Capítulo 9
A la mañana siguiente, Tom llamó a la puerta del cuarto
de invitados, donde
dormía Miranda, más temprano de lo que lo había hecho
ningún día desde que llegaran
al rancho.
—Levántate y ponte unos vaqueros, botas, y una camisa de
algodón —le dijo—. Si
no tienes, podemos tomarlos prestados de Jo Ann. Creo que
debe tener tu talla más o
menos.
—No hace falta, yo tengo —contestó Miranda.
—Bien, porque voy a enseñarte a montar. Ve a las
caballerizas cuando hayas
terminado de desayunar, ¿de acuerdo? Yo tengo que hacer
un par de cosas antes.
La joven oyó alejarse sus pisadas, y se rio como una niña
traviesa mientras se
vestía. Ahora que ya había aceptado a la chica de ciudad
que creía que era, había
llegado el momento de desvelarle la verdad. ¡Menuda
sorpresa se iba a llevar!
Se reunió en las caballerizas con Tom, como habían
acordado, ataviada con
unos vaqueros oscuros, una camisa de cuadros roja, botas,
y el cabello recogido en una
coleta.
—Estás preciosa —le dijo Tom con una sonrisa—, casi
pareces una vaquera.
«Pues aún no has visto nada, vaquero», pensó ella
divertida.
—Vaya, gracias —le respondió alegremente—. ¿Qué tengo que
hacer?
—Primero voy a enseñarte cómo subirte al caballo. Vamos,
ven aquí, no tengas
miedo —la animó en un tono tranquilizador—. Ronco es el
caballo más tranquilo del
rancho, y cualquiera puede aprender a montar, no es nada
difícil. Lo único que tienes
que hacer es prestar mucha atención a mis indicaciones y
seguirlas al pie de la letra.
Por supuesto, Tom ignoraba por completo que se había
criado en un rancho,
pero la joven empezó a sentirse herida en su orgullo
cuando él siguió hablando,
explicándole en un tono algo condescendiente lo más
básico.
—Um, ¿te importaría sostener las riendas un momento? —le
pidió, dispuesta a
acabar con la farsa. Estaba deseando ver la cara que se
le quedaría.
—Claro —farfulló él tomándolas con el ceño fruncido—,
pero, ¿para qué?
—Enseguida lo verás.
Miranda se alejó, tratando de contener la risa.
—¿Lo tienes bien sujeto? —le gritó cuando estuvo varios
metros.
—Sí, claro que sí —respondió él impaciente—. Por qué
diablos te has ido tan
lejos?, ¿y para qué quieres que sostenga las riendas?
—Tú sujétalo—voceó ella—. Voy a enseñarte cómo me subo yo
a un caballo.
Se preparó, salió corriendo hacia Tom y el animal, saltó,
se apoyó un momento
en la grupa del caballo con ambas manos, y aterrizó
limpiamente sobre la silla como lo
había hecho en los rodeos en los que había participado
años atrás.
La expresión en el rostro de Tom era impagable. Incluso
Evan, que había
presenciado la escena desde la puerta de las
caballerizas, no podía dar crédito a lo que
acababa de ver.
Miranda echó hacia atrás su coleta en un gesto petulante
y se rio divertida.
—¡Cielos, Tom!, ¡ojalá tuviera un espejo para que te
vieras la cara!
Él aún tardó un par de segundos en reaccionar.
—¡No me habías dicho que supieras hacer eso! — exclamó
atónito.
La joven se encogió de hombros con la sonrisa triunfante
todavía pegada en los
labios.
—Bah, si no ha sido nada... —le respondió—. Cuando
vivíamos en Dakota del Sur
gané tres años seguidos el primer premio en la exhibición
de acrobacias a caballo. Mi
padre solía decir que era la mejor amazona que había en
el lugar.
—¿En qué lugar? —preguntó Tom boquiabierto.
—En su rancho —contestó ella divertida—. ¿Quién es ahora
una chica de ciudad?
Tom pestañeó incrédulo, pero al instante se dibujó en sus
labios la sonrisa
más amplia y hermosa que Miranda le había visto jamás.
Sus ojos cafeces la observaban
brillantes, rebosantes de admiración y orgullo.
—Verdaderamente estás llena de sorpresas —le dijo.
—Pues aún te queda mucho por ver —se rio ella—. ¿Tienes
un sombrero para
prestarme?
—Toma el mío —le dijo Evan, acercándose y arrojándoselo—.
Bueno, bueno...
¿Desde cuando hacen rodeos en Chicago?
—Resulta que se crió en un rancho en Dakota del Sur —le
dijo Tom poniendo
los brazos en jarras—. ¿Puedes creer que me lo haya
estado ocultando todo este
tiempo?
—Las sorpresas son lo que hacen la vida más interesante
—intervino Miranda
burlona, mientras se colocaba el sombrero, un par de
tallas demasiado grande para
ella—. Si me das un palo puedo usarlo de paraguas
—bromeó, girándose hacia Evan. El
mayor de los Kaulitz la miró indignado.
—¿Me estás llamando cabezón?
—Oh, no, por supuesto que no —murmuró ella riéndose,
mientras balanceaba el
sombrero, que le cubría las orejas y casi le tapaba los
ojos.
—Lo que pasa es que tú tienes la cabeza muy pequeña —le
espetó Evan.
—¿A qué edad aprendiste a montar? —le preguntó Tom a
Miranda cuando
dejaron de reírse.
—A los ocho años —contestó ella—, y todavía monto cuando
tengo ocasión. Me
encantan los caballos.
—¿No sabrás conducir ganado y marcarlo también, verdad?
—inquirió Tom,
diciéndose que ya nada lo sorprendería.
—Si me das un caballo como Dios manda ya lo creo que sí
—le dijo ella
acariciando el cuello de su montura—. No tengo nada en
contra de Ronco, pero me
temo que no me serviría de mucho en medio de un rebaño de
vacas.
Tom se rio.
—No, es verdad. Te ensillaré a Dusty y saldremos a los
pastos.
Y se alejó con Evan de nuevo hacia las caballerizas.
—¡Vaya con la chica de ciudad!, ¿eh? —le dijo su hermano.
Tom sonrió encantado.
—Ya puedes decirlo, ya... ¡Y yo que estaba preocupado
porque no encajaría aquí!
—Es una mujer de armas tomar —se rio Evan—. No la
pierdas.
—No pienso hacerlo —respondió Tom—, aunque tenga que
atarla al cabecero
de la cama.
Evan le lanzó una mirada irónica.
—No te tenía por un pervertido...
Tom lo miró furibundo y entró en las caballerizas entre
las carcajadas de
Evan.
Durante los tres días que siguieron. Miranda descubrió
que tenía mucho más en
común con Tom de lo qué jamás hubiera imaginado, pero,
sin embargo, siempre
afloraba a su mente el pensamiento de aquella chica a la
que tanto había amado y
perdido. Se decía que no debía haber superado su muerte
si aún continuaba
guardándole tanto rencor a su madre. Y si su corazón
estaba todavía ocupado, no podía
amarla a ella, y si no la amaba, ¿qué posibilidades había
de que tuvieran un matrimonio
dichoso?
Miranda le daba vueltas a estas cuestiones mientras
observaba a Tom asistir
a una yegua en su parto, con exquisita ternura. A pesar
de sus faltas, en el fondo era
el hombre más bueno y compasivo que había conocido.
—Te voy a dar una semana más —le dijo Tom, levantándose y
limpiándose las
manos en un trapo cuando el potrillo estuvo fuera y su
madre lo ayudaba a ponerse en
pie.
Miranda lo miró interrogante.
—¿Qué?
—Si dentro de una semana no me has dado una respuesta —le
dijo Tom—, te
quitaré la decisión de las manos.
—No puedes obligarme a casarme contigo —masculló ella
indignada, frunciendo el
entrecejo.
