al ver que pasaba junto a ellos un hombre para entrar en el
salón—, bueno, también podríamos explicarte «esas otras cosas» que no sabes.
—¿Quieres parar ya? —le rogó Tom.
—No es ningún crimen ser virgen, aunque seas un hombre —continuó Evan sin
hacerle caso—. Además, en casa todos sabemos que tenías intención de meterte a cura
y...
Tom sacudió la cabeza y comenzó a subir la escalinata.
—Tom... —lo llamó su hermano, fastidiado de que lo hubiera dejado con la
palabra en la boca.
—Sin comentarios —masculló Tom—. Vamos, la gente ya está ocupando sus
sitios.
A pesar de su preocupación por Miranda, Tom hizo un buen papel cuando le
llegó el turno de hablar. Tenía un sentido del humor cargado de ironía, y lo usó a su
favor para mantener la atención de los asistentes.
Cuando terminó la sesión, Evan lo felicitó efusivamente, y lo invitó a almorzar.
—Es porque es demasiado pronto, ¿verdad? —le dijo de pronto mientras
esperaban el postre, sorprendiéndolo—. Quiero decir que no te atreves a pedirle salir
porque acaba de enviudar y te parece que es demasiado susceptible, ¿no es eso?
Tom no contestó, pero Evan sabía que ese era el problema.
—¿Sabes, Tom? Tal vez sea así, tal vez aún sea demasiado susceptible, pero
precisamente por eso no le vendría mal tener a alguien a su lado que la ayude a
superarlo y mirar hacia adelante.
—Aun así es demasiado pronto —farfulló su hermano. Evan se encogió de
hombros.
—Bueno, tampoco creo que te hiciera ningún daño el dejar la puerta abierta, por
si acaso, hasta que ella esté lista, ¿no te parece? —inquirió con una sonrisa maliciosa.
Tom no pudo quitarse de la cabeza las palabras de Evan durante el resto de la
tarde, incluso después de que su hermano hubiera tomado el avión de regreso a
Jacobsville. No, realmente no le haría ningún daño dejar la puerta abierta, pero, ¿era
eso lo que él quería? Una mujer como Miranda no estaba hecha para la vida en un
rancho. Era una chica de ciudad que había sufrido una terrible tragedia de la que aún
tenía que reponerse. Además, él era un tipo solitario que también tenía heridas
todavía sin cicatrizar. Jamás funcionaría.
Sin embargo, aquellos pensamientos no impidieron que su cuerpo recordara, con
una tremenda frustración, el ardor que la joven había despertado en él aquella mañana.
No podía quitarse del pensamiento sus dulces y cálidos labios, y mientras veía las
noticias en su suite del hotel, empezó a fantasear con su delicada figura desnuda
sobre blancas sábanas. Si la llama de la pasión se había encendido tan deprisa solo por
unos besos, ¿cómo sería hacerle el amor?
Pero no era eso lo que lo preocupaba, era lo que sucedería después. Se sentiría
incapaz de dejarla marchar, y eso fue lo que lo hizo dudar cuando puso la mano sobre
la guía telefónica para buscar su número. Si compartían algo tan íntimo, ¿sería capaz
de dejar que fuese solo una aventura de una noche? Se quedó mirando la guía
telefónica un buen rato, pero finalmente apartó su mano y se metió en la cama. Era
demasiado pronto, y no solo para ella, sino también para él. No se sentía preparado
para ninguna clase de compromiso.
Entretanto, Miranda estaba pensando lo mismo en el silencioso salón de su casa,
con el número del Carlton Arms garabateado en un papel entre sus dedos. Ansiaba
tanto escuchar una vez más la voz de Tom, ansiaba tanto poder... ¿poder qué?, se
preguntó a sí misma en un tono de reproche. Ya le había causado bastantes molestias.
Era solo que, aquella tarde, después de almorzar, había llamado desde la oficina al
grupo de caridad de la parroquia, y esa misma tarde habían ido a recoger los muebles
del bebé, y se sentía tan deprimida... Era curioso que, aunque hacía mucho que había
dejado de amar a Tim, desde el momento en que supo que estaba embarazada, había
esperado ansiosamente tener al hijo de los dos entre sus brazos.
