jueves, 26 de mayo de 2016

1 y 2

Capítulo 1
EL bar del hotel no estaba lleno, pero Tom habría deseado que lo estuviera
para no destacar tanto. A pesar de que llevaba un caro traje gris de ejecutivo, era el
único cliente con botas y sombrero vaquero.
Se iba a celebrar un congreso de ganaderos en aquel céntrico hotel de Chicago y,
antes de que pudiera negarse, su hermano Evan lo había propuesto para dar una charla
sobre los nuevos métodos del cruce de razas. De sus tres hermanos era con el que
mejor se llevaba, probablemente porque, con sus bromas y su carácter desenfadado,
siempre que estaba equivocado o lo cegaba su cabezonería, sabía hacérselo ver sin
resultar entrometido y sin molestarlo.
Tom tomó un sorbo de su whisky, sintiéndose alienado. Desde su niñez jamás
había llegado a encajar en ninguna parte y, estando ya en la treintena, hasta sus dos
cuñadas, que ya estaban acostumbradas a sus modos, parecían todavía algo temerosas
de él por la aspereza con que trataba a todo el mundo. No podía evitarlo. Se sentía
insatisfecho con su vida y consigo mismo, incompleto, como si le faltara algo. Había
bajado al bar con la esperanza de ahogar con un par de tragos el vacío que lo inundaba,
pero el estar rodeado de gente charlando y riendo solo estaba logrando deprimirlo aún
más.
Sus ojos cafeces se fijaron en una mujer de unos cuarenta años que estaba
flirteando con un hombre que se había sentado a su lado en la barra. La misma historia
de siempre, se dijo Tom: una mujer desencantada de su matrimonio, un atractivo
extraño... Su propia madre no había sido una excepción. De hecho, él era el resultado
de una aventura extramatrimonial, un paria dentro de la familia.
Todo el mundo en Jacobsville sabía que Tom era hijo ilegítimo y, aunque ya no
era algo que lo mortificara tanto como durante su niñez y adolescencia, el odio que
sentía hacia su madre y el sexo femenino en general, no había disminuido.
Había además otra razón por la que no podía perdonar a la mujer que le diera la
vida, pero pensar en ello era tan doloroso que apartó al instante el pensamiento de su
mente. A pesar de los años que hacía de aquello, el recuerdo seguía pinchando su
conciencia como la punta de un afilado cuchillo. Por eso no se había casado, y
probablemente nunca lo haría.
Dos de sus hermanos estaban casados: Donald, el más joven de los Kaulitz,
que había sucumbido hacía años, y Connal, que lo había hecho el año anterior. Evan y él
eran los únicos que seguían solteros, y no porque Theodora, su madre, no se afanara en
hacer de casamentera. A Evan tal vez le pareciera gracioso, pero a él no se lo parecía
en absoluto. No solo hacía mucho que había dejado de interesarse por las mujeres,
sino que incluso había estado considerando hacerse sacerdote, aunque finalmente
hasta eso había acabado perdiendo sentido para él. Además, tras la muerte de su
padrastro, la responsabilidad del rancho había recaído en sus hermanos y en él, y él no
era la clase de hombre que rehuía las responsabilidades.
De pronto, una risa argentina, como de cascabeles, atrajo su atención. Giró el
rostro hacia la puerta y la vio. Ni siquiera su hostilidad hacia todo lo que llevara faldas
logró hacer que despegara los ojos de ella. Era preciosa, la criatura más hermosa que
había visto en toda su vida. El cabello, negro y ondulado, le caía en cascada sobre la
espalda, y su figura era realmente exquisita, desde los elevados senos hasta la cintura
de avispa que abrazaba el vestido plateado que llevaba. Las piernas, envueltas en unas
medias de seda, eran tan perfectas como el resto de ella.
Y entonces, como si hubiera sentido que la estaban observando, la joven volvió la
cabeza hacia él, y Tom pudo verle los ojos: grises, casi plateados, como su vestido
de noche, y terriblemente tristes, a pesar de la sonrisa en sus labios.
Parecía que lo encontraba tan fascinante como él a ella, porque siguió mirándolo
un buen rato con aire ausente antes de darse cuenta y apartar el rostro.
La joven y su acompañante se sentaron en una mesa cerca de la suya. Ella debía
haber bebido ya alguna copa de más, porque parecía demasiado animada.
—Dios, Sam —le dijo al tipo que iba con ella, mientras el camarero que les había
llevado las bebidas se retiraba—, nunca imaginé que el alcohol supiera tan bien... Tim
nunca me dejó beber.
—Tienes que tratar de dejar de pensar en él —le contestó él con firmeza—.
Anda, toma unos cacahuetes.
—No soy un elefante —se quejó ella, dejando escapar una risita ebria y tirándole
uno a la cara.
—¿Quieres parar? No debería haberte dejado pedir ese martini.
—Eres un aguafiestas, ¿sabes? —farfulló ella frunciendo las cejas y haciendo un
mohín infantil con los labios.
—¿Y tú no sabes que...? —de repente se oyó un pitido intermitente, y el hombre
sacó un busca de su bolsillo—. ¡ Vaya por Dios! —masculló apagándolo—. Voy a
telefonear un momento, pero volveré enseguida, _______.
Tom rodeó su vaso con ambas manos y observó a la joven, de espaldas a él,
preguntándose de qué nombre sería _______ el diminutivo. Ella se giró un poco en su
asiento para mirar a su acompañante, que estaba en el otro extremo de la sala,
hablando por el teléfono público colgado de la pared. La sonrisa se había borrado del
rostro de la chica, siendo reemplazada por una expresión sombría, casi de
desesperación.
El hombre colgó y regresó a la mesa, consultando su reloj de pulsera mientras se
detenía a su lado.
—Diablos —farfulló—. Escucha, _______, tengo que irme corriendo al hospital. Hay
una emergencia. Vamos, te llevaré a casa antes.
—No hace falta, Sam —repuso ella—, puedo tomar un taxi.
—No creo que sea muy recomendable que una chica sola y medio bebida tome un
taxi a estas horas.
—Pues llamaré a Joan y le pediré que venga a recogerme. Además no te pilla de
paso, y tendrías que desviarte mucho. Anda, márchate.
—¿Seguro que no te importa? —inquirió él inseguro.
—Por supuesto que no. Vete ya, vamos.
Su acompañante frunció los labios, pero finalmente claudicó.
—De acuerdo. Te llamaré luego.
Se agachó y la besó, pero no en los labios, como Tom había esperado, sino en
la mejilla.
La joven lo observó mientras se alejaba, y luego se volvió hacia Tom y, sin
esperar una invitación, se levantó y fue a sentarse en su mesa con una sonrisa
seductora.