Los ojos cafeces de Tom recorrieron el cuerpo de la joven
de un modo
posesivo, y con un deseo apenas contenido.
—Ponme a prueba.
—¿Me dices eso y esperas que te diga que sí? — replicó
Miranda poniendo los
brazos en jarras—. ¿Sabes qué?, tendría que estar loca
para casarme con alguien como
tú. Soy una mujer del siglo veintiuno independiente,
autosuficiente...
Tom alzó la barbilla y le dirigió una sonrisa burlona.
—Aun así te obligaré —le dijo—, y a ti te gustará, por
mucho que lo niegues.
Miranda resopló exasperada.
—Eres un hombre arrogante y déspota y...
—Me quedaría todo el día escuchando tus cumplidos, cariño
—la interrumpió él,
calándose el sombrero—, pero he quedado con un posible
cliente en Jacobsville.
Depositó un beso lánguido en los labios de la
boquiabierta Miranda, y la dejó allí
de pie, echando humo mientras lo veía alejarse.
Ella recordó en ese momento que Tom le había dado permiso
para montar
cualquiera de los caballos del rancho, excepto un
purasangre negro llamado Rocket, del
que le había dicho que tenía por lo general muy mal
genio.
Miranda nunca habría pensado en desobedecer aquella
advertencia, pero Tom
se había comportado como si fuera el macho dominante de
una manada de lobos, y
estaba tan airada con él que ensilló el caballo y salió
con él, cabalgando veloz como el
viento hasta que el animal y ella estuvieron tan agotados
que no pudieron ir más lejos.
Desmontó y llevó a Rocket a beber a un pequeño riachuelo,
hablándole y
acariciándolo todo el tiempo. No se merecía aquella mala
reputación que se había
granjeado, se dijo la joven. Era un caballo dócil si se
sabía tratarlo con mano firme. En
cierto sentido. Miranda se identificaba con él, ya que,
en su adolescencia había sido
un espíritu libre y rebelde, que por desgracia se había
visto ahogado tras su
matrimonio. Tim la había hecho sentir como un juguete que
únicamente tomara de la estantería cuando estaba aburrido. Sin embargo, con Tom
su rebeldía y su
naturaleza salvaje habían resurgido. Era como si hubiese
sacado a la superficie las
pasiones que habían quedado enterradas en lo más profundo
de su alma. Aquello la
hacía sentirse algo inquieta, pero más viva que nunca.
Miró su reloj de pulsera y se sorprendió del tiempo que
había pasado desde que
saliera a cabalgar con Rocket. Contrajo el rostro
disgustada. No quería ni pensar en lo
que iba a decirle Tom cuando regresase.
Y, tal y como había esperado, al aproximarse a las
caballerizas, vio que allí
estaba Tom, andando arriba y abajo, con un cigarrillo en
la mano, y su paso, que por
lo general era lento y tranquilo, se había tornado rápido
e impaciente. Cuando la vio
llegar, alzó la cabeza, con una mirada peligrosa en los
ojos. Evan también estaba allí,
frotándose la nuca incómodo ante la escena que
anticipaba.
Miranda desmontó, y fue con Rocket hasta ellos. Tenía los
vaqueros salpicados
de barro, igual que las botas. Su camisa no estaba mucho
más limpia, y tenía el cabello
desordenado, aunque su rostro estaba sonrosado por el
ejercicio, y sus ojos brillaban
de un modo inusitado.
Tom se irguió, y Evan dio un paso adelante, como
dispuesto a interponerse en
defensa de la joven si era necesario. Miranda, sin
embargo, estaba muy tranquila. Se
acercó a Tom y le tendió las riendas.
—Ten —dijo alzando el rostro desafiante hacia él—.
Adelante: chíllame, grita,
ríñeme, me lo merezco.
Tom tenía la mandíbula apretada, y sus ojos
relampagueaban, pero no hizo
ninguna de esas cosas, sino que, sorprendiéndola por
completo, la tomó entre sus
brazos y la estrechó con fuerza contra su cuerpo, como si
nunca quisiera dejarla ir.
Miranda pudo sentir que temblaba, y se sintió mal por
haberlo preocupado hasta ese
punto.
—Lo siento —murmuró en su oído, apoyando la barbilla en
su hombro—, no me di
cuenta de lo tarde que se había hecho. No quería
preocuparte, Tom, perdóname.
Él no dijo nada, sino que la estrechó aún con más fuerza,
dejando escapar un
profundo suspiro de alivio.
—¿Vas a besarme o no? —le susurró Miranda en el oído con
una sonrisa.
Tom se apartó un poco de ella.
—Te besaría hasta dejarte sin sentido... si el pesado de
mi hermano no estuviera
ahí de pie, tratando de volverse invisible —le dijo,
lanzando una mirada a Evan, que
carraspeó y tomó las riendas de Rocket para llevarlo
dentro. Se volvió hacia Miranda
muy se rio—. El lunes nos casaremos. No pienso esperar ni
un día más. O te casas
conmigo, o nos separamos para siempre.
La joven lo miró a los ojos. Lo que Tom le estaba
pidiendo era un acto de fe.
Sin embargo, se dijo, cada día encontraba más cosas en
común entre los dos, y le daba
la impresión de que él estaba empezando a sentir algo más
por ella que mera atracción
física. ¿Qué más iba a esperar? Se llevaban bien, y a
ella le gustaba la vida en el
campo, así que tampoco tendría que costarle ningún
esfuerzo habituarse a aquello.
Además, la alternativa era regresar a Chicago, con sus
fantasmas, e intentar olvidar a
Tom. Ya lo había intentado una vez... y había fracasado
miserablemente. Esbozó una
sonrisa confiada.
—El lunes entonces.
Tom, que había estado conteniendo el aliento, suspiró, y
la atrajo hacia sí,
besándola con pasión.
Tal y como habían acordado, se casaron el lunes siguiente.
Sam, el hermano de
Miranda, fue el padrino, y Pepi la madrina.
Después de la ceremonia, fueron todos al rancho. Allí, en
el terreno que había
detrás de la casa, habían dispuesto las mesas para el
banquete y una improvisada pista
de baile. Habían contratado a un grupo de músicos para la
ocasión, un servicio de
catering y un fotógrafo.
Joan, la esposa de Sam, logró llevar aparte un momento a
Miranda para desearle
lo mejor.
—No más mirar hacia atrás —le dijo con una sonrisa—,
¿prometido?
—Prometido —contestó Miranda, sonriendo también.
—Ese hombre parece un potro salvaje —dijo señalando con
la cabeza a Tom,
que estaba hablando con sus hermanos y Sam—. ¿Estás
segura de que sabrás domarlo?
—Muy segura —respondió Miranda—.Lo quiero con toda mi
alma.
Joan asintió con la cabeza.
—Entonces todo irá bien.
Sam se acercó a ellas en ese momento.
—Son todo un carácter, esos Kaulitz —le dijo a Miranda,
rodeándola con el
brazo—. Bueno, al menos no eres una novata en esto de los
caballos y las reses. Creo
que encajarás muy bien aquí, Mindy. ¿Estás contenta?
—Muy contenta —respondió ella, dándole un abrazo.
Evan y el resto de la familia Kaulitz se acercaron a
felicitarla. Theodora la
besó y abrazó con ternura de madre, dirigiendo después
una mirada desesperanzada a
Tom, que apenas le había dirigido la palabra en todo el
día.
—Algún día lo superará —le dijo Miranda, deseando de
corazón que así fuera,
porque se sentía muy mal al ver sufrir así a la señora
Kaulitz.
—Puede que supere el hecho de haber nacido siendo hijo
ilegítimo-murmuró
Theodora—, pero lo de Elizabeth... —añadió meneando la
cabeza—. No creo que eso lo
supere jamás —dijo, sin ver la sombra que cruzó por el
rostro de la joven. Solo al
darse cuenta de lo que había dicho se llevó una mano a la
boca, sonrojándose—. Dios
mío, cuánto lo siento. Miranda, yo... no quería decir
eso... Cielos, no hago más que meter
la pata —murmuró sintiéndose fatal.