No podía volver a cargar a Tom con sus problemas personales. Si la había
ayudado había sido solo por amabilidad, por compasión, y sin embargo... Sin embargo, el
modo en que la había besado aquella mañana, la pasión que había despertado en ella...
nunca había experimentado nada igual.
Antes de casarse siempre había imaginado que el matrimonio debía ser una
consolidación de un amor mutuo, una llama que no se extinguiría jamás, pero no había
sido así. Ni siquiera el sexo, la tan ansiada primera vez, había sido la maravillosa
experiencia que había esperado. Le había dolido, y había sido incluso desagradable. No
habían sonado campanas, ni había habido fuegos artificiales, ni se había abierto la
tierra bajo sus pies.
De hecho, una semana después de su matrimonio había empezado a preguntarse
si alguna vez había sentido de verdad algo por Tim. Cada vez tenía más la sensación de
haberse engañado, pensando que la atracción física y la admiración que había sentido
al conocerlo eran equivalentes al amor. Solo cuando se casaron empezó a vislumbrar al
verdadero Tim, al periodista sin sentimientos, egoísta, intransigente...
Tom en cambio parecía tan distinto... Aunque en un primer momento podía
resultar algo frío e imponía un poco, se había mostrado muy amable y comprensivo con
ella, y en el fondo de su alma parecía albergar un volcán de emociones que ansiaba
descubrir aun a riesgo de quemarse. Quería averiguar hasta qué punto podían
consumirlos las llamas de la pasión que habían encendido aquella mañana. Estaba
convencida de que con él el sexo debía ser algo maravilloso, y estaba segura de que él
también lo intuía, pero, aun así, parecía haber decidido que sería mejor guardar las
distancias. No lo comprendía. Tal vez no estaba realmente interesado en ella, o tal vez
le parecía que era demasiado pronto.
Arrugó en su puño el trozo de papel donde había apuntado el número del hotel.
Sí, lo cierto era que aún no estaba repuesta del revés que había sufrido, y era
demasiado vulnerable como para exponerse a las consecuencias de un breve romance,
probablemente lo único que él estaría dispuesto a ofrecer.
Después de todo, él mismo le había dicho que era un solitario, y no parecía
precisamente ansioso por casarse. De hecho, se había mostrado incluso impaciente por
perderla de vista. Arrojó el papel a un cenicero sobre la mesa. Quizá era lo mejor. Al
menos parecía estar empezando a sobrellevar la pérdida, porque había estado más
concentrada en el trabajo aquella tarde, y quizá conseguiría volver a hacerlo al día
siguiente, y al otro, y al otro... hasta que ya no tuviera que proponérselo. Sí, no era
justo implicar a otra persona en su vida cuando estaba patas arriba.
Subió a su dormitorio, se puso el camisón, y se metió en la cama, quedándose
dormida al poco rato.


Capítulo 4
Tom durmió fatal aquella noche. Cuando se despertó, solo retenía imágenes
difusas de los tórridos sueños que no lo habían dejado descansar, pero, en cambio,
podía ver con total nitidez el rostro de Miranda. Ese día terminaba el congreso, y
después regresaría a Texas. De repente se encontró con que no quería volver.
Abandonar Illinois significaría no volver a verla.
Se levantó de la cama de mala gana, y se asomó a la ventana de la habitación. ¿Y
si se quedara un par de días más? Se frotó el rostro irritado consigo mismo. ¿Qué
tonterías estaba pensando? Tenía responsabilidades de las que hacerse cargo en el
rancho. Además, ¿no había decidido la noche anterior que algo entre ellos era del todo
imposible, que jamás funcionaría?
A pesar de sus razonamientos, casi sin darse cuenta de que lo hacía, tomó la guía
de teléfonos. Encontró el nombre de Tim Warren y lo marcó antes de cambiar de
opinión.
Escuchó un tono, dos, tres... Miró el reloj de la mesilla de noche: las ocho de la
mañana. Tal vez ya se había ido al trabajo. Un cuarto tono, y un quinto... Con un suspiro
se dispuso a colgar el teléfono. Quizá era su destino que no volviesen a verse, pensó
decepcionado. Y entonces, justo cuando el auricular estaba a un escaso centímetro de
la base, escuchó que una suave voz contestaba.
—¿Diga?