—Me he fijado en que lleva mucho rato mirándome —le dijo mirándolo a los ojos.
—No creo que sea el primer hombre que lo hace —contestó él en un tono que no
desvelaba ninguna emoción—. Es usted muy hermosa.
La joven enarcó las cejas, claramente sorprendida.
—Y usted muy atrevido.
—Directo —matizó él con cinismo, levantando su vaso en un brindis antes de
apurar su contenido—. Nunca me ando por las ramas.
—Yo tampoco —contestó ella—. ¿Me desea?
Tom ladeó la cabeza. No le sorprendía esa actitud en una mujer, pero en aquel
caso se sintió extrañamente decepcionado.
—¿Perdón?
—¿Quiere acostarse conmigo?
Tom la miró fijamente antes de contestar con aspereza:
—La verdad es que no, pero gracias por la oferta.
—No estaba haciéndole ninguna oferta —replicó ella en un tono igualmente
cortante—. Iba a decirle que no soy esa clase de mujer —masculló, levantando la mano
izquierda para enseñarle su alianza matrimonial.
Tom volvió a sentirse decepcionado... e increíblemente estúpido. Estaba
casada. ¿Qué había esperado? Lo raro hubiera sido que una mujer tan hermosa no
hubiera estado casada. Sin embargo, aquel tipo que había estado con ella no tenía
pinta de ser su marido. Casada y saliendo con otro hombre... Entornó los ojos cafeces,
observándola con desprecio.
—Ya veo —murmuró al cabo.
La joven advirtió el desdén en su mirada y se sintió dolida.
—¿Está usted casado? —inquirió.
—Ninguna mujer ha tenido el valor necesario — contestó Tom con una fría
sonrisa—. Les ataco los nervios, o eso dicen todas.
—¿Es un donjuán?
Tom se inclinó hacia delante.
—No, soy un misógino. Detesto a las mujeres — explicó entre dientes.
El tono en que lo había dicho hizo que a la joven se le erizara el vello de los
brazos.
—Oh —musitó por toda respuesta.
—¿No le importa a su marido que salga con otros hombres? —inquirió él con
sarcasmo.
—Mi esposo... está muerto —balbució ella con voz temblorosa, bajando la vista a
su copa. Tom la miró, espantado por su imperdonable metedura de pata, y vio que
sus ojos grises se estaban llenando de lágrimas—. Ya hace casi tres semanas —gimió
mordiéndose el labio inferior. Su rostro se contrajo de pronto—, pero sigo sin poder
soportarlo... —las primeras lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas, pero antes de
que él pudiera decir nada, se levantó y salió corriendo del bar, olvidando su bolso de
mano tras de sí.
Tom se había quedado de piedra, y sentía deseos de abofetearse. En cuanto
fue capaz de reaccionar se puso de pie y, agarrando el bolsito de la joven, pagó su
bebida y salió en su busca.
No le llevó mucho encontrarla. A pocos metros del hotel había un puente sobre el
río Chicago, y allí estaba, agarrada a la barandilla, la espalda rígida, mirando hacia
abajo.
Tom corrió hacia ella.
—¡Oh, cielos, no! ¡No se le ocurra saltar! —la interpeló, agarrándola por el brazo
y alejándola de la barandilla—. ¡Cálmese, por amor de Dios! ¡No haga una tontería!
—casi le gritó, sacudiéndola por los hombros.
Solo entonces pareció ella darse cuenta de dónde estaba. Giró el rostro hacia las
oscuras aguas del río y se estremeció.
—Yo... no pretendía tirarme —murmuró confusa—. No creo que hubiera podido
hacerlo —balbució—. Es solo que... es tan duro... es tan duro seguir adelante... No
tengo apetito, no puedo dormir...
—Pero el suicidio no es la respuesta —insistió él mirándola fijamente.
Los ojos enrojecidos de la joven se alzaron hacia los suyos.
—Las cosas casi nunca son perfectas —prosiguió Tom al ver que estaba
escuchándolo—. Esta noche, este minuto... es todo lo que tenemos. No importa el ayer,
ni el mañana. Lo único que cuenta es el presente.
Ella se secó los ojos con el dorso de la mano y bajó la cabeza.
—Mi presente no es demasiado feliz.
—Tiene que ir paso a paso, adelantando un pie antes que el otro, vivir de un
instante al siguiente. Lo conseguirá, estoy seguro.
—Perder a Tim, mi marido, ya fue bastante terrible —murmuró ella tratando de
explicarle—, pero perder también a mi bebé fue peor aún —añadió con voz
temblorosa—. Estaba embarazada cuando tuvimos el accidente, y yo iba... yo iba al
volante —alzó el rostro, pálido como una sábana, hacia él—. La carretera estaba muy
resbalosa, y perdí el control sobre el vehículo. ¡Lo maté! ¡Maté a mi bebé y maté a
Tim...!
Tom la tomó de nuevo por los delgados hombros y le dijo con tono quedo.
—No es cierto. Dios decidió que les había llegado el momento de morir —replicó,
intentando consolarla.
—¡No hay ningún Dios! —gimió ella, apartándose y sacudiendo la cabeza.
—Sí que lo hay —le susurró él, poniéndole una mano en el hueco de la espalda—.
Él le dará fuerzas para seguir viviendo. Vamos, la llevaré a su casa.
Ella se revolvió inesperadamente, mirándolo con un ruego desesperado en el
rostro.
—¡No! ¡No quiero ir allí, no puedo! Allí estoy a solas con mis recuerdos, y me
atormentan...
Tom la observó unos instantes en silencio, pensando.
—Si quiere, puede quedarse conmigo esta noche —le ofreció finalmente—. Me
hospedo en el hotel del que acabamos de salir, y en mi suite hay una cama de sobra.
No podía creer lo que estaba diciendo. Él, que odiaba a las mujeres... Sin
embargo, aquella joven parecía tan frágil, tan indefensa... Además, no estaba sobria, y
podía cometer alguna insensatez como casi acababa de hacer. Si la abandonara a su
suerte y le ocurriera algo, pesaría sobre su conciencia el resto de su vida.
Ella se había quedado mirándolo asombrada.
—Pero yo... no me conoce de nada —balbució.
Si ese era el problema...
—Me llamo Tom Kaulitz —contestó tendiéndole la mano.
La joven dudó un momento antes de estrechársela tímidamente.
— _______ Warren—murmuró.
—Bueno, ya no somos extraños, _______. Vamos, marchémonos de aquí.
