viernes, 3 de junio de 2016

7 y 8 - Penultimos Capitulos

Capítulo 7
Miranda no podía creer que él hubiera dicho lo que creía haberle oído decir.
Se quedó mirándolo anonadada.
—¿Qué?
—Quiero que vengas a casa conmigo —repitió Tom. Él mismo se había
sorprendido con aquella declaración, pero por primera vez en su vida estaba seguro de
lo que deseaba—. Quiero algo más que esto —añadió frotándose sensualmente de
nuevo contra ella, y obteniendo un dulce suspiro de los labios de Miranda—. Te quiero
a ti, no solo tu cuerpo.
—Pero... ¿y mi trabajo? —inquirió ella.
—Quiero que te cases conmigo... cuando nos hayamos conocido un poco mejor
—murmuró Tom—. No me mires tan sorprendida —le dijo riéndose suavemente—.
Sabes tan bien como yo que con esta química tan fuerte que hay entre nosotros,
acabaremos haciendo el amor antes o después. Lo que siento por ti no tiene nada que
ver con un romance de una noche, Miranda, y no sería justo que te tratara como a una
conquista. Ven a Texas conmigo.
—¿Y dónde me quedaría? ¿Contigo, en tu apartamento de Houston? —musitó ella.
—No, la tentación sería demasiado grande —replicó él con otra sonrisa
seductora—. Podrías quedarte en la casa donde me crié, con mi madre.
Ella se quedó dudando un momento.
—Pero, Tom, yo... hay algo que no comprendo... Tú me dijiste que odiabas a las
mujeres. Entonces, ¿por qué...?
—Nunca he dicho que te odiara a ti —murmuró Tom. Sus dedos se enredaron
en el cabello de Miranda, y la tomó por la barbilla para que lo mirara a los ojos—.
Nunca he deseado a nadie del modo en que te deseo a ti —le confesó—. Desde que me
marché no he hecho más que pensar en ti.
Ella se echó hacia atrás, estremeciéndose de placer al ver que el movimiento
había atraído los ojos de Tom hacia sus senos, y aquella vez no trató de ocultarlos.
Él los admiró, queriendo memorizar su textura y su color, y alzó los ojos de
nuevo hacia los de ella, leyendo el inequívoco placer y orgullo que había en ellos.
—Te gusta que te mire, ¿no es verdad?
Miranda se sonrojó profusamente, pero asintió con la cabeza.
—Sí —musitó.
—Y a mí me encanta mirarte —le dijo él, acariciando levemente la curva de uno
de sus pechos—. No vuelvas a ponerte jamás un sostén con relleno, ¿me oyes? —añadió
mirándola a los ojos—. Dios, decir que tenías poco pecho... ese hombre debía ser miope
—se incorporó un poco, mirándola de un modo elocuente—. Supongo que no querrás
cocinar así...
—¡Tom! —exclamó ella incrédula, riéndose.
—Bueno, es que eres tan preciosa... —murmuró él—. Me gusta tanto mirarte...
tocarte... —sus dedos acariciaron los senos de Miranda con delicadeza, haciéndola
suspirar de nuevo—... besarte...
Se inclinó otra vez sobre ella, tomando sus labios, hasta que lo que comenzó
como un beso lánguido se tornó en algo apasionado y casi frenético, y de pronto la
boca de Tom volvió a descender hasta las cumbres de sus senos, mordisqueándolas,
lamiéndolas...
—Tom... no será suficiente... —gimió ella desesperada.
—Lo sé... Dios, lo sé... —farfulló él. Se tumbó sobre ella de modo que Miranda
pudiera sentir su excitación, y la miró a los ojos—. Me permitirías poseerte, ¿no es
cierto? —le preguntó con voz ronca—. Aquí, ahora mismo...
—Sí —musitó ella, acariciando la ancha y musculosa espalda de él, deleitándose
en la ligera aspereza de su piel.
Tom mordisqueó el labio inferior femenino.
—No debemos. Miranda... —masculló, lleno de frustración.
—No me importa. Quiero que me hagas tuya.
Tom se estremeció por el impacto que le causaron aquellas palabras.
—Es la verdad, Tom—murmuró ella—. Te deseo...
El vaquero estaba mirándola hipnotizado, y respondió con vehemencia a sus
besos, pero cuando las manos de Miranda bajaron hasta la hebilla del cinturón, la
detuvo. Se había jurado a sí mismo que no permitiría que aquello fuese demasiado
deprisa. Tenía que controlarse. Por ella y por él.
—Miranda, no —murmuró apartándose de la joven.
—Pero, Tom...
Él le tapó los labios con las puntas de los dedos.
—No, Miranda. Vamos a hacer las cosas bien. Precisamente porque te respeto,
esperaré —recogió el jersey de la joven del suelo y la ayudó a ponérselo. A
continuación tomó su camisa, metió los brazos por las mangas y comenzó a vestirse—.
Anda, será mejor que vayamos a la cocina.
Durante la cena, sin embargo, Miranda se mostró muy callada, como si sus
fantasmas estuvieran otra vez merodeando a su alrededor. Tom la observó
preocupado mientras ella revolvía absorta su ensalada con el tenedor.
—¿En qué piensas? —le preguntó con suavidad.
Ella alzó sus ojos grises hacia él, y apartó de su rostro un mechón de cabello
oscuro.
—Estaba recordando el día del accidente. Lo cierto es que he estado
sintiéndome culpable por ello todos estos meses, pero la policía dijo que no habría
podido hacer nada para evitarlo. La carretera estaba resbalosa por la lluvia, y otro
vehículo trató de adelantarnos de repente, sin avisar. Yo reaccioné, pero una fracción
de segundo tarde. Supongo que fue el destino.
—Supongo que sí—asintió él.
—Tim nunca se portó bien conmigo, pero aun así siento que tuviera que perder la
vida de aquel modo — dijo Miranda con tristeza—. Y mi bebé... me dolió tanto perder a
mi bebé... Tenía tanta ilusión por tener un hijo...
—Yo te lo daré —dijo Tom con voz ronca y un destello posesivo en sus ojos
cafeces.