Tom alzó el auricular a la velocidad del rayo hasta su oído.
—¿Miranda?
La joven contuvo la respiración.
—¡Tom! —exclamó, como si no pudiera creer que fuera él.
Una sonrisa se dibujó en los labios de Tom. Había reconocido su voz al
instante.
—Sí —contestó—, soy yo. ¿Cómo estás?
Miranda se incorporó, quedándose sentada en la cama. No cabía en sí de gozo. ¡La
había llamado!
—Mucho mejor, gracias. ¿Cómo fue tu congreso?
Tom se rio suavemente.
—Bien, pero, si te parece, te lo contaré mientras almorzamos.
La joven se quedó sin respiración. Aquello era más de lo que había soñado.
—¿Quieres invitarme a almorzar? —inquirió en un hilo de voz.
—Sí. Si tú quieres, claro.
—Oh, sí, me encantaría —respondió ella emocionada.
—¿A qué hora quieres que pase a recogerte? —le preguntó Tom mientras se
ajustaba a la muñeca el reloj de pulsera—. ¿Y dónde quedamos?
—¿Te va bien la una y media?
—Perfecto.
—El bufete para el que trabajo está en el edificio Brant, a unas cuatro manzanas
de tu hotel —le dio una serie de indicaciones y el número del bloque—. ¿Crees que
podrás encontrarlo?
— Sin problemas.
Se despidieron y, cuando hubo colgado, Tom se dijo de nuevo que aquello era
una locura. Sin embargo, era la locura más maravillosa que le había ocurrido nunca, y
tuvo la sensación de que la mañana se le iba a hacer larguísima. Antes de ir a ducharse
para asistir a la segunda y última sesión del congreso, llamó al rancho para decirles
que tardaría aún un par de días en regresar.
Fue su madre quien contestó el teléfono.
—¿Ha vuelto ya Donald? —inquirió Tom en un tono gélido, sin siquiera
preguntarle cómo estaba.
Theodora, sin embargo, estaba acostumbrada a sus modales, y se limitó a
contestar la pregunta.
—No, no llegará hasta la semana próxima.
—Pues entonces dile a Evan que tendrá que apañárselas sin mí. Voy a quedarme
aquí un día o dos más, Theodora.
Aquello, sin embargo, fue la gota que agotó la paciencia de la señora Kaulitz.
—¿Es qué ni siquiera puedes llamarme «mamá» por una vez?
—¿Le darás el mensaje a Evan? —repitió él, ignorándola.
Theodora Kaulitz exhaló un profundo suspiro.
—Sí, se lo diré. Supongo que tampoco querrás explicarme por qué vas a
permanecer más tiempo del previsto en Chicago.
—No, no tengo que explicarte nada —le espetó él con aspereza.
—Ya veo. No sé por qué sigo albergando esperanzas de que algún día cambies,
Tom —murmuró en un tono apagado—, cuando sé que nunca me perdonarás.
Tom sintió una punzada de culpabilidad ante la tristeza en la voz de su madre.
Theodora Kaulitz se esforzaba en mostrarse siempre como una mujer fuerte, pero
en el fondo, Tom sabía que era muy sensible. Sabía que la hería constantemente,
pero lo hacía de un modo casi inconsciente.
Por un instante tuvo un impulso de disculparse por su brusquedad y tratar de
hablar, de hablar de verdad con ella, pero su orgullo pudo más.
—Dile a Evan que puede localizarme en el hotel si hace falta —le dijo en el mismo
tono monocorde.
—De acuerdo, hasta luego, hijo —murmuró su madre quedamente, y colgó.
Tom se quedó mirando el auricular en su mano un buen rato, escuchando el
monótono tono de marcado, y lo depositó muy despacio sobre la base. Nunca le había
preguntado por su padre, ni por qué no había abortado. Si no lo hubiera tenido, su vida
habría sido ciertamente más fácil. Le sorprendió no haber pensado en ello hasta
entonces. Sacudió la cabeza contrariado, y se dispuso a buscar la ropa que iba a
ponerse.
Sin la presencia de Evan, que siempre tenía algún chiste u ocurrencia preparado,
la última sesión del congreso fue bastante aburrida, y en cuanto tuvo ocasión, Tom
agarró su maletín y abandonó el salón antes de que alguno de los asistentes pudiera
entretenerlo.