—No tiene que disculparse —le respondió la joven
quedamente—. Sé que Tom
no me ama... al menos no como debió amarla a ella, pero
no me importa. Me esforzaré
por ser una buena esposa, y tendremos hijos. Eso hará
feliz a Tom, y a mí también,
y tal vez con el tiempo...
Theodora contrajo el rostro. ¿Cómo podía haberle dicho
aquello a la pobre
muchacha? En ese momento apareció Tom, que atrajo a
Miranda hacia sí, besándola
suavemente en los labios.
—¿Cómo estás? ¿Todo bien? —le preguntó afectuosamente.
Miranda tragó saliva, y esbozó una sonrisa lo más
convincente posible.
—Todo bien —asintió—. ¿Y tú?
—Bien, y estaré mejor en cuanto nos hayamos quitado el
banquete de encima —le
dijo—. No tenía ni idea de que teníamos tantos parientes
—murmuró riéndose.
Entonces, sin embargo, sus ojos se cruzaron con los de su
madre, y su sonrisa se
desvaneció—. Claro que muy pocos son parientes míos en
realidad —añadió en un tono
gélido.
Theodora no respondió a la puya, sino que lo miró con
tristeza y le dijo:
—Espero que tengas un buen viaje de luna de miel, Tom, y
tú también Miranda
—dijo apretando suavemente la mano de la joven. Y se
alejó, regresando junto a Evan y
los demás.
Miranda alzó el rostro hacia Tom preocupada.
—No puedes seguir tratándola así. La estás destrozando.
Tom se giró hacia ella con los ojos entornados.
—No te metas en esto, Miranda —le advirtió—. Esto es un
asunto entre ella y yo.
—Pero ahora soy tu esposa —replicó ella dolida.
—Eso no te convierte en la voz de mi conciencia —le
espetó él—. No pongas esa
cara. Anda, acabemos con esto. Estoy deseando que podamos
estar a solas.
Y tomándola del brazo se dirigió hacia donde estaban sus
familiares y los
invitados, esperándolos para comenzar el banquete.
El almuerzo transcurrió entre animadas conversaciones,
brindis, un interminable
discurso de Evan, más felicitaciones, y después de bailar
el vals nupcial, y unas cuantas
piezas más, Tom y Miranda lograron escabullirse al fin,
despidiéndose para ir al
aeropuerto, donde iban a tomar un vuelo a Cancún.
Habían optado por ese destino porque a ambos les gustaba
la arqueología, y
habían planeado emocionados las ruinas mayas que iban a
visitar, pero para ella el viaje
había perdido su color. Quizá deberían haber esperado un
poco más para casarse.
Tom observó la expresión apagada de Miranda por el
rabillo del ojo mientras
conducía, y se dijo que seguramente habría sido porque
aquello le habría recordado su
boda anterior, o tal vez porque otra vez había visto a
Connal y Pepi con su bebé.
Y de pronto, como para intensificar el ambiente sombrío
que había invadido lo
que se suponía que tenía que haber sido un día feliz,
comenzó a llover.
Capítulo 10
Miranda se hizo a un lado para dejar pasar al botones que
llevaba sus maletas,
y observó en silencio cómo Tom le daba una propina y
cerraba la puerta.
Se dio la vuelta y salió al balcón, admirando la hermosa
vista del Golfo de
México, notando la presencia de Tom a sus espaldas.
Entonces pensó en aquella
noche en la que él había corrido hacia ella, pensando que
se iba a tirar del puente en
Chicago. Seguramente aquello le habría recordado a esa
chica a la que había amado,
porque así era como había muerto, suicidándose.
De pronto la asaltó un terrible pensamiento. Tal vez Tom
estaba reviviendo
aquel amor en su mente, sustituyendo a esa chica con
ella... solo que en esa ocasión la
historia no acababa con un suicidio, sino con una boda.
Quería llorar.
Tom malinterpretó su silencio, creyendo que se debía de
nuevo a sus amargos
recuerdos del accidente, y no dijo nada. Salió al balcón,
y se apoyó en la balaustrada, a
su lado, dejando que la brisa marina le alborotase el
cabello mientras observaban a la
gente en la playa y a las gaviotas surcando el
resplandeciente cielo azul.
—¿Te apetece que nos cambiemos y bajemos a darnos un
baño, o simplemente a
tumbarnos en la arena?—le preguntó a Miranda.
—De acuerdo —asintió ella. Y sin dirigirle siquiera una
mirada, volvió dentro,
abrió la maleta, y extrajo un traje de baño azul, un
pareo blanco y un par de toallas.
—Voy al cuarto de baño a cambiarme —murmuró Tom.
Sacó de la maleta también un bañador y se metió en el
baño, cerrando la puerta
tras de sí.
Miranda se dijo con tristeza que no era un comienzo
precisamente idílico para un
viaje de novios, y no pudo evitar ver el contraste con el
que había seguido a su boda
con Tim. Él había estado ansioso por llevarla a la cama,
y ella recordó disgustada lo
embarazoso y molesto que había sido para ella. Le había
hecho el amor a plena luz del
día, sin ningún preludio romántico en absoluto, y ella
apenas había sentido placer, ya
que Tim solo se había preocupado de él.
En el momento en que Miranda estaba sacando de su bolsa
de aseo una loción
solar reapareció Tom. Al verlo así, con el escueto
bañador, se dijo que era todo lo
que Tim no había sido: anchos hombros, musculoso pecho,
fuertes brazos y piernas...
Ni los modelos de las pasarelas estaban tan bien
formados.
Tom enarcó una ceja, tratando de no mostrarse tan
cohibido como aquella
mirada admirativa lo estaba haciendo sentirse. No era que
no le gustase la expresión
maravillada en el rostro de Miranda, pero su escrutinio
estaba empezando a tener
efecto en cierta parte de su anatomía que pronto se haría
visible si seguía
observándolo de aquel modo.
—¿Lista para irnos? —inquirió girándose. No quería
mirarla demasiado con aquel
traje de baño.
Miranda asintió y salieron de la habitación con las
toallas sobre el hombro.
Apenas hablaron mientras buscaban un sitio libre y
tranquilo, pero cuando
estuvieron tumbados sobre la blanca arena, Tom se giró
hacia ella y le dijo:
—Cuando salimos del rancho parecías disgustada. ¿No sería
por algo que te
dijera mi madre?
Miranda se quedó dudando si decirle la verdad o no. Según
parecía, Tom había
estado dándole bastantes vueltas a aquello. Quizá lo
mejor fuera decírselo. Al fin y al
cabo, se suponía que los matrimonios se cimentaban en la
sinceridad.
—Me habló... me habló de Elizabeth —le dijo vacilante.
Tom se puso pálido, y fue como si se borrara de sus ojos
toda expresión.
¡Maldita Theodora! ¿Por qué le había hecho aquello?, ¿por
qué lo había apuñalado por la
espalda? No tenía derecho a sacar a relucir aquella
tragedia del pasado el día de su
boda. Había pasado años tratando de olvidarlo, y
precisamente en ese momento de su
vida, cuando creía que al fin había empezado a superarlo,
tenía que habérselo dicho a
Miranda para volver a llevar esa angustia a su
existencia. ¡Maldita Theodora!
Se incorporó, quedándose sentado, y encendió un
cigarrillo.
—Supongo que es mejor que te hayas enterado — dijo
finalmente—. Pero no
quiero hablar de ello, ¿entendido?
—¿Estás cerrándote a mí de nuevo, Tom? —inquirió Miranda
con tristeza—.
¿Así quieres que sea nuestro matrimonio?, ¿cada uno con
habitaciones cerradas en su
corazón en las que el otro no puede entrar?