Ella alzó la vista sorprendida.
—¿Quieres... quieres tener un hijo conmigo? —inquirió en un hilo de voz,
emocionada.
Tom había dicho aquello sin pensarlo, de un modo espontáneo, pero se dio
cuenta, sorprendido, de que era la verdad, que no había dicho más que lo que su
corazón ansiaba. Un hijo podría ayudar a Miranda a superar su dolor, y, aunque no
estuviera enamorada de él, tal vez un hijo en común haría que a la larga sintiera al
menos afecto por él.
—Sí, Miranda —le dijo con solemnidad—, quiero tener un hijo contigo.
La joven le sonrió con los labios y con la mirada.
—Pero no ahora mismo, claro —le dijo él con una sonrisa traviesa—. Primero, tú y
yo vamos a conocernos mejor... Hay muchos escollos que superar antes de buscar un
sacerdote que nos case.
Miranda sabía cuál era uno de los escollos a los que se refería: su pérdida.
Esbozó una sonrisa con valentía.
—De acuerdo, Tom, como tú digas.
Él sonrió también y le apretó la mano con suavidad. Por primera vez sentía que su
vida iba en la dirección correcta.

Miranda se sentía terriblemente nerviosa cuando salieron del aeropuerto en
coche en dirección al rancho Kaulitz. Apenas escuchó una palabra de lo que Tom
le estaba diciendo acerca de la localidad de Jacobsville y de los lugares que iban
pasando. Estaba aterrada ante la idea de conocer a la madre de Tom. ¿Le parecería
una buena esposa para su hijo? Y, respecto a los hermanos, ya había conocido al mayor,
Evan, pero estaban los otros dos, y sus esposas...
Cuando Tom detuvo el automóvil frente a la casa del rancho, Miranda se dio
cuenta de que estaba conteniendo el aliento y lo expulsó lentamente en un intento de
calmarse.
—No tienes que preocuparte por nada —le dijo Tom—. Estás preciosa, y les
vas a caer estupendamente a todos, ya lo verás.
Miranda esbozó una débil sonrisa, pero se notaba las manos frías y sudorosas, y
no logró borrar de su rostro la expresión de aprehensión cuando Tom abrió su
puerta y la ayudó a salir del coche.
Entretanto, Theodora Kaulitz estaba escondida dentro junto con Evan
espiando por entre las cortinas de la sala de estar.
—¡Ha traído a una mujer con él! —exclamó indignada—. Me ha atormentado
durante años por lo que hice, primero por lo de su verdadero padre, y después por
esa... esa chica de la que estaba enamorado —Evan frunció el ceño y la miró sin
comprender, pero su madre no lo vio, porque se había tapado el rostro con la mano—.
Me amenazó con traer a casa a una prostituta en venganza, y eso es lo que está
haciendo, ¿no es verdad, Evan? ¡Va a castigar mi debilidad metiendo a una mujer de la
calle en nuestro hogar!
Evan estaba demasiado atónito como para responder a eso, y cuando recordó que
no le había hablado a su madre de Miranda, ya era demasiado tarde. Theodora era una
mujer de campo, y al ver a Miranda salir del coche de Tom, tan sofisticada,
maquillada y con aquellas sandalias de tacón, la había tomado por lo que no era.
Al cabo de un rato se abrió la puerta principal y apareció Miranda, con Tom
detrás de ella.
—Miranda, esta es mi madre, Theodora.
El tono arrogante que usó, y el hecho de que no dirigiera siquiera una palabra de
saludo, no hizo sino cimentar las espantosas sospechas de la señora Kaulitz.
Miranda miró a la mujer baja y morena frente a ella, que permanecía con las
manos enlazadas en la cintura.
—Es... es un placer —murmuró finalmente, con voz ligeramente temblorosa, al ver
que la madre de Tom no había esbozado siquiera una leve sonrisa.
De hecho parecía furiosa por alguna razón, y resultaba casi tan intimidante como
Tom cuando estaba irritado. Ella se sentía incómoda, pero trató de hacer un
esfuerzo a pesar de todo—. Tom ha sido muy amable conmigo —comenzó.
—Apuesto a que sí —masculló Theodora con puro veneno en la voz.
Miranda no había esperado aquello, y se sintió francamente desconcertada.
Tragó saliva y contuvo las lágrimas que estaban empezando a agolparse en sus ojos
grises.
—Creo... Creo que deberíamos irnos, Tom — balbució, girando el rostro hacia
él. Los ojos de él relampagueaban.
—¿Qué clase de recibimiento es este? —le exigió saber Tom a su madre.
—¿Qué otra clase de recibimiento esperabas? —le espetó ella con la mandíbula
apretada—. Esto ha sido un golpe realmente bajo.
—¿Y cómo crees que se siente ella? —rugió Tom.
—No recuerdo haberla invitado —le contestó la señora Kaulitz con aspereza.
Miranda quería que se la tragara la tierra.
—Tom, marchémonos, por favor —le suplicó, tirándole suavemente de la
manga de la chaqueta.
—No podéis iros —intervino Evan en su favor al ver a la pobre joven tan
atemorizada—.. Acabáis de llegar. Vamos, venid y sentaos.
Pero Miranda no se movió de donde estaba. Alzó de nuevo suplicante los ojos
hacia Tom.
—Está bien —la tranquilizó él tomándola de la mano—. Nos marcharemos —le
prometió—. Pero antes —dijo volviéndose hacia su madre con gesto furioso—, quiero
que ella sepa que tu marido murió en una accidente de tráfico hace unos meses
—masculló, observando cómo la sorpresa distendía las facciones de la señora
Kaulitz—, que perdiste también al hijo que llevabas en tu seno, que he estado
saliendo contigo en Chicago, y que quería que vinieras a Jacobsville para presentarte a
mi familia, pero que, dada la recepción que te ha dado, dudo que quieras tener ningún
trato con ella.
Y, dicho eso, Tom apretó la mano de Miranda y se dirigió con ella hacia la
puerta. Theodora, que, azorada por su exhibición de arrogancia sin motivo, estaba
conteniendo las lágrimas a duras penas, extendió el brazo para detenerlos.