Mientras caminaban de vuelta al hotel, la joven se fijó en que las ropas que
llevaba parecían bastante caras, y se paró en seco. Él se detuvo también, mirándola
contrariado.
—¿Qué ocurre?
—Es verdad, debería irme a casa —dijo ella, sorprendiéndolo.
—¿Por qué?
—Pues porque... porque parece usted una persona acomodada, y yo no soy
exactamente rica, y no quiero que piense que he hecho todo esto deliberadamente
para tratar de seducirlo.
Tom enarcó las cejas.
—Ese pensamiento ni se me había pasado por la cabeza —contestó—, y por favor,
deja de hablarme de usted —le dijo esbozando una leve sonrisa—. Además, no podré
dormir tranquilo sin estar seguro de que no vayas a intentar tirarte de algún otro
puente esta noche. Vamos, _______, no pienso que seas una ladrona, ni una
cazafortunas.
Ella lo miró indecisa.
—¿Seguro que no seré un estorbo?
—Por supuesto que no —contestó él meneando la cabeza.
Siguieron caminando, y al llegar al hotel. _______ lo siguió hasta el ascensor. Se
bajaron en el ático y se dirigieron a una de las suites de lujo. Tom abrió la puerta y
la dejó pasar.
La suite tenía una sala de estar enorme con dos habitaciones a los lados. Había
sido Evan quien la había reservado, porque iba a haber acompañado a Tom al
congreso, pero en el último minuto había surgido un contratiempo en el rancho, y había
tenido que quedarse para solucionarlo.
_______ estaba empezando a sentirse algo nerviosa. La verdad era que no sabía
nada de aquel hombre, y ella misma no tenía demasiado control sobre sí misma,
habiendo bebido de más, pero había algo en su mirada que la tranquilizó. Irradiaba
fuerza interior y confianza en sí mismo, y eso era lo que necesitaba ella aquella noche:
alguien en quien apoyarse, alguien que cuidara de ella.
Tim se había comportado siempre más como un adolescente inmaduro y egoísta
que como un marido, esperando siempre de ella que se encargara de todo: las facturas,
las reparaciones, las compras, la limpieza de la casa... Tim trabajaba como redactor en
un periódico local, y ella como secretaria en un bufete, pero cuando él regresaba al
hogar contaba con tener la comida en la mesa, con que no lo molestara mientras veía la
televisión, y con que hicieran el amor cuando se le antojara. Para ella el sexo con él no
había sido algo placentero, sino una obligación desagradable que cumplía con la misma
resignación que cualquiera de sus otras tareas. Y entonces ocurrió: se quedó
embarazada. Tim se puso furioso, y cuando empezó a hincharse le decía que cada día la
encontraba más repulsiva. Al menos aquello había sido una mejora, porque ya no le
impuso más que hicieran el amor, pero después... después había perdido al bebé. La
joven se llevó la mano al vientre sin darse cuenta, y su rostro se contrajo de dolor.
—_______, deja de mortificarte —le dijo Tom de repente, sorprendiéndola—.
Eso no hará que cambien las cosas —añadió arrojando la llave de la habitación sobre
una mesita y ofreciéndole asiento en uno de los sillones —. Voy a pedir que nos traigan
café.
Tomó el teléfono, y momentos después una camarera les dejaba una bandeja con
un elegante servicio de café y unos emparedados. Cuando se hubo marchado, apenas se
había sentado Tom, cuando _______ se levantó apresuradamente para tomar la
cafetera.
—No hace falta que lo sirvas tú—le dijo Tom frunciendo el entrecejo, y
deteniéndola con un gesto de la mano—. Ya lo hago yo. Eres mi invitada.
La joven se sentó de nuevo, algo azorada.
—Lo siento. Tim siempre esperaba que yo le sirviera.
Tom la miró un instante. Estuvo a punto de responderle que su Tim no parecía
que hubiera sido un tipo muy caballeroso, pero no quería incomodarla más.
—¿Cómo lo tomas? ¿Solo... con leche?
—Solo, gracias —murmuró ella.
_______ no había estado nunca en una habitación tan lujosa como aquella. Los
amplios ventanales se asomaban a los modernos edificios iluminados de la ciudad. Era
una vista magnífica, y repentinamente sintió deseos de salir a la terraza a tomar un
poco de aire fresco. Se puso de pie y se dirigió a la puerta, pero antes de que pudiera
abrirla, Tom se había levantado e iba hacia ella a grandes zancadas.
—¡Por amor de Dios, otra vez no! —exclamó con voz enfadada. Le rodeó la cintura
con un brazo, y sin ningún esfuerzo la levantó, llevándola de vuelta a su sillón—.
Quédate ahí quietecita. No voy a consentir más episodios suicidas por esta noche,
¿entendido?
_______ asintió, tragando saliva. Era muy alto, e intimidaba bastante. Aunque
Tim podía ser caprichoso e infantil, siempre había logrado controlarlo cuando estaba
de mal humor, pero no le parecía que aquel hombre fuera controlable en absoluto.
—No iba a saltar —protestó—. Solo quería tomar un poco el aire y admirar la
vista.
Tom la cortó tendiéndole la taza de café.
—Ten. No creo que te deje totalmente sobria, pero al menos te animará un poco.
La joven tomó la taza y la levantó del platillo, pero el pulso le temblaba un poco.
—Ten cuidado —murmuró Tom—, no vayas a manchar ese bonito vestido.
—En realidad es bastante viejo —contestó ella con una sonrisa triste—. Hasta
ahora siempre había tenido que preocuparme porque la ropa me durara bastante
tiempo. Tim se puso furioso cuando me lo compré, pero es que quería tener al menos un
vestido bonito para las ocasiones especiales.
Tom encendió un cigarrillo para controlar la irritación que se estaba
apoderando de él, cuando se dio cuenta de que debería haberle pedido permiso a ella
antes. Había sido una descortesía.
—Perdona. ¿Te molesta que fume?
—No, no —le aseguró ella meneando la cabeza—. De hecho, cuando nos casamos
yo fumaba... Soy secretaria y, bueno, ya sabes cómo es eso: todo el mundo fuma en la
oficina, y con el estrés yo acabé fumando también, pero Tim me obligó a dejarlo
porque decía que era algo poco femenino.
Tom estaba empezando a formarse una imagen de su difunto marido que no le
gustaba nada. Estaba claro que aquel tipo había sido un déspota con ella. Dio una
calada a su cigarrillo y soltó una bocanada de humo.
—¿Para qué clase de empresa trabajas? —inquirió.