—No voy a hablar contigo de Elizabeth, ni tampoco de
Theodora —le contestó él
con aspereza—, piensa de mí lo que quieras.
Se puso las gafas malhumorado, y sé recostó de nuevo en
la toalla, cortando la
conversación.
Miranda suspiró y se dio la vuelta, dándole la espalda.
Nunca hubiera pensado que
Tom pudiese tratarla con tanta dureza, y se sentía
destrozada. ¿Había vuelto a
cometer un error, casándose otra vez con el hombre que no
debía?
Durante la cena en el restaurante del hotel los dos
estuvieron muy callados, y el
rostro de Miranda era un reflejo de su alicaído estado de
ánimo.
Más tarde, cuando subieron a la habitación. Miranda se
giró hacia su marido con
una expresión que casi lo hizo explotar de ira. Había en
sus facciones tal resignación,
tal determinación a cumplir con sus deberes conyugales de
un modo estoico, que hizo
sentir a Tom como si fuera un canalla.
—Voy a bajar al bar: necesito beber algo —le dijo a
Miranda en un tono gélido—.
Más vale que para cuando vuelva estés metida en la cama y
dormida, no vaya a ser que
mis intenciones lujuriosas no se hayan desvanecido del
todo. Buenas noches, «señora
Kaulitz» —añadió con desprecio.
Miranda lo miró furiosa, y no se acobardó.
—Gracias por este día tan perfecto —le espetó en el mismo
tono—. Si tenía
dudas de que lo nuestro pudiera funcionar desde luego las
has despejado todas.
Tom entornó los ojos de un modo peligroso.
—¿Es eso una insinuación de que después de todo sí me
deseas? En ese caso,
deja que te complazca.
Avanzó hacia ella y la alzó en volandas, arrojándola
sobre la gran cama de
matrimonio, y colocándose sobre ella como un animal de
presa. La besó con
sensualidad, pero Miranda estaba demasiado dolida y
asustada como para responderle.
Balbució el nombre de Tim en voz alta, y aquello hizo que
Tom levantara la
cabeza y la mirara a los ojos.
—Eres igual que él —sollozó ella entre amargas lágrimas
que afloraban a sus ojos
sin que pudiera contenerlas—. Obtienes lo que quieres
cuando quieres, a tu manera,
sin importarte a qué precio o si haces daño a los demás.
Tom frunció el ceño entre confundido y avergonzado de sí
mismo. Extendió
una mano y le acarició suavemente la mejilla.
—Yo jamás te haría daño, Miranda —le dijo vacilante.
—No te detengas por mí —le contestó ella con voz
hastiada—. Tómame, no me
importa. No espero conseguir el amor de un hombre que no
puede perdonar a su propia
madre algo que ocurrió hace años y de lo que no tiene la
culpa o las circunstancias de
su nacimiento —lo miró fijamente a los ojos—. Tu madre
debía querer muchísimo a tu
verdadero padre para haberse arriesgado a la vergüenza y
la humillación que debió
sufrir por quedarse embarazada de otro hombre cuando aún
estaba casada con tu
padrastro — se quedó callada un instante, observándolo—.
Pero tú no puedes amar, ¿no
es verdad, Tom? Ya no. Eres incapaz. Todo tu amor quedó
enterrado con tu
Elizabeth. No queda nada aquí dentro —murmuró poniendo
una mano sobre su
corazón—. Nada, solo odio.
Tom se apartó de ella, bajándose de la cama y mirándola
fijamente.
—¿Por qué te has casado conmigo? —le preguntó Miranda con
tristeza— ¿Fue
por lástima, o solo porque me deseabas?
Tom no podía contestarle. Al principio había sentido
lástima, y después el
deseo había surgido rápidamente, hasta el punto de llegar
a obsesionarlo, pero desde
que ella hubiera ido con él a Texas, habían empezado a
aflorar en él otros
sentimientos, sentimientos que nunca antes había
experimentado, ni siquiera con
Elizabeth. Se llevó la mano al pecho, frotándose distraídamente
la camiseta, justo
donde había estado la mano de Miranda, como si aún
pudiese sentir su calor.
Entonces recordó el día que ella había salido a cabalgar
con el caballo más
salvaje del rancho, y el modo en que había temblando al
estrecharla después entre sus
brazos. Y en ese momento comprendió por qué había tenido
tanto miedo, comprendió
cuáles eran en realidad sus sentimientos.
—Escucha, Miranda —comenzó a decirle quedamente—, hemos
empezado con mal
pie desde el principio. Tal vez deberíamos...
—¿Acabar con esto? —concluyó ella erróneamente. Sus ojos
grises lo miraron
desafiantes—. Sí, creo que tienes razón. Ninguno de los
dos está listo para asumir
ningún tipo de compromiso.
—No es eso —respondió él resoplando—. Quedémonos un par
de días más, y
luego, cuando estemos de vuelta en Texas... tomaremos una
decisión.
Los dos días siguientes pasaron muy rápido, aunque el
ambiente entre ellos no
llegó a distenderse. Se trataban con educación, pero no
como una pareja de recién
casados. Fueron a visitar las ruinas de Chichen Itza, y
otros lugares de interés,
mezclándose con los demás turistas, pero no hicieron
fotos, y Miranda sobre todo iba
de un sitio a otro como un autómata, sin disfrutar de
verdad.
El humor de Tom tampoco mejoró demasiado, y Miranda se
dijo que
probablemente debía haber decidido que no había mucho que
salvar de su relación, y
que quizá fuera mejor así, que habría sido cruel que le
diera esperanzas de que las
cosas podían arreglarse entre ellos.
Cuando regresaron a Jacobsville, Theodora insistió en que
se quedaran en el
rancho hasta que las reparaciones de la casa que Tom
había adquirido estuviesen terminadas, para lo cual apenas faltaba una semana.
Ninguno de los dos se vio capaz de
decirle que su luna de miel había resultado en un
inminente divorcio.
Evan, sin embargo, notó que algo no iba bien, y después
de la cena llevó a Miranda
al porche para averiguar de qué se trataba.
—Muy bien, ¿qué es lo que os pasa a Tom y a ti?—inquirió
sin andarse por las
ramas.
A la joven le pilló por sorpresa la abrupta pregunta.
—N... nada, no nos pasa nada.
—Vamos, Miranda —le contestó Evan resoplando—, habéis
vuelto los dos de
vuestra luna de miel con una cara de siete metros.
Conozco muy bien a mi hermano, y
sé lo difícil que puede ser. ¿De qué se trata?
Miranda suspiró y bajó la mirada.
—De que todavía sigue enamorado de Elizabeth, de eso se
trata —murmuró—, así
que hemos decidido que nuestro matrimonio ha sido un
error, y que vamos a anularlo.
—¿A anularlo? —repitió Evan enarcando una ceja—. Pero eso
solo puede hacerse
si el matrimonio no se ha consumado... —murmuró más para
sí que para ella. Y de
pronto comprendió—. ¿Quieres decir que no habéis...?
—inquirió con los ojos como
platos.
Miranda se sonrojó.
—Sí, bueno, la verdad es que para lo apasionado que
parecía, es como si ese
fuego que sentía por mí se hubiera extinguido por
completo.
Evan se rascó la coronilla, como contrariado, y carraspeó
antes de hablar.
—Em... Tú sabes que Tom es virgen, ¿verdad? —farfulló.
Miranda se quedó boquiabierta.
—¿Que es «qué»?
—Estupendo, no lo sabías —masculló Evan frotándose el
rostro con una mano—.
Bueno, Tom me matará por habértelo dicho, pero creo que
tienes derecho a
saberlo, siendo como eres ahora su esposa. Verás, tras la
muerte de Elizabeth no miró
a otra mujer, e incluso estuvo un tiempo considerando ser
sacerdote.
Miranda sabía aquello, pero siempre había pensado que Tom
tenía alguna
experiencia, o al menos le había dado esa impresión.