—¡Oh, no! ¡No, por favor...! —los llamó.
Los dos se giraron, y Theodora se dio cuenta de que la joven también estaba al
borde de las lágrimas. No debía haber tratado de ese modo tan descortés a una
persona que nada tenía que ver con sus problemas con Tom. De hecho, a pesar
incluso de lo irritante que podía ser su hijo, gran parte de la culpa había sido suya por
haberse precipitado a sacar conclusiones sin saber nada.
—Yo no quiero molestar... —balbució Miranda, poniéndose aún más pálida de lo
que ya lo estaba. Sabía que la relación de Tom con su madre no era muy buena, pero
no había imaginado que la situación entre ellos fuera tan tensa—. Será mejor que
vuelva a Chicago. Mi trabajo...
Tom maldijo entre dientes y le rodeó los hombros con el brazo, atrayéndola
hacia sí. Su mirada fue de la cabeza gacha de Miranda a la expresión atormentada en
el rostro de su madre.
—Le había pedido a Miranda que viniera conmigo a Texas para conocer a mi
familia y que decida por sí misma si le gusta esto y si podría acostumbrarse a la vida
en un rancho —le explicó a Theodora con una sonrisa gélida—, porque, si es así, quiero
convertirla en mi esposa. Pero no necesitamos de tu hospitalidad para nada. Seguro
que el motel de Jacobsville tendrá un par de habitaciones libres.
—Tom, no —lo interrumpió Miranda apartándose de él—. No debería haber
venido. Por favor, llévame al aeropuerto. Ha sido un error venir aquí.
—Claro que no —le dijo Evan, mirando con dureza a Tom y después a
Theodora—. ¡Fijaos en que estado habéis puesto a la pobre muchacha!
Theodora se armó de la poca dignidad que le quedaba y se dirigió a Miranda
balbuciente.
—Yo no sabía... yo no sabía...
—Ya es demasiado tarde para arreglarlo, Teodora —le espetó Tom—. Me la
llevo de aquí. No tiene por qué aguantar tus paranoias ni tus desprecios —y volvió a
tomar a Miranda de la mano para sacarla de la casa y regresar al coche.
Sin embargo, antes de que pudiera bajar el picaporte de la puerta de entrada,
Evan, que los había seguido hasta el vestíbulo, lo detuvo.
—Vamos, Tom, no seas así. Dale una segunda oportunidad a mamá. Además,
Miranda todavía no ha podido conocer a Donald y a Jo Ann, ni a Connal y a Pepi —le
dijo—, ni ha podido ver nuestro ganado, ni aprender a montar a caballo, por no
mencionar que tampoco ha tenido tiempo de intimar conmigo —añadió con la sorna que
lo caracterizaba.
—¿Contigo? —repitió Tom frunciendo el ceño.
—Exacto, conmigo, que soy la flor y nata de la familia—dijo Evan poniendo los
brazos en jarras.
Miranda no pudo evitar echarse a reír. Evan era tan cómico... Theodora
aprovechó el momento para acercarse a la joven.
—Discúlpame, Miranda. Me he comportado como una idiota. Por favor, quédate,
yo quiero que te quedes. Eres más que bienvenida en mi casa.
La joven se quedó dudando un instante, y buscó los ojos de Tom, como
esperando su aprobación, pero Evan volvió a intervenir.
—Si te marchas no podrás descubrir la cantidad de virtudes que me adornan —le
dijo con una sonrisa deslumbrante.
Y Miranda no pudo evitar reírse otra vez.
—Y yo acabo de hacer un pastel de chocolate — añadió Theodora ansiosa—.
Vamos, pasad a la sala de estar. Prepararé un poco de café y también unos
emparedados. Seguro que apenas habéis comido nada en el avión. La comida de los
aviones es abominable.
—Es cierto —asintió Miranda sonriendo tímidamente a la madre de Tom—,
aunque creo que yo tampoco he comido mucho por lo nerviosa que estaba.
—Y no sin razón —masculló Tom lanzando una mirada furibunda a su madre.
—Tom, para ya, o tú y yo iremos a dar un paseo... detrás del granero —le dijo
Evan sonriendo, pero con una advertencia en sus ojos oscuros—. Supongo que no
habrás olvidado la última vez, ¿verdad?
—¿Te refieres a aquella en la que te partí un par de dientes? —respondió Tom
con una sonrisa burlona.
—Yo te rompí la nariz —le recordó Evan.
Theodora se dio cuenta de que Miranda estaba observando a uno y a otro con los
ojos muy abiertos.
—¡Ni se os ocurra salir a pegaros como dos adolescentes! —los reprendió—. La
pobre Miranda probablemente piense que ha ido a caer en un corral de gallos de pelea.
Vamos a intentar por una vez comportarnos de un modo civilizado los unos con los
otros.
—Eso dilo por Tom y por ti —le dijo Evan fingiéndose indignado—. Yo soy un
hombre muy pacífico mientras no me fastidien —se volvió hacia Miranda—. No te
preocupes, yo te protegeré de ellos —le susurró.
Ella se echó a reír de buena gana, y recibió de Theodora el abrazo que antes no
había recibido.
Durante la merienda el ambiente estuvo mucho más distendido, y cuando Tom
tuvo que salir con Evan a atender unos asuntos del rancho, la señora Tremayne habló
en confianza con Miranda.
—De veras que siento muchísimo lo ocurrido —le dijo—. En realidad ha sido todo
un malentendido. Tom no había dicho que venías.
—¿No se lo dijo? —repitió Miranda extrañada.
Theodora meneó la cabeza.
—A Tom... le gusta ponerme las cosas difíciles, ya ves. Supongo que pensó que
no tenía por qué avisarme de antemano. Como te dije, no tiene nada que ver contigo.
Nuestra relación es... algo tensa —murmuró—. Lo cierto es que me alegra tenerte aquí.
Aunque Evan todavía vive conmigo, el trabajo lo tiene muy ocupado y no tengo a nadie
con quien charlar — dijo estudiando el delicado rostro de Miranda—. Tom no había
traído nunca a una mujer a casa. Debe estar muy enamorado de ti.