A la una y media en punto estaba en la puerta del edificio donde trabajaba
Miranda. Ella tampoco se hizo esperar más de unos minutos. Tom la estudió cuando
la vio aparecer. Se había hecho una complicada trenza que le caía por la espalda. Le
quedaba bien, igual que los pendientes largos de plata que llevaba, el traje de chaqueta
color crema, y los zapatos de tacón a juego.
— ¿Tengo tu aprobación? — inquirió ella divertida.
—Ya lo creo —asintió él.
—Bueno, ¿a qué tipo de restaurante te apetece que vayamos? La verdad es que
no conozco esto lo bastante como para saber qué sitio estaría bien.
—Pues entonces deja que te enseñe uno de mis favoritos —propuso ella
sonriente—. Te va a encantar. Es una marisquería a la que me llevaron Sam y Joan
cuando me gradué.
—Estupendo, me encanta el marisco.
—¿A qué hora tienes que tomar el vuelo de regreso a Texas? —inquirió ella sin
querer escuchar la respuesta.
—He cancelado mi billete —le respondió Tom, pero no le dijo cuántos días
pensaba quedarse. No quería admitir hasta qué punto se sentía atraído hacia ella.
Los ojos plateados de Miranda lo miraron sonrientes, incapaces de ocultar la
alegría que sentía, y aquello precisamente hizo que él se sintiera peor por las reservas
que tenía con ella.
—Dios, esto es una locura —farfulló sacudiendo la cabeza.
La mirada de la joven se ensombreció.
—Si crees que es una locura... ¿por qué has cancelado tu vuelo?—musitó.
—¿Y tú por qué no te negaste cuando te invité a almorzar?
Miranda alzó la vista hacia él, insegura.
—Porque no podía. Yo... yo quería estar contigo, Tom.
Él la miró conmovido, y esbozó una sonrisa.
—Entonces esa es la razón por la que me he quedado —murmuró con suavidad.
Mientras iban caminando hacia el restaurante, un adolescente pasó corriendo al
lado de la joven y casi la derribó, pero Tom la sostuvo a tiempo.
—¿Estás bien?
Durante un instante que pareció eterno, la joven fue incapaz de despegar sus
ojos de los de él. Verdaderamente la tenía hipnotizada.
—Sí, estoy bien, gracias.
Tom tardó en soltarla, porque él también había quedado atrapado por el
hechizo del momento. Miranda parecía estar envolviéndolo con lazos de seda que lo
estuvieran aferrando firmemente a ella sin que él se diera cuenta. No estaba seguro
de que le gustara que una mujer ejerciera tal control sobre él, pero aun así, no podía
resistirse a ella.
El corazón de la joven palpitaba desbocado. Tom tenía una expresión de
contrariedad en el rostro, pero también se adivinaba en él algo que parecía
fascinación. ¿Fascinación... por ella?
Finalmente se apartaron el uno del otro, y continuaron caminando en un silencio
algo embarazoso hasta el restaurante.
El local era muy agradable, con una decoración elegante, pero no ostentosa,
suave música clásica de fondo, y una extensa carta de todo tipo de pescados y
mariscos, además de ensaladas y sopas. A los dos les llevó un buen rato decidirse, y
tardaron un poco en prepararles lo que pidieron, pero la espera mereció la pena porque
todo estaba delicioso, y además, mientras, la tensión entre ellos se había disipado un
poco, y habían empezado a charlar animadamente.
Tom estaba encantado de verla así, hablando y riendo, pero de pronto un
pensamiento cruzó por su mente, haciendo que negras nubes se cerniesen sobre
aquella felicidad.
—Te olvidas de ello cuando estás conmigo, ¿no es cierto? —inquirió en un tono
quedo—. Por eso aceptaste venirte conmigo al hotel anteanoche en vez de insistir en
que te llevara a tu casa.
La joven se quedó mirándolo un instante antes de asentir con la cabeza.
—Sí, cuando estoy contigo es como si mis penas y el sentimiento de culpabilidad
se disiparan —murmuró—. No sabría explicarte el porqué —añadió con un suspiro—,
pero es así. Tú haces que mis fantasmas se vayan.