—Para un bufete de abogados —respondió ella—. Es un buen empleo. Además
recientemente me han ascendido —dijo orgullosa—. Ahora soy ayudante personal de
uno de los letrados. Es estupendo, porque ya no me limito solo a mecanografiar cartas,
archivar, y cosas así, sino que también le ayudo a reunir información para los casos, y
así no tengo que estar todo el día encerrada en la oficina.
Tom no pudo evitar ser curioso.
—Y ese hombre que estaba contigo en el bar esta noche...
_______ se rio ante la implicación por su tono de voz.
—No es lo que estás pensando. Ese hombre era Sam, mi hermano.
Tom enarcó las cejas.
—¿Tu hermano te lleva por ahí de bares?
La joven frunció los labios divertida.
—Para tu información, es médico cirujano, y apenas bebe, Joan, su esposa, y él
me han dejado que me quede con ellos desde... desde el accidente. Pero esta noche le
dije a Sam que no quería importunarles más, que iba a ir a casa. En realidad venía de
una fiesta de la oficina. Yo no tenía ánimos para ir, pero al final Marge, una compañera,
acabó arrastrándome. Me dijo que unos tragos me harían bien, pero es la primera vez
que bebía, y con solo dos o tres ya esta demasiado «bien», así que Marge llamó a Sam
para que fuera a recogerme. Mi hermano quería llevarme directamente a casa, pero a
mí me entró una pataleta con que quería entrar en el bar del hotel para tomar una
última copa, y accedió para que yo no montara una escena. El pobre... —murmuró
sonriendo—. En el fondo es un pedazo de pan. Cuando se casaron, nuestros padres ya
eran bastante mayores. Mi padre murió cuando Sam estaba todavía en la facultad de
Medicina, y mi madre un año después. Sam es diez años mayor que yo, así que
prácticamente puede decirse que me crió. De hecho, cuando se casó, me fui a vivir con
Joan y con él.
—¿Y a su esposa no le importó?
—Oh, no —contestó ella, recordando la amabilidad de Joan y sus instintos
maternales—. No pueden tener hijos, y Joan siempre dice que para ella he sido más
como una hija que como una cuñada. Ha sido muy buena conmigo.
Tom no podía imaginar que alguien no pudiera ser bueno con ella. No se
parecía en nada a las mujeres que había conocido hasta entonces. _______, a
diferencia de ellas, parecía tener corazón. Además, a pesar de haber estado casada,
había en ella una cierta inocencia que lo desconcertaba.
—¿Has dicho antes que tu marido era redactor? — inquirió tomando un
emparedado.
Ella asintió con la cabeza.
—Escribía una columna en la sección de deportes, casi siempre sobre rugby
—explicó—. ¿A qué te dedicas tú, Tom?
—A la compraventa y cría de ganado —contestó él—. Mi familia posee un rancho
en Jacobsville, Texas, y mis hermanos y yo nos encargamos de sacarlo adelante.
—¿Cuántos hermanos tienes?
—Tres —respondió él brevemente. La pregunta lo incomodaba, porque realmente
no eran sus hermanos, sino sus hermanastros, pero no quería entrar en detalles
personales. Alzó la muñeca y miró su reloj de pulsera—. Es casi medianoche. Creo que
haríamos bien en irnos a descansar. Ha sido un día difícil para los dos. Puedes
acostarte en esa habitación —le dijo señalando la de la derecha—. La puerta tiene
pestillo, por si así te sientes más segura.
La joven meneó la cabeza suavemente.
—No tengo miedo de ti, Tom —respondió—, Has sido muy amable conmigo, y
espero que algún día, si lo necesitas, halla una persona que también lo sea contigo.
Él entornó los ojos, preocupado por hasta qué punto le afectaba la dulzura de la
joven.
—Esperemos que no sea necesario —dijo—. Vete a la cama. Cenicienta.
—Buenas noches —musitó ella poniéndose de pie.
Tom respondió con un breve asentimiento de cabeza mientras apagaba el
cigarrillo en un cenicero.
—Oh, por cierto —dijo cuando ella se estaba dando la vuelta. Introdujo la mano
en el bolsillo de la chaqueta y le arrojó su pequeño bolsito de mano—, te dejaste esto
en el bar.
La joven atrapó el objeto y lo miró sorprendida: ¡lo había olvidado por completo!
Aquella era una prueba más de la honestidad de aquel hombre.
—Gracias —murmuró con una sonrisa.
—De nada. Buenas noches.
La joven entró en la habitación de la derecha, y cerró despacio la puerta tras de
sí. No tenía nada que ponerse para dormir, así que se quitó el vestido y se acostó en
combinación. Estaba muerta de cansancio.
Solo cuando el sueño estaba haciendo presa de ella recordó que no había
telefoneado a Joan ni a Sam para decirles donde estaba, pero su hermano no volvería
a casa hasta la mañana siguiente, y Joan pensaba que ella se iba a su propia casa a
dormir, así que no la echarían de menos. Llamaría en cuanto se levantase, se prometió.
Cerró los ojos y se dejó arrastrar en brazos de Morfeo, durmiendo por primera vez
sin una sola pesadilla desde el día del accidente.

Capítulo 2
Cuando _______ se despertó, el sol se filtraba ya por los finos cortinajes del
enorme ventanal. Se estiró, desperezándose, y frunció el entrecejo desorientada.
Entonces recordó lo ocurrido la noche anterior. Se incorporó un poco, quedándose
sentada, y notó un dolor punzante en toda la cabeza. Así que aquello era la resaca... No
volvería a beber una copa de más en su vida, se dijo llevándose las manos a las sienes.
Miró el reloj que había en la mesilla de noche, y observó espantada que marcaba
más de las ocho... ¡y ella tenía que estar en la oficina a las ocho y media! Se levantó a
toda prisa de la cama y se metió el vestido por la cabeza, subiéndose la cremallera
mientras se calzaba los zapatos. Agarró el bolso de mano, gruñendo desesperada. No
iba a llegar, no iba a llegar... Tenía que tomar un taxi para ir a casa, cambiarse,
maquillarse un poco... ¡iba a llegar tarde!
Al abrir la puerta del dormitorio, se encontró con Tom ya vestido, sentado a la mesa con un servicio de café, zumo, flores y una bandeja de plata tapada.
—Justo a tiempo —le dijo cuando la vio aparecer.
Y levantó la tapa de la bandeja, dejando a la vista un suculento desayuno con
todo lo imaginable: bacon, huevos revueltos, salchichas, tortitas, tostadas, croissants,
margarina... El delicioso aroma penetró por las fosas nasales de _______, y un ligero
rugido de su estómago, que la hizo sonrojar ligeramente, le indicó lo hambrienta que
estaba.
—Anda, siéntate y toma algo conmigo —la invitó Tom señalando la silla frente
a él.