—¿Estás seguro de que es...? —balbució incrédula.
—Ya lo creo que lo estoy. Escucha, Miranda, Tom es muy
puritano, y tiene un
montón de inhibiciones, así que tendrás que ser tú la que
dé el primer paso.
—Pero no puedo hacer eso—gimió ella.
—Pues claro que puedes. Eres una mujer: busca ropa sexy
con la que volverlo
loco. Ponte perfume, deja caer pañuelos... qué sé yo,
cosas así. Y entonces enciérralo
en vuestro dormitorio y deja que la naturaleza siga su
curso.
—Pero yo...
—Nada de peros, no vas a darte por vencida a la semana de
haberos casado,
¿verdad?
—¡Pero es que él no me ama!
—Pues haz que se enamore de tí —insistió Evan inflexible,
mirándola a los ojos—.
Y no me digas que es imposible, porque vi la expresión en
su rostro cuando regresaste
con ese caballo salvaje y te abrazó. Jamás lo había visto
tan afectado. Un hombre que
se preocupa de ese modo por una mujer tiene que sentir
algo por ella.
Miranda se quedó dudando. ¿Y si Evan tenía razón? ¿Y si
pudiera hacer que
Tom se enamorara de ella?
—¿De verdad crees que Tom pueda sentir algo por mí?
Evan asintió con una sonrisa.
—Tom no es tan frío como le gusta que la gente crea que
es. De hecho, dentro
de su pecho hay un enorme corazón, solo que lo han
pisoteado demasiadas veces y está
algo resentido por los golpes.
—Supongo que podría intentarlo —musitó Miranda—. Gracias,
Evan.
Esbozó una pequeña sonrisa y volvió dentro.
Al día siguiente. Miranda pidió a Theodora que la llevara
al centro comercial de
Jacobsville, y compró la clase de ropa que nunca antes
había comprado, y lencería que
la hizo sonrojarse al ir a pagarla.
—¿Estás preparando una campaña de seducción? —le preguntó
Theodora curiosa
cuando regresaban al rancho en su coche.
—Supongo que podría llamarse así —murmuró la joven
rascándose la punta de la
nariz azorada—. La verdad es que en nuestra luna de miel
no nos fue muy bien
—confesó—, y ahora mismo estamos muy distanciados.
La expresión de la señora Kaulitz se ensombreció.
—Siento haber mencionado a Elizabeth el día de vuestra
boda Miranda —dijo
con pesadumbre—. Me temo que esa ha sido la causa de ese
distanciamiento, ¿no es
así? —adivinó. Miranda asintió en silencio—. Lo siento
muchísimo hija. Es probable que
Tom y yo nunca lleguemos a hacer las paces, pero jamás
pretendí ponerte a ti en
medio.
—Lo sé —murmuró la joven—. ¿Sabe Tom algo de su verdadero
padre?
—No, nunca ha querido saber nada de él —respondió
Theodora con tristeza.
—¿Me hablaría usted a mí de él?
Los ojos de la señora Kaulitz adquirieron un brillo suave
al evocar los
recuerdos de aquella época de su vida.
—Se llamaba Barry y era capitán de la división de los
Boinas Verdes —le dijo—.
Nos conocimos en un desfile militar del Cuatro de Julio
en Houston cuando mi marido y
yo estábamos separados. Era un muchacho de Tennessee,
hijo de granjeros, pero tenía
muy buen corazón, y era alegre y galante. Empezamos a
salir juntos, y antes de que nos
diéramos cuenta, nos habíamos enamorado perdidamente el
uno del otro.
Tomó la carretera que conducía al rancho.
—Ninguno de nosotros queríamos tener un romance
—prosiguió—, pero lo que
sentíamos era demasiado fuerte como para... Bueno, ya
sabes como es eso —murmuró
incómoda—, cuando uno se enamora y es joven, resulta
difícil controlar la pasión. Y eso
fue lo que nos pasó a nosotros. Me dio un anillo de
compromiso, un anillo precioso que
había pertenecido a su madre. Íbamos a casamos en cuanto
me concedieran el divorcio,
pero lo destinaron a Vietnam y en su primera semana allí
el Viet Cong atacó su posición
y murió bajo el fuego de los morteros.
—Y usted descubrió que se había quedado embarazada —
adivinó Miranda.
—Sí, así fue —asintió Theodora quedamente—. El aborto no
era una opción para
mí, porque había amado muchísimo a Barry y quería tener
aquel hijo, porque era lo
único que me quedaba de él. Sin embargo, llegó un punto
de mi embarazo en el que ya
no podía trabajar y no sabía qué hacer. Mi casero me iba
a echar del apartamento por
impago, y entonces mi marido, Jesse, vino y me pidió que
volviera con él, que le diera
una segunda oportunidad.
—¿Por qué se separaron? —inquirió Miranda—, si es que no
es demasiada
indiscreción el preguntar — añadió azorada. Theodora
meneó la cabeza dándole a
entender que no era así.
—Mi marido me amaba, pero era muy posesivo y celoso. Al
principio me halagaba,
pero llegó a ser bastante asfixiante. Sin embargo,
supongo que la experiencia de
nuestra separación le hizo ver que no podía tratar a las
personas como si fueran de su
propiedad, porque cuando regresé al rancho jamás me echó
en cara el romance que
había tenido. Además, se implicó muchísimo en el
embarazo. Le encantaban los niños,
¿sabes? Nunca le importó que Tom no fuera hijo suyo, lo
quiso igual que a Evan, a
Connal, y a Donald. Fui feliz con él hasta que falleció
hace unos años. Sin embargo,
Tom se ha encargado desde el suicidio de Elizabeth de que
pagara por todas mis
faltas. A veces pienso en lo irónico que es que el
instrumento de castigo por haber
tenido una aventura sea el hijo fruto de ella.
—Siento mucho que Tom no sea capaz de perdonarla —murmuró
Miranda—.
Ojalá lograra hacer que la escuchara.
Aquella noche, después de la cena. Miranda subió al
dormitorio que compartía con
Tom y se puso la lencería sexy y el camisón trasparente
color verde lima que había
comprado, se puso unas gotas de perfume detrás de las
orejas, en las muñecas y el
escote, y se tumbó en la cama adoptando una postura
sugerente. Si lo que Evan había
dicho era cierto, se dijo, iba a resultar delicioso
seducirlo. Tendría que tener cuidado
de no herir su orgullo, claro, y no dejarle entrever que
sabía que era virgen, pero eso
lo hacía aún más excitante.
Unos minutos después se abrió la puerta y apareció su
cansado marido con la
ropa polvorienta, y cara de mal humor. Se detuvo con una
mano en el picaporte y la
otra en el sombrero, y se quedó mirándola boquiabierto.
—Hola, vaquero —lo saludó ella con voz mimosa y una dulce
sonrisa—. ¿Has tenido
un día duro?
—¿Qué diablos es eso que llevas puesto? —le preguntó él
con aspereza.
Miranda lo miró contrariada, pero, sin darse por vencida,
se bajó de la cama y
caminó hacia él para que pudiera admirar mejor las curvas
que se insinuaban bajo la
escasa tela del camisón. Cuando estuvo frente a él se
estiró, y sus senos se elevaron,
de modo que los pezones, ya de por sí endurecidos,
empujaron la parte frontal de la
prenda, marcándose aún más.
—Me he comprado algo de ropa nueva, eso es todo —murmuró
en un tono
perezoso—. ¿Vas a darte una ducha?
Tom masculló entre dientes algo sobre «una bien fría» y
se metió en el cuarto
de baño, dando un portazo.
Bueno, aquello no había salido exactamente como la joven
esperaba, pero ya
había imaginado que no iba a ser fácil, así que volvió a
sentarse en la cama, apoyándose
en los almohadones, dejó caer uno de los finos tirantes
del camisón, y se subió un poco
el dobladillo dejando al descubierto sus suaves muslos.