Tom no dijo nada, sino que bajó la vista hacia su copa, sin verla en realidad.
Había sido un iluso. Él se sentía atraído por ella, pero el sentimiento no era mutuo.
Para ella era solo un bálsamo para su dolor. Debería haber seguido sus instintos y
haber vuelto a Texas. Apuró el vino blanco que quedaba en su copa.
—¿A qué hora tienes que estar de vuelta en la oficina?
La joven había advertido un cambio en su tono de voz, pero consultó su pequeño
reloj de pulsera.
—A las tres y media —contestó.
Tom se quedó callado.
—Supongo que piensas que solo estoy utilizándote para olvidar —le dijo ella de
repente—, pero no es verdad. Me gusta estar contigo, Tom. Contigo siento que
puedo ser yo misma.
La mirada en los oscuros ojos de Tom se dulcificó, asombrándose de hasta
qué punto la joven podía leer sus emociones.
—Perdóname, Miranda, no tenía derecho a juzgarte así —murmuró avergonzado.
Ella se encogió de hombros y sacudió la cabeza suavemente.
—No importa —dijo—. Yo en tu lugar tendría las mismas dudas.
Tom giró el rostro hacia la ventana. Afuera el sol brillaba, y verdaderamente
era una lástima estar allí dentro con un tiempo tan espléndido.
—Aún es temprano. ¿Te gustaría dar un paseo por el parque que pasamos antes?
—sugirió.
—Me encantaría —asintió ella con una sonrisa.
Tom pidió la cuenta, y minutos después salían del restaurante, ella agarrada
del brazo de él.
Aquel era uno de los parques más hermosos y vastos de Chicago, con muchísimas
especies de árboles y plantas, y un enorme lago de aguas relucientes con blanquísimos
cisnes y toda clase de patos surcándolas, además de pequeñas embarcaciones de vela o
motor.
Tom y Miranda pasearon un buen rato, sentándose finalmente en un banco
frente a la orilla del estanque. Él colocó el brazo sobre el respaldo del asiento, algo

inseguro, pero a la joven no pareció molestarle. 
—En Jacobsville no tenemos nada parecido a esto —comentó visiblemente
impresionado—. Lo más grande que conozco es el pequeño estanque que hay en nuestro
rancho.
Miranda se rio.
—¿Me dijiste que criabais ganado?
—Sí, sobre todo nos dedicamos a la crianza de toros sementales de Santa
Gertrudis, pero también criamos ganado para el mercado cárnico —empezó a
explicarle.
Miranda conocía de la fama de los sementales de Santa Gertrudis, y sabía
bastante de la crianza de ganado porque se había criado en un rancho en Dakota del
Sur, pero prefirió no decir nada. Le gustaba oírle hablar a él de ello, ver el brillo de
orgullo en sus ojos.
Sin que se diera cuenta, el tiempo pasó rápidamente, y pronto llegaron las tres y
media. Miranda suspiró y se puso en pie.
—Me quedaría contigo toda la tarde, pero tengo que volver al trabajo.
Tom se había puesto en pie también, y miró la cabeza gacha de la joven. Se
metió las manos en los bolsillos, sintiéndose más deprimido que en toda su vida. Sin
embargo, sabía lo que tenía que hacer.
—Miranda, a mí también me gustaría quedarme más tiempo, pero voy a regresar
a Texas —le dijo.
A ella la noticia no la pilló por sorpresa. Había albergado la esperanza de que
fuera a quedarse unos días más, pero en el fondo de su corazón sabía que eso era
desear demasiado. Además, Tom se había comportado todo el tiempo como si
estuviera actuando en contra de lo que le indicaba su conciencia. La verdad era que no
podía culparlo, porque a ella misma no le parecía que estuviera bien tener una cita
cuando apenas hacía un mes de la muerte de su marido.
—Te debo mi vida, Tom —le dijo alzando la vista hacia él—. No sé qué habría
sido de mí si tú no me hubieras seguido hasta el puente. No te olvidaré jamás.
Tom sintió que se le hacía un nudo en la garganta. Sabía que él tampoco podría
olvidarla, pero no le salían las palabras.