—No estoy segura de que sea eso —replicó la joven bajando la vista a su
regazo—. Me parece que siente lástima por mí —dijo encogiéndose de hombros—. La
verdad es que no sé por qué quiere casarse conmigo, pero es de esa clase de personas
que no admiten un «no» por respuesta — añadió riéndose suavemente—. Antes de que
me diera cuenta de lo que estaba pasando me encontré a bordo del avión.
Theodora sonrió.
—Sí, Tom es inflexible —asintió—, y como ves también puede mostrarse cruel
—añadió con un suspiro—. Y no digo que no tenga sus motivos... Verás, yo... tuve una
relación estando separada, y Tom fue el resultado de ella.
—Lo sé —murmuró la joven incómoda.
—¿Te ha hablado Tom de ello? —inquirió la señora Kaulitz sorprendida.
Miranda asintió en silencio—. ¡Debe ser la primera vez! —exclamó con los ojos muy
abiertos—. No suele hablar de ello con nadie.
—Supongo que será porque yo me abrí a él, hablándole del accidente —respondió
la joven—. A veces las confidencias atraen más confidencias.
—Debió ser terrible para ti —murmuró Teodora apenada por la muchacha—.
¿Querías mucho a tu marido?
—La verdad es que nuestro matrimonio fue un tremendo error, pero no puedo
evitar sentirme mal por su muerte. Lo que más me está costando superar es la pérdida
de mi bebé. ¡Ansiaba tanto tener un hijo!
—Lo comprendo —le dijo Theodora, apretándole la mano afectuosamente—. Pero
lo superarás, ya verás, lo superarás. Con el tiempo las cosas siempre se arreglan.
Aquella frase hizo que Miranda pensara en los problemas entre Tom y su
madre. Se giró tímidamente hacia Theodora.
—Perdone que me entrometa, pero... hay algo más entre usted y él que el que
Tom sea hijo ilegítimo, ¿no es así? —inquirió. Theodora agachó el rostro.
—Sí, hay algo más.
—Discúlpeme, no era mi intención molestarla. No tiene por qué hablarme de ello
—balbució Miranda sonrojándose por su atrevimiento.
—No te disculpes, hija. Tienes derecho a saberlo —repuso Theodora. Inspiró
profundamente y expulsó el aire antes de continuar—. Había una chica... Elizabeth.
Tom y ella estaban muy enamorados, pero los padres de la joven desaprobaban su
relación. Habían planeado huir juntos y casarse —el rostro de Theodora se
ensombreció al evocar aquellos tristes recuerdos—. Ella llamó a casa una noche, de
madrugada, diciendo que necesitaba hablar con Tom. Parecía frenética, pero mi hijo
ya se había ido a acostar, y yo pensé que habían tenido una pelea y, creyendo que eran
cosas de adolescentes, le dije que podía esperar hasta la mañana siguiente. La
reprendí por molestar a esas horas, le dije que Tom no quería hablar con ella en ese
momento, y colgué —murmuró contrayendo el rostro—. Tom y yo teníamos
apenas comunicación por las circunstancias de su nacimiento, así que yo no sabía nada
de sus planes de escaparse, ni tampoco sabía que estaba realmente enamorado de
aquella chica. A la mañana siguiente supe que sus padres se habían enterado de lo que
pretendían hacer, y habían empezado a hacer los preparativos para enviarla a un
internado en Suiza, para mandarla lejos de Tom. Supongo que el decirle yo a la
chica que Tom no quería hablar con ella debió destrozarla, y se tiró desde el balcón
del segundo piso de su casa. Cayó sobre el enlosado del patio y murió al instante.
Miranda se tapó la boca y cerró los ojos espantada, imaginando el infierno que
aquello debió haber sido para Tom.
—Se pasó semanas sin hablarme después de aquello. Desaparecía noches enteras,
y volvía borracho al amanecer —continuó Theodora, secándose las lágrimas que habían
empezado a aflorar a sus ojos—. Nunca me ha perdonado por aquello, y la verdad es
que a mí misma sigue atormentándome el recuerdo. Hace ya doce años, pero aquello
nos separó aún más. Hizo de mí su peor enemigo, y desarrolló un odio acérrimo hacia
las mujeres.
—Lo siento muchísimo —murmuró la joven—, por los dos.
Theodora meneó la cabeza tristemente y tomó un sorbo de su café.
—Como ves, Miranda, todos tenemos una cruz que llevar.
La joven asintió en silencio.
—¿Y tú? —inquirió Theodora al cabo de un rato—. ¿Amas a Tom?
Miranda se sonrojó profusamente, pero no apartó la vista.
—Con todo mi corazón —respondió sin vacilar.
—Tom se muestra muy protector contigo —comentó Theodora—, y parece que
va muy en serio.
—Sé que me desea —murmuró la joven sonrojándose otra vez—, pero no sé si
siente algo más por mí. Por eso no estoy segura de aceptar su proposición. El deseo no
es suficiente para garantizar la felicidad en el matrimonio.
—Pero de él puede surgir el amor —replicó Theodora—. Tom sabe amar, solo
que ha olvidado cómo hacerlo —le dijo con una sonrisa—. Tal vez tú puedas
recordárselo.
Miranda le devolvió tímidamente la sonrisa.
—Ojalá.
Entretanto, Tom y Evan salían de los establos, de regreso a la casa.
—Todavía no puedo creer que la hayas traído a casa —murmuró Evan, sonriendo a
su hermano con picardía—. Si finalmente te casas, serás la primera plana en la gaceta
de Jacobsville y la gente no hablará de otra cosa durante meses. Tú, el misógino, el
eterno soltero...
Tom se encogió de hombros.
—Es joven, bonita, encantadora, y nos llevamos bien —contestó—. Además, ya me
ha llegado la hora de sentar la cabeza —añadió con la vista fija en el sol ocultándose
en el horizonte—. Aunque seamos cuatro, necesitaremos hijos para que nos ayuden a
mantener este lugar. Detestaría que un día tuviéramos que venderlo.