Por fin, Tom salió del baño con una toalla alrededor de
las caderas. Miranda
alzó el rostro hacia él, mirándolo de un modo seductor,
con los labios entreabiertos en
una muda invitación. Tom, sin embargo, le dedicó solo una
breve mirada, y le espetó
con desagrado:
—¿Era eso lo que tenías que hacer para llevarte a la cama
a tu anterior marido?
Su tono era insultante, y Miranda se incorporó dolida y
confundida, poniéndose
bien el camisón.
—Tom, yo no... —comenzó a explicarle.
—Pues yo no necesito esa clase de estimulación para
excitarme —masculló,
conteniendo a duras penas la ira que se estaba apoderando
de él ante el
comportamiento de ella. ¿Qué se creía?, ¿que era
impotente o algo así?
—Pero... yo pensaba que me deseabas —balbució la pobre
Miranda.
—Y así era, antes de que empezaras a intentar darme
lecciones de moralidad —le
espetó él con puro veneno en la voz—, antes de que
empezaras a interferir en mi vida.
Te deseaba sí, pero ya no siento siquiera eso por ti, así
que puedes ahorrarte todos
esos trucos baratos de seducción. No tienen el más mínimo
efecto sobre mí.
Miranda se dio la vuelta hacia la pared, acurrucándose y
mordiéndose el labio
inferior en un intento por contener las lágrimas. Estaba
temblando, y escuchaba tan
fuertes los ecos de aquellas crueles palabras en sus
oidos, que no se dio cuenta de que
él estaba abriendo cajones para sacar ropa y que estaba
vistiéndose. Aquella había
sido el arma que Tim siempre había utilizado contra ella:
hacerla sentirse poco
deseable, demasiado poco femenina como para despertar su
interés. Cerró los ojos con
fuerza, y las lágrimas comenzaron a rodar silenciosas por
sus mejillas.
—Si quisiera sexo—masculló Tom con desprecio mientras
abría la puerta del
dormitorio—, sería yo quien lo habría iniciado. Si no lo
he hecho, es porque no lo quiero
contigo. Te dije que lo nuestro se había acabado. Debiste
escucharme.
—Sí, debería haberlo hecho —musitó ella con el rostro
pálido.
Tom la maldijo para sus adentros. ¿Por qué tenía que haberse
entrometido en
sus asuntos con Theodora? No podía haberse limitado a ser
su esposa, también creía
tener la obligación de reformarlo, hacerlo parecer cruel
y egoísta. No sabía nada,
nada. Y aquello era la gota que colmaba el vaso, aquel...
despreciable acto de seducción.
Varias mujeres habían tratado de hacer lo mismo, pero él
siempre había detestado esa
agresividad en las féminas, y lo único que habían
conseguido con esa actitud
dominadora era hacer que se desvaneciera todo su interés.
Lo último que había
esperado era que Miranda lo tratara también como a un
semental con el que satisfacer
sus deseos. ¿Tan desesperada estaba por un poco de sexo?
Se giró sobre los talones y salió de la habitación,
cerrando la puerta tras de sí.
Se sintió mal cuando la oyó sollozar desconsolada, pero
no se dejó ablandar, y bajó las
escaleras.
Sin embargo, Evan que salía en ese momento de su
dormitorio, al fondo del
pasillo, también oyó el llanto de Miranda y fue tras Tom
y se enfrentó a él en el
establo.
—Ya no lo aguanto más —le dijo yendo hacia él y
clavándole el índice en el pecho
mientras hablaba—.No lo aguanto más. ¡Esa pobre muchacha
te ha soportado
demasiado!
Tom se quitó el sombrero y lo tiró al suelo.
—¿Qué vas a hacer, pegarme? —necesitaba descargar adrenalina
como fuera, y
si su hermano estaba dispuesto, por él no había
problema—. Vamos, pégame. Cada
puñetazo te lo devolveré con intereses —se los merecía
por entrometido, se dijo.
—No quiero pegarme contigo, idiota —le espetó Evan,
poniendo los brazos en
jarras—, aunque lo haría si eso fuese a hacerte entrar en
razón. Miranda va y compra
ropa sexy para excitarte, y tú vas y la haces llorar.
Eres un canalla. ¡Y pensar que solo
estaba tratando de ponértelo fácil!
Tom frunció el ceño. Allí había algo que no le encajaba.
—¿Ponerme fácil el qué? —repitió suspicaz.
Evan resopló hastiado.
—No quería decírtelo para no herir tu orgullo, pero tal
vez sea mejor que lo
haga: le he contado lo tuyo.
—¿Y qué se supone que es «lo mío»? —inquirió Tom
empezando a irritarse.
—¡Ya sabes qué! —gruñó Evan—. Tenía derecho a saberlo, es
tu esposa.
—Evan, quiero que me digas ahora mismo qué diablos le has
dicho —masculló
Tom, a punto de perder la paciencia.
—La verdad —respondió su hermano, preparándose para el
estallido de furia que
estaba seguro se produciría a continuación—, le dije que
eres virgen.
Capítulo 11
Durante casi un minuto, Tom se quedó allí de pie, mirando
a su hermano
como si no hubiese entendido lo que acababa de decir. Y
entonces, de repente, se
empezó a reír, ligeramente al principio, para acabar a
mandíbula batiente sin poder
parar. Evan, entretanto, lo observaba asombrado.
—¿Qué diablos tiene tanta gracia? —le preguntó al fin,
lanzando los brazos al
aire.
Tom se agarró el costado, y se secó las lagrimillas que
se le habían escapado
con las risas con el dorso de la mano, tratando de
recobrar el resuello para poder
contestarle.
—Nunca me he molestado en negarlo cuando me has hecho una
insinuación sobre
eso porque me daba igual —le dijo poniéndose serio—, y
hasta me hacía gracia, pero
desde luego debería estrangularte por haberle contado ese
rumor absurdo a Miranda.
—¿Rumor? —repitió Evan atónito. Pero Tom no estaba
escuchándolo.
—Dios, acabo de comportarme de un modo detestable con
Miranda, y resulta que
ella creía que estaba ayudándome...
—¿Quieres decir que... no eres virgen?
Tom no le contestó a eso.
—¿Es por eso por lo que se fue a la ciudad con Theodora?,
¿para comprar esa
lencería?, ¿para seducirme? —inquirió, empezando a
comprenderlo todo.
—Sí —farfulló Evan—. Diablos, está visto que últimamente
no hago más que
meter la pata, igual que mamá, porque mira que decirle a
Miranda que no creía que
superarías jamás lo de Elizabeth...
—¡¿Que le dijo qué?! —exclamó Tom fuera de sí—. ¿Cuándo
le dijo eso?
Evan se mordió el labio inferior al comprender que Tom no
lo sabía.
Estupendo. Acababa de contribuir a que detestase a su
madre un poco más.
—¿Cuándo? —exigió saber Tom impaciente.
—Em... el día de la boda, antes de que os marcharais a
Cancún —respondió Evan a
regañadientes—. Pero lo dijo sin darse cuenta —se
apresuró a puntualizar.
Tom dejó escapar un gruñido de frustración y, girándose
hacia la pared del
establo, golpeó con el puño los tablones de madera.
—¡Maldita sea!
—No fue más que un desliz, Tom —le dijo Evan tratando de
calmarlo. Su
hermano se había quedado callado, con la vista fija en la
pared—. Pero di, ¿tenía razón
mamá?, ¿sigues enamorado de Elizabeth? —le preguntó muy
serio, apoyando un hombro
en un tabique junto a él.
Tom se quedó callado, frotándose los ojos antes de
contestar.
—No lo sé —admitió—. Me acuerdo de ella muchas veces, de
lo trágica y absurda
que fue su muerte, y...
—¿Sigues culpando a mamá de lo que pasó? —inquirió Evan
en un tono grave.
Tom se volvió hacia él y lo miró.