Mientras iban hacia la oficina de Miranda, Tom se decía que no había
esperado nunca que aquella separación fuera a ser tan dolorosa. En los últimos años no
había encontrado a ninguna mujer que lo afectara de aquel modo, pero Miranda parecía
tan perdida y vulnerable...
—Ya te dije que soy un solitario, Miranda —farfulló irritado consigo mismo—, y
estoy bien así, no necesito a nadie.
Ella se quedó callada un instante.
—Supongo que yo en cambio no sé estar sola — respondió—, pero aprenderé.
Tendré que hacerlo.
—Pero antes de tu matrimonio supongo que ya llevarías un tiempo viviendo por tu
cuenta —apuntó él.
—Debería haber sido así, pero cuando mi hermano se casó seguí viviendo con él y
con Joan un tiempo... hasta que decidí que tenían derecho a vivir su propia vida sin una
carga como yo. Alquilé un piso, encontré el trabajo en el bufete... y al poco tiempo
conocí a Tim —añadió con un suspiro—. Pero la verdad es que sí, supongo que podría
decirse que cuando nos casamos estaba más sola que acompañada, porque muchas
noches, Tim salía por ahí con sus amigos y yo me quedaba en la casa. Ni siquiera cuando
me quedé embarazada... —la joven sintió que su cuerpo se tensaba. Todavía le
resultaba muy doloroso pensar en el bebé, y más aún en que la culpa de haberlo
perdido era suya—. Me casé demasiado pronto, pero aquello me ayudó a comprender al
menos eso de que «más vale solo que mal acompañado».
Tom la miró a los ojos.
—Y tú me has ayudado a mí a ver que no todas las mujeres son iguales, que hay
algunas de buen corazón sobre la faz de la tierra.
Miranda esbozó una sonrisa triste.
—Eso es un gran cumplido viniendo de tí —murmuró.
—Más grande de lo que te imaginas —respondió él—, porque no bromeaba cuando
te dije que detesto a las mujeres.
«Pues es una pena», se dijo Miranda. Sabía que probablemente fuese a causa de
su madre, y se preguntó si alguna vez habría tratado de entender por qué su madre
había hecho lo que había hecho. Pero, si nunca había amado, ¿cómo podía saberlo?
—¿Estarás bien? —inquirió Tom.
—Sí, tengo a Sam y Joan, y ya he superado la parte más difícil, las primeras
semanas después del accidente. Supongo que lo que me costará aún un tiempo será
sobreponerme a la pérdida de mi bebé.
—Eres muy joven. Miranda. Podrás tener otros hijos. Ya lo verás. Conocerás a un
buen tipo y te volverás a casar. No te des por vencida solo porque has tenido algunos
reveses. Todos los tenemos, pero sobrevivimos.
—No has llegado a contarme cuáles fueron los tuyos —le dijo ella. Tom se
encogió de hombros.
—No sirve de nada hablar de ellos —habían llegado frente al edificio en el que
estaba el bufete, y se detuvieron—. Cuídate, Miranda.
La joven se quedó mirándolo un instante con tristeza. Era un hombre muy
especial. Se preguntó cómo habría sido su vida si lo hubiera conocido a él antes de
conocer a Tim. Tom era todo lo que Tim no había sido, pero estaba fuera de su
alcance.
—Lo haré. Cuídate tú también —suspiró—. Adiós, Tom.
Él la miró largo rato a los ojos, pero finalmente murmuró otro «adiós» y se dio la
vuelta. La joven lo observó alejarse con angustia, sintiéndose más sola y perdida que
nunca.
Tom se sentía igual, e iba pensando que separarse de ella no debería haber
sido tan difícil, que no debería haberle costado tanto poner fin a algo que apenas si
había empezado, pero ella parecía tan vulnerable cuando
la había mirado por última vez. No podía quitarse su expresión desolada de la
mente. Ninguna mujer había confiado en él como ella lo había hecho, se dijo
recordando la dulce mirada de sus ojos plateados. Y, de nuevo, se encontró dudando.
Empezó a aminorar el paso, y maldijo entre dientes antes de detenerse y girar
en redondo. Miranda no se había movido un milímetro. Seguía allí de pie, con la misma
mirada triste. Y, de pronto, sin siquiera darse cuenta de lo que hacía, Tom se
encontró regresando a grandes zancadas a su lado, casi corriendo al final, hasta que
estuvo otra vez delante de ella. La joven estaba mirándolo con los ojos muy abiertos.