—Yo también —asintió Evan, metiéndose las manos en los bolsillos—. Por cierto,
para evitar en lo sucesivo incidentes como el de hoy, creo que no estaría de más que
intentaras mejorar tu relación con mamá y hablar más con ella, o al menos avisarla de
lo que piensas hacer. Cuando os vio llegar, la pobre mujer pensó que habías traído esa
prostituta con la que llevabas tanto tiempo amenazándola.
Tom frunció el entrecejo.
—¿Y tú no le dijiste quién era? —exclamó indignado, aunque sabía que en parte la
culpa era suya como muy bien decía Evan.
—Intenté hacerlo, pero no hubo tiempo —le espetó Evan airado—. Deberías
haber llamado antes para avisar. Independientemente de tus diferencias con mamá,
creo que se merece un mínimo de cortesía, y presentarte aquí con una huésped a la que
no espera ni conoce, es algo imperdonable.
—Lo sé —masculló Tom, sorprendiendo enormemente a su hermano. Cortó una
ramita de un árbol que pasaron, y jugueteó con ella mientras caminaban— . ¿Te ha
hablado a ti alguna vez Theodora de mi verdadero padre? —inquirió de repente, sin
mirar a Evan.

Capítulo 8
Evan enarcó las cejas anonadado y se paró en seco, así que su hermano tuvo que
hacer otro tanto. Tom nunca había preguntado por su verdadero padre, ni a su madre,
ni a él, ni a nadie que él supiera. Ni siquiera había querido conocer su nombre.
—¿A qué viene esa pregunta? —inquirió suspicaz.
Tom frunció el entrecejo.
—No lo sé. Supongo que tengo curiosidad. Me gustaría saber algo sobre él, eso es
todo.
—Pues me temo que tendrás que preguntarle a mamá —le dijo Evan—porque ella
es la única que puede responderte a lo que quieras saber.
Tom contrajo el rostro irritado.
—Eso le encantaría —masculló.
Evan lo miró con dureza.
—Tom, mamá no vivirá para siempre —le dijo—, y un día tendrás que vivir con
el modo en que la has tratado sobre tu conciencia.
Los ojos de Tom relampaguearon furiosos, pero al cabo pareció calmarse, y
volvió a fijar la vista en el horizonte.
—Lo sé —murmuró—, pero ella también tiene algunas culpas que purgar.
—Tom, vives devorado por el odio y los deseos de venganza —le reprochó
Evan—. Eres tú el que va a la iglesia y el que quería ser sacerdote, no yo, pero me
parece que deberías practicar lo que se predica en la casa de Dios: el perdón.
Y se alejó hacia la casa, dejando al otro hombre callado y pensativo.
La cena de aquella noche fue muy bulliciosa y animada, ya que acudieron también
Donald y Jo Ann. El hermano Kaulitz resultó ser casi tan bromista como Evan, y
entre los dos lograron distraer la atención de Miranda del enfurruñamiento de Tom
y la incomodidad de Theodora. Pronto, a pesar de la falta de entusiasmo de Tom
por la reunión, la joven empezó a sentirse como en casa, y verdaderamente estaba
disfrutando de la velada, cuando de pronto Tom se excusó, después del postre, y
salió fuera. La joven se quedó conversando un rato más por educación, pero en cuanto
tuvo ocasión se excusó también y fue tras él.
—Pensé que estabas pasándolo en grande con mi familia —le dijo al verla
aparecer en el porche.
Lejos de molestarse, la joven sonrió ante su beligerancia. Lo comprendía muy
bien. Sabía que Tom se sentía como un intruso, como alguien que no encajaba, ni
siquiera dentro de su propia familia. Siempre parecía dispuesto a saltar a la yugular de
cualquiera que se atreviera a meterse con él, y se notaba que estaba celoso de la
atención que ella estaba obteniendo de esa familia de la que no acababa de sentirse
parte.
Se acercó a él y se sentó a su lado en el columpio.
—Tu familia me parece encantadora —admitió—, pero es contigo con quien quiero
estar.
Aquellas palabras sinceras conmovieron a Tom, y esbozó una sonrisa. Parecía
que, después de todo, no se había equivocado con ella. Era como si pudiera leer en su
alma las cosas que él no sabía cómo explicarle con palabras.
Vacilante, deslizó un brazo en tomo a la cintura de Miranda y la atrajo hacia sí, y
ella apoyó una mano en su pecho y la cabeza en su hombro mientras él hacía que el
columpio se balanceara suavemente.
—Hay tanta paz aquí —murmuró Miranda con un suspiro.
—¿Demasiada para una chica de ciudad? —la picó él sin malicia.
La joven estuvo a punto de decirle la verdad, de cómo se había criado en un lugar
similar a aquel, pero decidió que aún mantendría aquello en secreto un poco más.
Quería que Tom la quisiera por ser quien era, no solo porque pudiera adaptarse a la
vida en un rancho.
—No te preocupes —le dijo Tom—. Por nuestros negocios tengo que viajar
bastante, y no tengo intención de vender nuestro apartamento en Houston, así que no
te aburrirás —le prometió.
—Tom... ¿estás seguro de que es eso lo que quieres? ¿Estás seguro de que
quieres casarte conmigo? —inquirió ella, poniéndolo a prueba—. Sé que tú me deseas,
pero tiene que haber algo más.
Sin embargo, él no parecía estar escuchándola. Estaba observándola embelesado
con sus brillantes ojos cafeces.
—Te daré dos semanas para hacerte a la idea. Miranda.
—Pero, Tom...
—Dos semanas —repitió él—. Cuando pasen esas dos semanas te llevaré a México
y nos casaremos antes de que puedas negarte.
—¡Tom no puedes hacer eso! ¡No sería justo! —exclamó ella indignada,
apartándose de él.
—Yo nunca he dicho que fuera justo —repuso él muy tranquilo—. Por primera vez
en mi vida me siento vivo de verdad Miranda.
—Pero, ¿y si resulta que todo lo que hay entre nosotros no es más que algo
físico? —gimió ella.