—No —murmuró finalmente, meneando la cabeza— . No, ya no.
Últimamente he
estado pensando en ello. Supongo que su error no fue más
que un eslabón en la cadena
de circunstancias que llevó a Elizabeth al suicidio. Para
ella la negativa de sus padres a
nuestra relación era el fin del mundo. Era impaciente, y
se sentía enjaulada. La idea de
escapar juntos y casarnos en secreto fue de ella. Yo le
decía que tenía que hablar con
sus padres, hacerles comprender, pero el miedo a ellos la
paralizaba. De hecho ni
siquiera estoy seguro de que lo que había entre nosotros
fuera amor. Éramos
demasiado jóvenes para comprender lo que era eso. Ninguno
de los dos nos sentíamos
integrados, nos rebelábamos contra lo establecido, contra
la hipocresía de la gente de
Jacobsville, y eso fue lo que nos unió. Fue terrible que
segara su vida antes siquiera de
que hubiera empezado, pero, aunque deseo que esté bien
dondequiera que esté, hace
tiempo que comprendí que debía dejar atrás su recuerdo y
seguir adelante.
Evan lo estaba mirando como si le pareciera un milagro
que estuviera hablándole
con tanta cordura.
—Diablos, Tom, no puedo creer que te esté oyendo lo que
estoy oyendo. ¿No
tendrás fiebre? — inquirió con ironía.
Tom caminó hasta la puerta abierta del establo y alzó la
cabeza hacia la
ventana iluminada del dormitorio que compartía con
Miranda.
—Sí, tengo fiebre —murmuró—, pero sé exactamente cómo
curarla.
Dejó a Evan allí solo, y regresó a la casa con una
expresión traviesa en los ojos,
anticipando el placer de una noche de pasión con la mujer
a la que amaba.
Sin embargo, cuando llegó a la habitación se encontró con
que Miranda se había
vestido y estaba haciendo las maletas. Al oírlo entrar se
giró hacia él con los ojos
enrojecidos por el llanto.
—No te preocupes —le dijo—, no hace falta que me eches
tú. Ya me marcho yo,
por mi propio pie.
Tom cerró la puerta despacio, echó el pestillo y dejó su
sombrero sobre una
silla antes de ir a su lado.
—No te acerques un paso más —le advirtió ella—, ¡me voy a
casa!
—Ya estás en casa —le dijo Tom.
Con ambas manos, tiró del borde de la maleta, abierta
sobre la cama, y la arrojó
al suelo sin preocuparse de que la ropa se desparramara
en todas direcciones. Y
entonces, sorprendiendo a la joven más aún, la tomó en
brazos y la levantó en volandas.
—¡Suéltame! —le gritó ella, furiosa.
—Como desees —respondió él, y la echó sobre el colchón,
colocándose encima de
ella antes de que pudiera rodar y bajarse de la cama.
Miranda se retorció, peleando como una tigresa, pero
finalmente Tom se
impuso, agarrándola por las muñecas y sujetándoselas
contra el colchón a ambos lados
de la cabeza.
—¡Estoy harta de los hombres! —le Miranda enfadada—. ¡Ya
tuve bastante con
que Tim me dijera que no era lo suficientemente mujer
como para excitarlo como para
que ahora vengas tú también a restregármelo por la cara!
Tengo mi orgullo y...
—Oh, sí, orgullo entre algún que otro defecto más
—murmuró él—, como mal
carácter, impaciencia, una tendencia a interferir en
asuntos que no te conciernen...
—¿Y tú quién te has creído que eres? ¿Don Perfecto?
—No, no lo soy, ni de lejos —contestó él, mirándola a los
ojos—. Eres lo que
siempre he querido, Miranda, sólo que me ha llevado
demasiado tiempo darme cuenta.
—No es cierto —balbució ella confundida—, tú ni siquiera
me deseas, me lo has
dicho hace un momento.
—¿Eso te dije? —respondió él con una sonrisa picara—.
Fíjate bien, siente esto.
Y se frotó contra ella, haciéndole sentir la rápida
respuesta de cierta parte de
su cuerpo. Miranda contuvo el aliento sorprendida.
—Sí te deseo. Miranda —le dijo Tom—, pero lo que siento
por ti es mucho,
mucho más que deseo —la besó suavemente, tirándole del labio
inferior mientras ella
se estremecía de placer.
Poco a poco el beso se hizo más ardiente, más profundo, y
las manos de Tom
descendieron hasta las caderas de Miranda, y la atrajo
hacia sí. Ella no pudo
pronunciar palabra, porque los labios de Tom silenciaban
los suyos mientras sus
manos comenzaban a desnudarla y a recorrer todo su
cuerpo. Jamás habría imaginado
que existiera nada tan delicioso como algunas de las
caricias que su esposo le estaba
prodigando, ni como sentir al fin su gloriosa desnudez
contra la suya de un modo tan
íntimo. Aquello era el paraíso: besar y ser besada,
acariciar y ser acariciada...
—Evan dijo... que eras... virgen —jadeó entre beso y
beso.
Tom se rio suavemente.
—¿Y tú que crees?, ¿lo soy? —inquirió en un susurro
seductor, hundiéndose en
ella con fuerza.
Miranda no podía creer las sensaciones que estaban
estallando en su interior. De
pronto se le nubló la vista; el rostro de Tom se
convirtió en una mancha borrosa, y
todo fue un movimiento frenético de caderas, gemidos y
respiración entrecortada, y
un placer inigualable que los llevó a los cielos.
Momentos después. Miranda yacía en los brazos de Tom, aún
temblando por el
climax al que habían llegado juntos, con lágrimas de
felicidad rodándole por las
mejillas mientras él le acariciaba abstraído el oscuro
cabello.
—¿Estás bien? —inquirió Tom suavemente.
—Sí —musitó ella, apoyando la mejilla en el hombro de
él—. Es que... no tenía ni
idea... —balbució—. No sabía que podía ser tan
maravilloso.
—Es diferente cada vez —le contestó él besándola en la
frente—, pero yo creo
que solo puede ser así de perfecto cuando la otra persona
es a la que amas —le
explicó. Ella alzó los ojos hacia él sorprendida—. Y yo
te amo Miranda, ¿o es que no lo
sabías? —y la besó en los labios con exquisita ternura.
Cuando Tom bajó las escaleras a la mañana siguiente y
entró en el comedor,
donde Evan estaba desayunando, este le lanzó una mirada
significativa.
—Hmm... a juzgar por esa expresión de felicidad en tu
rostro, yo diría que las
cosas os fueron bien anoche, después de todo.
—No gracias a ti —masculló Tom enarcando una ceja.
Evan se rio y se frotó la nuca incómodo.
—Bueno, yo solo pretendía ayudar —farfulló—. Además,
¿cómo iba a saber la
verdad cuando nunca te hemos visto con ninguna mujer ni
has traído ninguna a casa?
Podías haber sido virgen perfectamente.
—Sí, podía —respondió Tom con una sonrisa socarrona.
Sin embargo, aquella contestación tan escueta no hizo
sino volver a despertar las
sospechas de Evan.
—Pero entonces, ¿lo eras o no?
—¿Acaso importa eso ya?
Evan meneó la cabeza confundido, diciéndose que nunca
sabría la verdad.
—Supongo que no —dijo encogiéndose de hombros.
—¿Dónde está Theodora?
—En el patio de atrás, dando de comer a las gallinas.
Tom le hizo un gesto de despedida con la mano y se
dirigió a la cocina para
salir por la puerta trasera. Le había dicho cosas muy
duras a su madre a lo largo de los
años, y por fin había decidido que Miranda tenía razón
acerca de su actitud vengativa.
Había llegado el momento de firmar la paz.
Al verlo salir, Theodora contrajo el rostro, como
temiendo el encuentro, y se
sintió completamente rastrero por haber sido tan cruel
con ella.