—Has vuelto... —musitó tocándole el brazo.
—No porque mi conciencia no me diga lo contrario, te lo aseguro —masculló él—,
pero parece que no puedo alejarme de ti tan fácilmente. ¿A qué hora sales de
trabajar?
Miranda se notaba la garganta increíblemente seca.
—A las siete.
Tom asintió con la cabeza.
—Pasaré a recogerte, y buscaremos algún sitio donde cenar.
—Podrías venir a mi casa y yo cocinaría algo —le ofreció ella.
—¿Y permitir que estés una hora frente al fuego después de trabajar todo el
día? Ni hablar.
Miranda esbozó una sonrisa.
—Anda, sube o llegarás tarde —le dijo él—. Nos vemos luego.
Tom se quedó esperando a verla entrar en el edificio. Era tan sorprendente
que estuviera sintiendo las emociones que estaba sintiendo por una mujer. Después de
la tragedia que había truncado sus ilusiones de juventud, había creído que nunca sería
capaz de sentir de nuevo.
Tom no tenía nada que hacer durante el resto de la tarde, así que aprovechó
para hacer un poco de turismo. Chicago era una ciudad grande y bulliciosa, como
cualquier otra, pero disfrutó admirando las enormes esculturas modernas, los
edificios, y visitando algunos museos y galerías de arte. Sin embargo nada de ello le
hizo perder la noción del tiempo, y a las seis regresó a su hotel para ducharse y
cambiarse y a las siete estaba esperando a Miranda de nuevo afrente al edificio donde
trabajaba. La joven bajó diez minutos más tarde, jadeante.
—Lo siento —se disculpó mientras trataba de recobrar el aliento—. Mi jefe me
ha retenido enviándole unos faxes en el último minuto.
—No tenías por qué correr —le dijo él con una sonrisa—. Te habría esperado.
Fueron hasta el lugar donde había dejado aparcado el coche, y una vez
estuvieron sentados, le propuso:
—Esta tarde, mientras deambulaba por la ciudad, vi un restaurante polinesio.
¿Has probado alguna vez la comida polinesia? Tienen un plato que se llama poi que es
realmente delicioso.
—¿De veras? Suena muy exótico. Sí, creo que me gustaría probar la comida
polinesia. Esta noche me siento aventurera —contestó ella—. Pero primero me gustaría
ir a casa a cambiarme...
—Por supuesto.
Tom la llevó allí sin que ella tuviera que recordarle el camino y, milagrosamente, encontró
un sitio libre donde aparcar, y pudo entrar en la casa con ella y esperar sentado en el salón mientras Miranda se cambiaba.
Al cabo de unos minutos, ella salió de su dormitorio abrochándose un collar de
perlas en torno al cuello vuelto de un sencillo pero elegante vestido azul oscuro. Se
había soltado el cabello, y le caía sobre la espalda como una catarata de seda negra.
—¿Estoy bien así? —le preguntó—. No estoy demasiado acostumbrada a salir de
noche. Además, a Tim no le gustaban los sitios elegantes, así que no he tenido muchas
ocasiones de vestirme así. Si te parece que esta ropa es demasiado formal puedo
ponerme otra cosa. Es que te vi con ese traje y pensé que...
Tom se acercó a ella y le impuso silencio poniéndole el índice en los labios.
—Así estás muy bien —le dijo—.No hay razón para que estés nerviosa.
—¿No la hay? —replicó ella esbozando una sonrisa—. La verdad es que me siento
como si volviera a tener dieciséis años —de pronto la sonrisa se borró de sus labios—.
Dios mío, no debería estar haciendo esto. Solo hace unas semanas que murió mi marido
y perdí mi bebé. No debería salir —balbució.
—Los dos sabemos que eso no tiene ningún sentido, Miranda —le dijo él—.
Quedarte aquí solo hará que te hundas en la tristeza y el remordimiento. Necesitas
salir y distraerte. Si te ayuda en algo, podrías pensar en nosotros como dos personas
que están solas y están ayudándose la una a la otra a superar un mal momento.
—Tú... ¿estás solo, Tom? ¿No hay nadie que...?