________ miró un instante la comida con la boca haciéndosele agua, pero meneó la
cabeza y frunció los labios.
—No puedo, tengo que estar en el bufete en menos de treinta minutos
—replicó—. Tengo que ir a casa, cambiarme y... ¡Dios, mi jefe me va a matar!
Tom se levantó con mucha calma y levantó el auricular del teléfono,
tendiéndoselo.
—Llama a tu oficina y di que te duele la cabeza, que llegarás una hora tarde.
—No puedo hacer eso —le espetó ella escandalizada—. ¡Me despedirían!
Tom esbozó una pequeña sonrisa. Era obvio que _______ jamás había
incumplido las reglas. Seguro que ni siquiera había hecho novillos un solo día en el
colegio.
—No lo harán. Vamos, marca el número.
La joven finalmente le hizo caso. Dee, una de las letradas del bufete, contestó la
llamada. Para su sorpresa, cuando empezó a darle balbuciente la excusa del dolor de
cabeza, la mujer se rio, diciéndole que no se preocupara, que esa mañana a todo el
mundo se le estaban pegando las sábanas por la fiesta de la noche anterior, y le dijo
que no era necesario que fuera hasta después del almuerzo. «De todos modos», le dijo,
«Marcus ha avisado que no vendrá hasta las cinco». Marcus era su jefe.
Tras darle las gracias. Miranda colgó el aparato anonadada por lo que creía era
buena suerte.
—No se han enfadado conmigo —musitó volviéndose hacia Tom—, y no tengo
que ir hasta después de comer.
Él sonrió.
—¿Lo ves? No tendrías que preocuparte tanto. No sé por qué me da que eres de
esas personas tan responsables que siempre llegan las primeras al trabajo —le dijo.
La joven asintió entre risas, sorprendida por la facilidad con que leía en ella,
como si fuera un libro abierto.
—Deberías llamar a tu hermano —añadió Tom—. Seguramente estará
preocupado.
¡Sam! Casi lo había olvidado. _______ fue a levantar otra vez el auricular, pero se
quedó dudando.
—¿Qué ocurre? —inquirió Tom.
—¿Qué le digo? —le preguntó _______ contrayendo el rostro y mordiéndose el
labio inferior—. No puedo decirle: «hola, Sam, he pasado la noche con un hombre al
que no conozco de nada».
—Bueno, eso desde luego no —se rio él.
—Tendré que improvisar —murmuró la joven meneando la cabeza mientras
marcaba el número de su hermano. Esperaba que fuera Joan quien contestara, pero
fue Sam.
—¿_______? ¿Dónde diablos estás? —rugió su voz al otro lado de la línea.
Miranda contrajo el rostro, cerrando un ojo.
—Um... Estoy en el Cariton Arms —murmuró—. Escucha, Sam, es una larga
historia y quiero ir a casa para cambiarme, así que luego te lo explicaré todo, te lo
prometo...
—¡De eso nada! ¡Explícamelo ahora mismo!
________ volvió a contraer el rostro, apartando un poco el auricular de su oreja.
Tom esbozó una sonrisa socarrona, y extendió la mano, indicándole que le pasara el
teléfono. Ella dudó un instante, pero finalmente se lo dio, y se sentó a la mesa,
observando como, con mucha calma y seguridad, Tom le explicaba a su hermano lo
ocurrido. Al cabo, él volvió a tenderle el teléfono.
—Quiere hablar contigo.
_______ se levantó y lo tomó.
—¿Sam? —inquirió con una ceja enarcada, insegura de si iba a seguir echándole
un rapapolvo.
—Está bien, ________ —contestó él, apaciguado—, Parece que has tenido suerte y
has topado con una buena persona, pero no vuelvas a hacer algo así o me dará un
infarto, ¿me oyes?
—Sí, lo siento —musitó ella—. Te prometo que no volverá a ocurrir.
—Buena chica. Llámame luego, ¿de acuerdo?
—De acuerdo. Adiós, Sam.
Colgó el teléfono y sonrió a Tom, que había vuelto a sentarse.
—Gracias.
Él se encogió de hombros.
—No hay de qué. Siéntate y come. Esto se va a enfriar.
Ella ocupó de nuevo la silla frente a él.
—A las nueve y media tengo que hacer una ponencia en un congreso de
ganaderos, pero te llevaré antes a tu casa.
La joven recordó haber visto un cartel del evento en el vestíbulo del hotel la
noche anterior.
—Pero ese congreso... ¿no es aquí?
—Sí, pero no es ninguna molestia para mí acompañarte antes.
—De verdad que no sé cómo agradecértelo, Tom—murmuró _______,
mirándolo tímidamente.
Él escrutó su rostro un buen rato antes de lograr despegar los ojos de sus
hermosas facciones y bajar la vista a su plato.
—No tienes que agradecerme nada. Como te dije anoche, no siento demasiada
simpatía por las mujeres, así que considera esto una enajenación mental pasajera —le
dijo—. Pero tienes que tener más cuidado. Otros hombres se habrían aprovechado de
la situación si hubieran estado en mi lugar.
Ella asintió en silencio mientras se servía el café.
—¿Por qué odias a las mujeres? —le preguntó al cabo, sin poder reprimir la
curiosidad.
Tom frunció el ceño y la miró fijamente.
—Esa mirada no me intimida —murmuró ella divertida—. ¿Vas a contármelo o no?
Tom se echó a reír.
—Vaya, estamos muy valientes esta mañana, ¿eh?
—Es que ya estoy sobria —contestó ella—. Además, señor Kaulitz, no debería
usted aceptar invitados si luego no quiere que le hagan preguntas.
—Lo recordaré para la próxima vez —murmuró él torciendo la sonrisa mientras
untaba una tostada con margarina.
—¿Y bien? —insistió _______.
Tom alzó la mirada hacia ella y frunció los labios un instante antes de
contestar.
—Soy hijo ilegítimo.
La joven no se mostró sorprendida ni avergonzada por haber preguntado. Tomó
un sorbo de su café antes de contestar.
—Ya veo. Así que tu madre no llegó a casarse con el hombre que fue tu padre
—murmuró asintiendo.
Tom frunció el ceño contrariado. ¿Por qué lo decía como si fuera algo sin
importancia?
—No —corrigió—, mi madre tuvo un romance estando separada y yo fui el
resultado. Al cabo volvió con su marido. Sus otros tres hijos son de mi padrastro.
—¿Y tu padrastro era cruel contigo? —inquirió ________.
Tom se removió incómodo en su asiento.
—No —admitió.