—Aun así tendríamos más de lo que tienen muchas parejas —contestó él—.Lo
único que esperaré de ti será fidelidad Miranda. Y con el tiempo quizá un hijo.
—A mí también me gustaría tener hijos —murmuró ella bajando la vista—.
Supongo que a veces Dios nos da una segunda oportunidad, ¿verdad? —dijo alzando los
ojos hacia Tom.
Él había estado pensando lo mismo. Le acarició la mejilla suavemente.
—Sí, supongo que sí —y la besó con ternura antes de volver dentro con ella.
Durante los días que siguieron, Miranda siguió interpretando el papel de chica de
ciudad. Dejó los pantalones vaqueros y las camisas de algodón dentro de la maleta,
poniéndose faldas, pantalones de vestir y blusas de seda para andar por el rancho.
Además, cada mañana se maquillaba con el mismo esmero que si fuera a la oficina.
Para que su actuación resultara aún más convincente, fingió que le desagradaba
el ganado, quejándose de que olía mal en el establo, y cuando fueron a las caballerizas
se mostró reticente a acercarse a una yegua que Tom le quería mostrar.
—No va a hacerte ningún daño —le dijo Tom, esforzándose al máximo por no
irritarse con ella.
Le ponían nervioso las mujeres remilgadas. Lo cierto era que tenía que habérselo
esperado, se decía. Aquello era un mal augurio. Y fue aún peor cuando a continuación le
dijo que iba a enseñarle el rancho, y que irían a caballo.
—¿A caballo? —repitió Miranda contrayendo el rostro—. Pero es que no me
gustan los caballos, Tom —mintió haciendo pucheros—. Una vez de pequeña me
montaron en uno en una feria y me dio mucho miedo. Además era muy incómodo. ¿No
podríamos ir en la camioneta?
Tom tuvo que morderse la lengua.
—Pues claro —le dijo en un tono cortés—, iremos en la camioneta, no importa.
Miranda se dio cuenta por la rigidez de su mandíbula que sí importaba, y reprimió
a duras penas una sonrisilla maliciosa. Y así, cuando salieron de las caballerizas, se
agarró de su brazo, pisando vacilante el camino lleno de piedras y hierbas porque se
había puesto unos zapatos de tacón... con toda la idea.
—Cariño —le dijo Tom al advertirlo—. ¿No has traído unos zapatos planos y
una ropa menos elegante? —inquirió con el ceño fruncido—. Esa no es la manera más
adecuada de ir por un rancho. Arruinarás esas ropas tan bonitas.
Ella sonrió, como si estuviera encantada por lo considerado que era, y se apretó
contra su brazo.
—No me importa. Me encanta estar contigo.
Aquella declaración arrancó al fin una sonrisa de los labios de Tom, y de
pronto todas sus preocupaciones acerca de si Miranda encajaría allí o no se
desvanecieron. Ella estaba a gusto con él, y él con ella, y eso era lo único que contaba.
—A mí también me gusta estar contigo —le dijo suavemente.
Parecía sincero, se dijo Miranda, pero ella necesitaba algo más que palabras.
—Te molesta que sea una chica de ciudad, ¿verdad? —inquirió poniéndose seria—,
que no esté acostumbrada a la vida en el campo.
Tom apartó la vista incómodo. ¿Cómo lograba leer siempre sus pensamientos?
—Bah, no tiene importancia —le aseguró él, tratando de sonar despreocupado—.
Después de todo, nadie espera que me vayas a ayudar con el ganado ni nada de eso. Y
tenemos muchas cosas en común, aunque yo sea de campo y tú de ciudad.
—Es verdad —asintió ella con una sonrisa—, como las películas de ciencia-ficción,
la música clásica, y el béisbol —dijo enumerando algunas de las cosas que estaban
descubriendo que les gustaban a los dos.
Habían llegado al lugar donde estaba aparcada la camioneta. Tom la ayudó a
subir, se sentó frente al volante, y comenzaron a recorrer las distintas instalaciones
del rancho. La última parada que hicieron fue en un establo especial con aire
acondicionado donde tenían a Oíd Man Red, uno de sus toros de santa Gertrudis, con
el que habían ganado innumerables galardones en las ferias de ganadería.
Miranda tuvo que contener una exclamación admirada que casi saltó a su
garganta al ver al animal. Tenía un perfil noble, y era enorme, un magnífico ejemplar.
Había visto muchos toros durante su adolescencia en el rancho de su padre en Dakota
del Sur, pero jamás uno como aquel.
—¡Qué grande es! —murmuró.
—Es el orgullo del rancho Kaulitz—le dijo Tom con una amplia sonrisa de
satisfacción. Extendió la mano y le acarició el morro al animal—. Está acostumbrado a
las personas desde que era una cría, así que es totalmente manso. Es como una
mascota enorme.
Miranda se rio. Sintió un impulso de acariciarlo ella también, pero se contuvo,
recordándose que él creía que le daban miedo los animales, y se alejó un poco, como si
no se fiara a pesar de lo que él acababa de decirle.
Tom la tomó de la mano y salieron del establo. Afuera estaba atardeciendo, y
él propuso que se sentaran bajo un gran árbol en lo alto de una loma, para observar la
puesta del sol. Miranda se sentó acurrucada junto a él, y suspiró. Nunca se había
sentido tan feliz, ni tan en paz.
—¿Creciste aquí, Tom? —le preguntó al cabo de un rato, mientras él le
peinaba el cabello con los dedos, absorto en sus pensamientos, y con la mirada perdida
en el horizonte.
—Sí —asintió—. Mis hermanos y yo jugábamos a indios y vaqueros por estos
campos.
—Déjame adivinar: tú eras siempre el indio — murmuró ella, alzando el rostro
con una sonrisa maliciosa.
—¿Cómo has sabido eso? —inquirió él frunciendo el entrecejo.
—Porque eres tan estoico —le dijo ella riéndose—, y tan digno y orgulloso.
—Connal también lo es —comentó Tom—. Lo conocerás esta noche. Va a venir
a cenar con Pepi y el bebé —se quedó mirando preocupado la expresión de su rostro,
que de pronto se había ensombrecido—. Tal vez no ha sido una buena idea
—murmuró—. Si eso va a hacer que te sientas mal...