Él inspiró despacio y le acarició el cabello con delicadeza.
—Sí, estoy solo —contestó en un tono áspero—. Siempre he estado solo.
—Nunca has encontrado tu sitio, ¿no es verdad? Nunca te has sentido parte de
nada —adivinó ella, sorprendiéndolo una vez más—. Sé lo que se siente, porque a mí me
ocurre lo mismo. Sam y Joan se han portado muy bien conmigo, pero cada vez que
estoy con ellos me siento como si fuera una intrusa, y aunque cuando conocí a Tim
pensé que al fin había encontrado a alguien que me quisiese a su lado, no funcionó. Él
quería algo que yo no podía darle.
—¿Esto? —inquirió Tom. Y despacio, muy despacio, trazó el contorno de los
carnosos labios femeninos, observando como sus labios se entreabrían. Miranda
reaccionaba al instante a cada pequeña caricia, a cada mirada, y aquello hacía que un
remolino de deliciosas emociones se apoderara de él.
Pero ella lo tomó de la muñeca, deteniéndolo.
—Tom, no —susurró tragando saliva—, por favor.
—¿Te sientes culpable por sentir placer cuando te toco?—le preguntó él
quedamente.
—Supongo que sí —admitió ella—. Era yo quien iba conduciendo, y se perdieron
dos vidas —su voz se quebró por el dolor—. Fue culpa mía...
Tom la atrajo hacia sí, abrazándola, mientras la joven lloraba.
—Tienes que darte tiempo. Miranda. La desesperación no hará sino prolongar el
dolor que sientes. Tienes que tratarte con amabilidad y con paciencia.
—¡No puedo! ¡Me odio!
Tom depositó un suave beso en su frente.
—Miranda, todos nos sentimos culpables por algo, y es natural, porque somos
humanos, pero créeme, puedes superarlo si intentas mirar más allá, ver más lejos en
vez de recriminarte. Tienes que encontrar algo que te haga levantarte cada mañana,
aunque solo sea una película que vayan a estrenar en el cine o ir a comer a un
restaurante, o unas vacaciones... Podrás superar el dolor si anhelas algo lo suficiente.
—¿Y funciona? —inquirió ella entre sollozos.
—A mí al menos me funcionó —contestó Tom.
La joven se apartó un poco de él, limpiándose las lágrimas con el dorso de la
mano.
—Y supongo que no querrás contarme qué te pasó —murmuró esbozando una
pequeña sonrisa.
Tom sonrió también.
—No.
Miranda suspiró.
—No sueles abrirte demasiado a los demás, ¿no es cierto?
—Creo que nos ocurre a los dos —murmuró él, apartándole un mechón del rostro.
Sus ojos descendieron hacia el vestido, tan recatado, y enarcó una ceja.
—Estás pensando que me visto como una cincuentona, ¿verdad? —murmuró ella
frunciendo los labios.
Tom se echó a reír.
—Bueno, la verdad es que no es muy propio para tu edad. ¿No tienes nada más
moderno en tu armario?
Ella lo miró incómoda, como si no se atreviera a decir algo.
—Sí, pero... bueno, es que no me gusta llevar vestidos muy escotados porque...
bueno... se vería.
Tom la estaba mirando perplejo.
—¿Qué se vería? Ahora sí que me has dejado intrigado.
Ella se giró hacia la puerta, visiblemente avergonzada por aquel tema.
—Es mejor que nos vayamos ya, luego se llenará el restaurante.
Tom sonrió divertido.
—¿Te pongo nerviosa Miranda?
—Supongo que como a la mayoría de las mujeres —respondió ella muy seria,
escrutando su rostro—. Eres bastante intimidante.
—Bueno, en ese caso, trataré de no intimidarte demasiado —prometió él con una
sonrisa burlona, mientras abría la puerta y la sostenía para que ella pasara. Y, cuando
ella pasó por delante de él, Tom se preguntó cuánto tiempo podría contener su deseo por ella antes de dar un paso irrevocable.


HOLA!! BUENO AQUI ESTAN LOS CAPS .. UNA DISCULPA POR NO HABER AGREGADO ANTES ... ME SALIO UN PROBLEMA PERSONAL ... BUENO YA SABEN 3 O MAS Y AGREGO MAÑANA :))