—Entonces... ¿te trataba de un modo distinto que a sus propios hijos? —aventuró
_______.
—No —repuso Tom resoplando—. Escucha, tómate el desayuno y...
—¿Es tu madre la que no te quiere?
—¡Pues claro que me quiere!
—Bueno, no hace falta gritar —farfulló ella tapándose un oído.
Estaba sorprendida de su propia audacia, pero aquel hombre le daba confianza, la
hacía sentir que podía ser ella misma, hacía que saliera la verdadera _______, la que
había estado oculta todo el tiempo que había estado casada con Tim, la _______
animosa e independiente.
—¿Siempre eres tan difícil? —le preguntó al cabo de un rato con una sonrisa
maliciosa, al ver que él estaba enfurruñado.
Tom alzó la vista hacia ella para volver a bajarla al instante. Era tan dulce que
ni siquiera cuando lo pinchaba lograba molestarlo. Estaba empezando a preocuparse
seriamente. ¿Desde cuando permitía que una mujer lo hiciera sentirse vulnerable?
—Será mejor que te acabes el desayuno —le dijo.
_______ soltó el tenedor que tenía en la mano, repentinamente seria.
—¿Para que puedas librarte de mí cuanto antes?
Tom se sintió mal por ser tan brusco con ella, pero para él aquel era un tema
muy personal.
—Exacto—respondió con aspereza.
________ no dijo nada, y terminó su croissant con mermelada y sorbió el café que
quedaba en su taza. No acababa de comprender los repentinos cambios de humor en
aquel hombre. Tan pronto podía mostrarse comprensivo y amable como frío y cortante.
Tom no entendía lo que le estaba ocurriendo. Se había jurado a sí mismo que
no volvería a entregar su corazón a ninguna mujer, y de repente se encontraba
experimentando un instinto protector que ni siquiera sabía que tuviera.
—Si has terminado, nos marcharemos ya —le dijo. Se levantó y buscó en el
bolsillo del pantalón las llaves del coche que había alquilado.
_______ se secó los labios con la inmaculada servilleta y se puso de pie, tomando
su bolso de mano. Debía parecer la superviviente de un naufragio, con aquel vestido de
fiesta por la mañana temprano, se dijo mientras lo seguía a la puerta. ¿Y qué pensarían
los empleados del hotel cuando la vieran bajar con la misma ropa que la noche
anterior? Pensarían lo obvio, se respondió, que se había acostado con él. Sus mejillas
se tiñeron de rubor, pero por suerte, él no se dio cuenta, porque habían llegado al
ascensor y estaba apretando el botón, mientras maldecía en silencio haber estado en
el bar la noche pasada.
Lo que Tom no se esperaba en absoluto era que su hermano Evan hubiera
decidido tomar un avión muy temprano aquella mañana para asistir a la convención
como había planeado, y mucho menos, que apareciera frente a ellos cuando llegaron al
vestíbulo y se abrieron las puertas del ascensor.
—Estupendo —masculló Tom tapándose el rostro con una mano.
_______ lo miró sin comprender, mientras que Evan se había quedado paralizado,
como si hubiera visto una aparición. Parecía que se le fueran a salir los ojos de las
órbitas.
—¡¿...Tom?! —exclamó inclinándose hacia delante, como si creyera que la vista
estaba engañándolo.
Los ojos cafeces de Tom se entornaron peligrosamente y, aunque se sonrojó
ligeramente, tomó el brazo de ________ pretendiendo que no había advertido su
estupefacción.
—Perdona, pero llegamos tarde —le dijo a Evan.
Su hermano sonrió como un pillo, mostrando sus blancos dientes.
—¿Es que no vas a presentarnos?
—Soy ______ Warren —murmuró la joven, tendiéndole la mano a pesar de la
mueca de disgusto que mostraba el rostro de Tom.
—Evan Kaulitz —dijo Evan estrechándosela—. Es un placer.
—Vuelve al rancho —masculló Tom.
—No pienso irme —replicó Evan indignado—. He venido a ver cómo te las apañas
en el congreso. Es lo menos que podía hacer. Después de todo yo te metí en esto.
—No creas que lo he olvidado —farfulló Tom—. Esta te la pienso guardar. No
me haces ninguna falta aquí. Puedes volver a casa.
—Ni hablar —repitió Evan—. Además, me encanta Chicago. Hay un montón de
chicas guapas por aquí —dijo sonriendo de un modo seductor a _______.
—Ella no está libre —le advirtió Tom en un tono amenazador.
—Perdona la indiscreción —le dijo Evan a _______—, ¿pero cómo lo has
conseguido? Quiero decir, ¿lo has drogado o le has hecho algún encantamiento? Por lo
general no puede ver a las mujeres ni en pintura.
______ no pudo reprimir una sonrisa divertida.
—Bueno, en realidad...
—Tuvo un problema anoche y la ayudé. Eso es todo —la cortó Tom—. Y ahora
voy a llevarla a su casa —le dijo a Evan, retándolo con la mirada a hacer una sola
pregunta más—. Nos vemos luego.
Y, sin decir otra palabra, se alejó, tomando a _______ de la mano, y
arrastrándola con él.
—Tu hermano es altísimo —comentó ella, tratando de ignorar el agradable
cosquilleo que le producía el contacto con la cálida mano de Tom.
—Sí, es el más alto de los cuatro —contestó él vagamente—, pero también el que
tiene menos tacto.
—Mira quien fue a hablar —la joven no pudo resistir la impertinente
contestación.
Tom la miró sorprendido, pero la sonrisa en los labios de ______ arrancó
otra de los de él. Parecía tan distinta de la joven asustada y desesperada que había
salvado la noche anterior... Tal vez aquella era la verdadera ________, la ________ cuyo
espíritu aquel canalla de Tim había amordazado.
—Supongo que no volveremos a vemos —murmuró ella cuando llegaron junto al
coche, en el aparcamiento.
—Me parece que no hay muchas razones para ello... a menos que se te ocurra
intentar saltar de otro puente —contestó Tom tratando de mostrarse lo más
distante posible. La verdad era que le entristecía la idea de no volver a verla, pero ella
acababa de perder a un marido y un hijo, y él no quería una relación. Era mejor dejarlo
así. Además, él todavía tenía las cicatrices de la única vez que había entregado su
corazón sin reservas a una mujer.
—No volveré a hacerlo —le prometió ella, entrando en el vehículo.
—Deberías buscar algo que ocupe tu mente —le aconsejó él mientras
arrancaba—, algo que te ayude a superar los momentos difíciles.
Se quedaron un rato en silencio, hasta que de repente, ella dijo:
—Supongo que tu hermano habrá pensado que nos hemos acostado.
—¿Qué importa lo que piensen los demás?