Pero ella meneó la cabeza.
—No, si tú estás a mi lado estaré bien —le aseguró.
Tom la miró henchido de orgullo. Lo hacía sentirse protector, hacía que
sintiese que lo necesitaba. La atrajo hacia sí y la abrazó con fuerza, apoyando la
mejilla sobre su oscura cabellera, sintiendo el soplo de la ligera brisa en su rostro.
—¿Y tú? ¿A qué jugabas de pequeña? —murmuró— . Supongo que a las muñecas.
—La verdad es que no. Lo que me gustaba era... — Miranda se calló de repente al
darse cuenta de que había estado a punto de decirle que desde muy joven había
estado participando en rodeos, y que había ganado trofeos, además.
—¿Qué te gustaba? —inquirió él, que se había quedado esperando.
—Em... ponerme la ropa de mi madre y pintarme —improvisó Miranda— Ya sabes,
cosas de chicas — dijo riéndose—. Incluso hacía desfiles de modelos para mis muñecas
—añadió, poniendo la guinda al pastel.
La reacción de Tom fue exactamente la que esperaba.
—Oh, ya veo —fue lo único que acertó a decir.
—Te habría gustado más que hubiera dicho que me gustaba montar a caballo y
hacer mermelada casera, ¿no es verdad? —le dijo con una media sonrisa—. La clase de
cosas que les gustan a las chicas del campo.
—No digas bobadas —farfulló Tom, aunque ella había dado en el clavo—. Uno
no puede escoger las cualidades de una persona a su antojo. Y tu belleza interior es
mucho más importante para mí que el que sepas o no montar a caballo —le aseguró
vehemente—. Eres leal, honesta y compasiva, y me haces vibrar como ninguna otra
mujer lo había logrado jamás —le dijo. De pronto, sin embargo, frunció el entrecejo,
como preocupado—. Pero, ¿y yo?, ¿soy suficiente para ti?
—¡Vaya una pregunta! —exclamó ella riéndose, aunque la había conmovido
profundamente la descripción que acababa de hacer de ella,
—Bueno, soy un hombre difícil, y poco sociable —murmuró Tom—. No voy a
fiestas, no me ando con demasiados miramientos, y me cuesta compartir mis
sentimientos —le dijo encogiéndose de hombros.
Miranda, que había estado escuchándolo en silencio, lo miró con ternura.
—Tom, el día que nos conocimos fuiste detrás de mí para devolverme mi
bolso, cosa que mucha gente no habría hecho, me detuviste cuando estuve a punto de
saltar de aquel puente, y me llevaste contigo a tu hotel esa noche para asegurarte de
que no volvería a intentarlo, que estaría bien —le dijo sonriendo—. Solo habíamos
estado juntos unas horas, pero con eso me bastó para darme cuenta de que eras un
buen hombre.
Tom se inclinó y la besó en los labios.
—¿Y si te fallo? —le susurró Miranda—, Soy una chica de ciudad...
El vaquero buscó sus ojos.
—No me importa —le respondió con voz ronca.
Miranda le rodeó el cuello con los brazos y se recostó contra su cuerpo.
—Cuando nos casemos podemos irnos a mi apartamento de Houston —le dijo
Tom—, y tal vez algún día no te disguste tanto la vida en un rancho. Y si no
—añadió—, tampoco pasa nada. Lo importante es que estemos juntos.
Miranda sintió que el corazón le latía con fuerza, y cerró los ojos mientras los
labios de Tom volvían a descender sobre los suyos.
Connal y su mujer Pepi fueron aquella noche al rancho como habían prometido, y
llevaron a su hijito Jaime, que se convirtió inmediatamente en el centro de atención.
Pepi no sabía que Miranda había perdido un bebé, pero advirtió la expresión
triste en el rostro de la joven cuando miraba al niño.
—¿Qué te ocurre Miranda? —le preguntó con suavidad, tocándole la mano,
mientras los hermanos hablaban del ganado junto a la chimenea y Teodora ponía la
mesa en el comedor.
Ella vio algo especial en los ojos castaños de Pepi, y sintió que podía hablarle con
confianza.
—Perdí a mi marido y a mi bebé en un accidente de tráfico hace cuatro meses.
—Oh, Dios, cuánto lo siento... —murmuró Pepi—. Pero aún eres muy joven.
Tendrás otros hijos, ya lo verás.
—Me gustaría —contestó Miranda sonriendo. Y, de un modo involuntario, sus ojos
se alzaron hacia el otro extremo de la sala, al lugar donde se encontraba Tom.
—Connal me ha dicho que Tom nunca antes había traído a una mujer a casa
—le dijo Pepi—, y dado que hasta ahora se ha comportado como si odiase a las
mujeres, tú debes ser muy especial para él.
Miranda se sonrojó incómoda.
—No lo sé. Estamos en una especie de periodo de prueba, conociéndonos mejor
antes de que Tom decida cuando vamos a casamos.
—¿Antes de que lo decida Tom? —repitió Pepi riéndose—. ¡Qué típico! No
puede negar que es un Kaulitz.
—Sí, es don «ordeno y mando» —farfulló Miranda frunciendo los labios.
—Todos los hermanos son iguales en ese sentido —le confió Pepi—, incluso
Donald, pregúntale si no a Jo Ann —le aseguró riéndose—. ¿Sabes?, yo al principio le
tenía algo de miedo a Tom, pero pronto me di cuenta de que tenía buen corazón, y
podría decirse que es gracias a él que Connal y yo estamos juntos ahora.
—Es cierto que al principio intimida bastante — asintió Miranda—. Evan es el
único que tiene buen carácter, por lo que veo.
—¿Eso crees? —se rio Pepi entre dientes—. Pídele a Tom que te cuente lo de
aquella vez que Evan arrojó a uno de los peones del rancho por encima de un vallado.
Evan no es exactamente lo que parece. Es bromista y divertido, pero cuando se enfada
hay que ponerse a cubierto.
—Pues conmigo se mostró muy amable desde el principio —repuso Miranda
contrariada.