Ella giró la cabeza hacia él para mirarlo.
—Ya veo que a ti no, pero a mí no me hace gracia que nadie me tenga por lo que
no soy.
—Pondré las cosas en claro en cuanto lo vea.
—Gracias.
La joven volvió a apartar el rostro, y Tom creyó advertir que la tristeza
ensombrecía otra vez su rostro.
—¿Cuánto tiempo dijiste que ha pasado del accidente? —inquirió Tom.
— Casi un mes — murmuró ella.
—Es poco tiempo. Es natural que aún lo sientas muy reciente. Cuando murió mi
padrastro las cosas tardaron prácticamente un año en volver a la normalidad en casa.
—Tom... —dijo ella de pronto—. Me he fijado en que llevas el mismo apellido
que tu hermano.
—¿Y te preguntas por qué? —adivinó él—.Mi padrastro me adoptó legalmente.
Solo la gente que ha vivido toda su vida en Jacobsville lo sabe, aunque quienes no están
enterados siempre se sorprenden de que sea el único con ojos cafeces en la familia.
—¿De veras? Mi madre era pelirroja y tenía los ojos verdes y mi padre rubio con
los ojos azules —comentó ella—. Y aquí me tienes a mí, con el pelo negro y los ojos
grises. Todo el mundo pensaba que había sido adoptada —añadió riéndose.
—¿Y a quién sales entonces?
—A mi abuela materna —contestó ella con una sonrisa—. Aunque ella era muy
guapa.
—¿Y tú que crees que eres?, ¿la Bruja del Este? — le espetó él soltando una
carcajada de incredulidad. La modestia de aquella chica era enfermiza. Giró la cabeza
para mirarla cuando se detuvo en un semáforo—. Dios, pero si es eres preciosa...
¿Nunca te lo ha dicho nadie?
—La verdad es que no —balbució ella.
—¿Ni siquiera tu marido?
— Decía que mi figura era muy poco femenina. A él le gustaban las mujeres
rubias y voluptuosas —respondió ella bajando la vista a las manos sobre su regazo.
—Pues ya podía haberse buscado una —le espetó Tom malhumorado—. Y a tu
figura no le pasa nada.
—Nada excepto que estoy tan plana como una tabla de planchar —murmuró ella
sin darse cuenta siquiera de lo que decía.
Y fue un error, porque sus palabras inmediatamente atrajeron la vista de Tom
al escote de su vestido.
—El canon de belleza varía de una persona a otra —dijo enarcando una ceja—, y
algunos hombres prefieren a las mujeres que no tienen un pecho demasiado...
exuberante. Y tú no estás plana.
La joven tragó saliva. La mirada de Tom la hacía sentirse desnuda. Cruzó los
brazos sobre el pecho y giró de nuevo la cabeza hacia la ventanilla.
—¿Cuánto tiempo estuvisteis casados? —le preguntó Tom.
—Cuatro meses.
—¿Y eras feliz con él?
La joven se quedó dudando un momento antes de contestar.
—Al principio creía que sí, pero al poco tiempo de casamos me di cuenta de que
en realidad no lo conocía. Y luego, cuando me quedé embarazada... bueno, él no quería
hijos, pero yo sí —murmuró jugueteando incómoda con la falda de su vestido—. Tengo
veinticinco años, y él fue el primer hombre, que me propuso matrimonio, así que...
—¿El primero? ¿Qué les pasa a los hombres de Chicago, están ciegos o qué?
—exclamó él incrédulo.
—Bueno, es que yo antes no cuidaba demasiado de mi aspecto —contestó ella
sonrojándose ligeramente—. De adolescente era flacucha y desgarbada, y llevaba
gafas, porque soy miope. Ahora llevo lentillas, y Joan me apuntó a un curso para que
aprendiera a caminar erguida. Supongo que funcionó, porque el mismo día que conocí a
Tim en un juzgado, mientras estaba recogiendo unos informes para mi jefe, me invitó a
salir. Nos casamos dos semanas después.
—¿También fue el primer hombre con el que tuviste relaciones?
_______ lo miró boquiabierta.
—Y decías que tu hermano no tenía tacto...
—¿Lo fue? —inquirió él sin dejar de observarla por el rabillo del ojo.
—Sí —admitió ella entre dientes, mirándolo airada—, pero eso no es asunto tuyo.
—¿Y hay alguna razón en particular por la que esperaste hasta el matrimonio?
La mirada de indignación de la joven se tomó en verdadera irritación.
—¡Porque estoy chapada a la antigua y soy católica, por eso! ¿Satisfecho? Ahora
ya puedes ridiculizarme si quieres.
El sonrió.
—Yo también estoy chapado a la antigua, y también tengo mis creencias.
—¿De veras? —inquirió ella muy sorprendida.
Tom se rio.
—No se puede juzgar un libro por la cubierta —la aleccionó.
—¿Quién lo hubiera dicho? —murmuró ella, meneando la cabeza.
Llegaron a otro semáforo en rojo y Tom detuvo el vehículo.
—¿Por dónde tengo que ir ahora?
Miranda le dio las indicaciones necesarias y unos minutos después llegaban a su
casa. El barrio no era de los más acomodados, pero tampoco era de los peores, y su
casa no era una mansión, pero tenía su jardincito delante, y un pequeño patio detrás.
—No había vuelto aquí desde el accidente —murmuró _______ cuando él paró
delante del garaje—. Y no sé si siquiera ahora me atreveré a entrar. Se me ocurrió la
tontería de comprar varios muebles para la habitación del bebé y... —no pudo decir
más, porque la emoción rasgó su voz.
Tom apagó el motor.
—Vamos, entraré contigo.
Bajaron los dos del vehículo, y él la tomó del brazo, guiándola hasta la puerta.
Esperó pacientemente hasta que ella encontró la llave. La casa estaba oscura, en
silencio, y cada cosa seguía en el mismo sitio que se había quedado, pero al ver apoyada
junto a la puerta de la cocina una caja en la que se mostraba la foto de una cuna
desmontable, la joven se derrumbó, rompiendo a llorar.
—Ven aquí —murmuró él atrayéndola hacia sí.
Al principio la notó tensarse, pero los dedos de Tom se introdujeron por
entre sus oscuros cabellos rizados, masajeándole suavemente la nuca, y comenzó a
relajarse. Le rodeó el cuello con los brazos, y apoyó la cabeza en el hueco de su cuello,
dejando que las lágrimas fluyesen. Aquello fue como un bálsamo para ella. Nunca se
había sentido tan a salvo, tan protegida. Al cabo de un rato, ya más calmada, se apartó
un poco de él, deslizando las manos hacia su pecho, y mirándolo a los ojos.
—¿No volveré a verte? —inquirió en un hilo de voz.
—Mañana acaba el congreso. Además, no sería justo para ti, ________ —murmuró
él sacudiendo la cabeza.
—No, supongo que no —asintió ella quedamente.
Y, sin darse cuenta de lo que hacía, trazó con su índice el contorno del labio
inferior de Tom, y estuvo a punto de besarlo.
—No hagas eso, por favor —le rogó él tomando su mano, para a continuación
soltársela bruscamente y apartarse de ella—. Tengo que irme.
—Lo siento, no te entretendré más —balbució ella azorada.
No sabía qué le estaba pasando. Unas emociones que desconocía la estaban
inundando. ¿Cómo era posible que algo tan intenso no fuera mutuo?
Lo acompañó en silencio hasta la puerta, y se quedó apoyada en el marco cuando
él hubo salido al porche. Tom se había vuelto hacia ella, irritado consigo mismo,
pero al verla tan triste, tan vulnerable, tan sola, el corazón le dio un vuelco.
Ella advirtió la mirada de preocupación en sus ojos cafeces y se sintió culpable. No
tenía derecho a retenerlo.
—Estaré bien, Tom —le dijo, tratando de sonar valiente.
—¿Estás segura? —murmuró él acercándose.
Sus ojos descendieron hasta los labios de la joven. No podía soportarlo más.
Quería besarla. Se estaba convirtiendo en una obsesión. La tomó inseguro por la
barbilla, e hizo que alzase el rostro para inclinarse hacia ella.
El corazón de ________ empezó a latir apresuradamente. Ansiaba
desesperadamente aquel beso, y al fin iba a ocurrir.
—Tom... —musitó.
—Esto es una locura —murmuró él.
Pero, a pesar de todo, sus labios descendieron sobre los de ella. _______ no dudó
ni un instante. Le echó los brazos al cuello y se puso de puntillas para apretarse contra
él, gimiendo suavemente. Tim nunca había despertado una pasión semejante en ella.
Las piernas le temblaban, y se sentía estremecer por dentro. Y, a juzgar por la
repentina tensión de los músculos del cuerpo de Tom, él se sentía igualmente
excitado. Despegó sus labios repentinamente de los de la joven, mirándola como si no
pudiera creer que aquello pudiera estar ocurriendo.
—¡Dios! —masculló.
La hizo entrar en la casa, siguiéndola, y cerró la puerta con el codo, antes de
volver a atraerla hacia sí y empezar a besarla con el mismo apasionamiento. Debía
haber perdido el juicio, se decía, pero la boca de la joven tenía la dulzura de la miel, y
era adictiva como una droga.
Ella también hacía rato que había acallado la voz de la cordura, y pronto el beso
se hizo más profundo, más insistente. Tom tiró de su labio inferior con los suyos,
haciendo que abriera la boca, e introdujo la lengua en su oscura calidez. La joven
suspiró, y Tom alzó una mano para acariciarle la mejilla con suavidad.
Las acometidas de su lengua eran tan sugerentes, estaban tan cargadas de
sensualidad, que desarmaron a _______ por completo. Nunca habría esperado que algo
así pudiera ocurrirle con un hombre al que acababa de conocer. Un largo y placentero
gemido escapó de su garganta. El sonido penetró como una flecha en los sentidos de él,
y al instante la joven pudo notar azorada su repentina excitación.
Haciendo acopio de la poca fuerza de voluntad que tenía en ese momento,
Tom la tomó con rudeza por la cintura, y la apartó de sí, mientras se esforzaba por
recobrar el control sobre sí mismo.
________ tenía los ojos casi cerrados, como si el placer la hubiera embriagado, y
sus labios hinchados estaban entreabiertos, dispuestos, esperando que continuara.
—Tenemos que parar esto. ______ —le dijo Tom con voz ronca—, tenemos
que parar porque si no te haré el amor aquí mismo.
Solo entonces comprendió la joven que tenía razón, que aquello se les estaba
yendo de las manos.
—Lo siento —dijo Tom con la respiración aún jadeante—, no sé qué me ha
pasado.
—Yo tampoco —musitó ella—. Nunca me había dejado llevar así... nunca...
—Dios, yo tampoco —admitió él irritado—.Y no volverá a pasar.
La joven tragó saliva. Sabía que tenía que ser así, pero había albergado una
pequeña esperanza de que aquello fuera el principio de algo. Pero era imposible.
Ella acababa de enviudar, las heridas por la muerte de su bebé y de Tim todavía
estaban abiertas, y él le había dejado muy claro que no quena una relación.
—Adiós, _______.
Sus ojos buscaron los de él, pero la emoción se había apagado en sus iris cafeces.
—Adiós, Tom.
Él se dio la vuelta y volvió a abrir la puerta. Todavía podía sentir el calor de los
labios de la joven en los suyos, y notaba aún su cuerpo tenso por el deseo insatisfecho.
Se detuvo un momento, con el pomo todavía en su mano.
—Todavía es demasiado pronto para tí—le dijo sin mirarla.
—Supongo... supongo que sí.
Tom había advertido la duda en su voz, y se giró un momento hacia ella.
—Perdóname, _______, pero esto no llega en el momento adecuado.
Ella asintió con tristeza.
—Lo sé. Yo estaba pensando lo mismo.
Tom bajó la vista incómodo.
—Tengo que irme. Llegaré tarde al congreso. Cuídate.
—Tu también, Tom. Y gracias por todo —contestó ella, esbozando una leve
sonrisa.
Tom volvió a darle la espalda y se alejó despacio. Solo cuando abrió la
portezuela del coche y se sentó frente al volante, permitió que su rostro se
contrajera por la culpabilidad que lo estaba royendo por dentro al dejarla allí sola, con
sus dolorosos recuerdos.



HOLA!!! BUENO AQI ESTAN LOS CAPITULOS .. SOLO UNA ACLARACION ... NO ME HABIA DADO CUENTA DE QUE HABIA DEJADO EL NOMBRE ORIGINAL DE LA PROGTAGONISTA Y EN ESTA LE PUSE LA RAYITA ... PREGUNTA: QUIEREN QUE SIGA PUBLICANDO LA RAYITA O LE DEJO SU NOMBRE ORIGINAL A ELLA ... Y NADA DE QUE YO DECIDA ... USTEDES SON LAS QUE ESTAN LEYENDO ASI QE LES DOY LA OPCION DE ELEGIR ... MIRANDA O RAYITA ... BUENO YA SABEN 3 O MAS Y AGREGO MAÑANA ... ADIOS :))

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