—Si le caes en gracia no hay problema, pero si no... —murmuró Pepi—. ¿Y qué me
dices de Theodora?, ¿no te parece un encanto?
—Sí, sí que lo es —contestó Miranda—. Empezamos con mal pie, pero las cosas se
aclararon y ahora que voy conociéndola me parece una gran mujer.
—¿Y qué tal te está pareciendo la vida en un rancho?, porque tengo entendido
que eres una chica de ciudad.
—Sí, pero me voy acostumbrando.
—¿Sabes qué te va a encantar? Montar a caballo. He oído que Tom va a
enseñarte. Cuando has dominado lo básico no es nada difícil, ya lo verás. Lo único que
debes procurar es no tenerle miedo al caballo, porque... —pero no pudo terminar la
frase, porque de repente Jaime empezó a llorar. Pepi, bajó la vista sonriente, con una
mirada amorosa en sus ojos castaños—. ¿Qué pasa, chiquitín?, ¿tienes hambre? —le
preguntó con ternura—. Miranda, ¿podrías tomarlo en brazos un momento mientras
voy a calentar su biberón?
—¡Oh, por supuesto! —exclamó la joven al instante.
El bebé pesaba poquísimo, y olía tan bien... Miranda suspiró, observándolo
embelesada. No se dio cuenta de que Tom se había acercado y estaba mirándola
sonriente, hasta que él se arrodilló frente a ella y tocó la manita del niño con uno de
sus grandes dedos.
—¿Verdad que es precioso? —murmuró Miranda.
Tom asintió con la cabeza, y un destello brilló fugazmente en sus ojos cafeces.
—¿Quieres que tengamos un hijo Miranda?
Ella se puso roja como una amapola, y entreabrió los labios sorprendida. Sus ojos
buscaron los de él, y se quedaron mirándose largo rato.
—Sí —balbució.
—Pues entonces será mejor que te decidas a casarte conmigo cuanto antes, ¿no
crees?
—¿Admirando a tu sobrino? —inquirió Pepi, reapareciendo y rompiendo el hechizo
del momento.
—Es la viva imagen de Connal —murmuró Tom.
—¿Verdad que sí? —respondió Pepi, girándose con una sonrisa llena de amor
hacia su marido, que se había acercado a ellos y la rodeaba en ese momento con sus
brazos.
—Oh, por favor —masculló Tom, a quien siempre incomodaban las muestras de
afecto en público—, ¿podríais parar ya? Hace un año que estáis casados.
—Pues somos más felices a cada día que pasa —le aseguró Pepi sin perder la
sonrisa—. Deberías probarlo, Tom.
—No es que no quiera —le espetó él—es cuestión de que Miranda acepte. Le
está llevando una eternidad el decidirse.
—Y tú eres muy impaciente —replicó ella.
—No puedo evitarlo. No se encuentra uno todos los días con una chica como tú
—dijo Tom con galantería— . Y no quiero que Evan te robe de mi lado.
—¿Ha mencionado alguien mi nombre? —inquirió el mayor de los Kaulitz con
una sonrisa burlona—. Buen trabajo, Pepi —dijo mirando al bebé que tenía en sus
brazos—. ¿Qué tal si encargáis a la cigüeña una sobrinita también?
—No me atosigues, Evan —le dijo Pepi riéndose—, apenas estoy aprendiendo a
cambiar pañales.
—Pero si está claro que se te da de maravilla. Fíjate en la carita de felicidad del
crío.
—Si tanto te gustan los niños, ¿por qué no te casas y los tienes tú mismo? —le
espetó Connal con los brazos en jarras.
Evan frunció el ceño malhumorado.
—Ya os lo he dicho mil veces...
—... las mujeres pasan por encima de ti para llegar hasta Tom —terminó
Connal divertido.
—Pues ahora tendrán que vérselas antes con Miranda —se rio Pepi—. Tom,
pronto vas a figurar en la lista de especies protegidas.
—Evan lleva años en ella —dijo Tom—, lo que ocurre es que no se acaba de dar
cuenta de que Anna va en serio.
—No soy un asalta cunas —repuso Evan airado.
De pronto, Miranda advirtió que su buen humor parecía haber quedado eclipsado,
y que sus ojos brillaban con una advertencia de peligro. Después de todo, quizá Pepi
tenía razón.
—¿No tenía diecinueve años vuestra madre cuando se casó? —inquirió la esposa
de Connal.
—Entonces era otra época —repuso Evan obstinadamente.
—Déjalo, Pepi —le dijo Connal pasándole un brazo por la cintura a su mujer y
sonriendo—. Evan es aún peor de lo que era Tom.
—¿Quieres decir con eso que Tom está mejorando? —preguntó Evan en un
tono burlón. Fingió estar pensativo, mesándose la barbilla—. Pues ahora que lo dices,
sí. La verdad es que desde que regresó de Chicago con Miranda parece otro
—murmuró—. Tenías que haberlo visto hace tres meses, cuando regresó de aquel
congreso de ganaderos —le confió a Pepi con sorna—. Iba por ahí pegando mordiscos.
—Es verdad —asintió Connal riéndose—. Nuestra madre le preguntó a Donald y a
Jo Ann si no podía irse a vivir con ellos.
—Pero no lo hizo porque yo la amenacé con prender fuego a la casa si me dejaba
con él —bromeó Evan señalando a Tom.
Todos se rieron, y en ese momento apareció Theodora con una bandeja de
humeante lubina al horno, llamándolos a la mesa. Mientras ocupaban sus asientos,
Miranda se dijo que no recordaba haberse sentido tan a gusto jamás.
Tom la observó complacido cuando se sentó frente a ella, diciéndose que tal
vez no fuera la esposa ideal para un ranchero, pero que era muy especial, y que se
sentía bien con ella a su lado. Tendrían un matrimonio feliz, juntos lograrían que su
relación saliese adelante.


HOLA!!! BUENO YA MAÑANA TERMINA LA NOVELA ... ESPERO Y LES GUSTEN LOS CAPS .. YA SABEN 3 O MAS Y AGREGO MAÑANA ... HASTA PRONTO :))

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