—Buenos días —le dijo, con las manos metidas en los
bolsillos.
Theodora lo miró de reojo.
—Buenos días —contestó, arrojando otro puñado de salvado
a las gallinas.
—He pensado que podríamos hablar —comenzó Tom.
—¿Para qué molestarte? —le espetó ella quedamente—.
Dentro de una semana
Miranda y tú os habréis mudado a vuestra casa, y no
tendrás que venir más por aquí,
salvo en Navidad o por Acción de Gracias, y sé que
incluso entonces lo harás solo por
ver a tus hermanos, no a mí.
Tom removió la arena incómodo con la punta de su bota.
Había sabido que
aquello no iba a resultar sencillo, pero había esperado
que ella se mostrara algo más
comprensiva. Al momento de pensar eso se abofeteó
mentalmente. ¿Qué derecho
tenía él a esperar comprensión? Su madre se había
mostrado increíblemente pacíente
con él todos esos años, logrando solo su desprecío, y él
nunca había sido comprensivo
con ella.
—Yo... querría que me hablaras de mi padre —le pidió,
tragándose su orgullo.
La cesta del salvado resbaló de las manos de Theodora, y
se quedó mirándolo con
el rostro lívido y los ojos abiertos como platos.
—¿Qué? —inquirió en un hilo de voz.
—Por favor, hablame de él —repitió Tom suavemente—: quién
era, qué
aspecto tenía, cuáles eran... —se quedó dudando un
instante—. Cuáles eran tus
sentimientos por él...
—Tú eres la respuesta a esa pregunta, Tom. Tú mejor que
nadie deberías
saberlo —le respondió ella con voz cansada.
Tom la miró a los ojos.
—Ahora creo saberlo —dijo quedamente—. Perdóname por
haber estado
resentido contigo tanto tiempo por la muerte de
Elizabeth. Tú no la empujaste a hacer
lo que hizo. En realidad, después de haber conocido a
Miranda, me he dado cuenta de
que hay una gran diferencia entre el amor y un enamoramiento,
y ni Elizabeth ni yo
fuimos capaces de verla. Pensábamos que nos amábamos,
pero era solo una locura
pasional de adolescentes.
—Aun así lo siento, Tom —murmuró Theodora—, he vivido
atormentada todos
estos años por aquello.
Su hijo sacudió la cabeza.
—No debió ser así. Yo no tenía derecho a hacerte sentir
mal por algo de lo que
no tuviste la culpa. Igual que tampoco tenía derecho a
juzgarte por las circunstancias
de mi nacimiento. Miranda me ha abierto los ojos. Solo
ahora comprendo que lo que
hiciste, lo hiciste porque debías sentir por aquel
hombre, por mi verdadero padre, un
amor inmenso. Si Miranda y yo hubiésemos estado en
vuestro lugar, sé que ella
también habría tenido a nuestro hijo, y que habría
soportado con entereza las puyas
de la gente, sus comentarios hirientes... todo, por lo
mucho que nos amamos. Sé que
habría criado a ese niño y lo habría querido, porque ese
niño sería parte de mí.
Theodora asintió en silencio, y apartó el rostro, con la
vista nublada por las
lágrimas.
—Pero es que yo no tenía ni idea... —añadió Tom, usando sin darse cuenta las
mismas palabras que Miranda había pronunciado la noche
anterior—, no sabía lo que
era amar de verdad... hasta ahora.
Theodora tenía un nudo en la garganta y no lograba
articular palabra alguna,
pero, al alzar la vista hacia Tom, leyó las mismas
emociones en su rostro. Su hijo se
quedó mirándola, y la vio tan frágil que la última
barrera de su corazón se derrumbó.
Abrió los brazos en un gesto mudo, y Theodora se abrazó a
él, llorando de dicha.
Tom también lloraba, y las lágrimas de ambos se llevaron
poco a poco el dolor
y la amargura.
—Te quiero, mamá —murmuró Tom en su oído.
Los brazos de su madre lo estrecharon con más fuerza, y
la buena mujer sonrió
para sí, agradeciendo a Dios aquel milagro.
Ya era casi mediodía cuando Miranda bajó, y Evan tuvo que
hacer un enorme
esfuerzo para no sonreír con malicia cuando entró en el
salón, donde Tom y él
estaban hablando de unos terrenos que querían comprar
para añadirlos al rancho.
—Adelante, ríete si quieres —desafió a Evan, poniendo los
brazos en jarras y
esbozando una sonrisa— por tu culpa anoche hice el
ridículo más absoluto.
El mayor de los Kaulitz se echó a reír.
—Vamos, no sé qué quejas puedes tener, después de la
expresión de satisfacción
que tenía Tom esta mañana cuando bajó —le dijo, haciendo
sonrojar a los dos.
Miranda se sentó junto a su marido y se abrazó a él.
—No, señor, en eso no tengo queja alguna —dijo mirándolo
a los ojos—. Solo
espero no morir de felicidad.
—Tranquila, creo que todavía no se ha muerto nadie de eso
—murmuró Evan con
sarcasmo, poniéndose de pie. Sin embargo, había una
expresión triste y casi celosa en
su rostro—. Bueno, tengo que ir a ver a la señora Cochram
para hablar de lo de ese
terreno.
—Dale saludos a Anna —le dijo Tom.
Evan torció el gesto.
—Espero que no esté allí —masculló—. No sé por qué
siempre tiene que andar por
medio cuando voy a hacer negocios con su madre. ¿No
tendrá nada mejor que hacer?
—¿Es guapa su madre? —inquirió Miranda divertida—, a lo
mejor esa chica está
preocupada de que quieras seducirla.
—Lo dudo —farfulló Evan—, no es mi tipo: tiene cincuenta
años y está más
delgada que una espina de pescado.
—¿Y qué aspecto tiene esa Anna? —preguntó Miranda.
—Decir que es voluptuosa para su edad es decir poco
—contestó Tom por su
enfurruñado hermano—. Además es rubia, alta, con los ojos
azules... Lleva cuatro años
detrás de Evan, pero él no le hace ningún caso. Pobre
chica.
—¿Pobre chica? ¡Tengo treinta y cuatro años, y ella solo
diecinueve! —le espetó
Evan indignado—. No soy un asalta cunas. Dios, pero si la
conozco desde que era una
cría... y todavía lo es, digas lo que digas.
Tom lo miró burlón.
—Sigue, convéncete.
—No tengo que convencerme de nada —farfulló su hermano.
—Bueno, pues que lo pases bien.
—No voy a pasarlo bien, voy a discutir el precio de unos
terrenos con su madre
y...
—Tom, ¿te apetece una tarta de chocolate para luego?
—inquirió Thedora,
asomando la cabeza por la puerta del salón, sonriente.
Tom atrajo a Miranda un poco más hacia sí y contestó
sonriendo también:
—Sería estupendo... si no es mucha molestia.
—Ninguna —respondió ella.
Justo cuando estaba dándose la vuelta, Tom la llamó:
—¡Oye, mamá!
—Dime —dijo ella girándose.
—¿Con ralladura de coco por encima?
Theodora se rio.
—Con ralladura de coco por encima —asintió. Y regresó a
la cocina.
Evan seguía boquiabierto, mirando a su hermano.
—¡Dios! —exclamó.
Tom lo miró con aire inocente.
—¿Ocurre algo?
—¡La has llamado «mamá»!
—Pues claro, es mi madre —contestó Tom, reprimiendo una
sonrisa.
—Sí, pero tú nunca la habías llamado así —repuso Evan—,
¡y le has devuelto la
sonrisa! —se volvió hacia Miranda—. ¿No estará enfermo?
Su cuñada se echó a reír.
—En fin, parece que después de todo existen los milagros
—farfulló Evan
encogiéndose de hombros.
Tomó su sombrero vaquero, y les hizo un gesto de
despedida con la mano—.
Hasta luego.
Tom, dispuesto a fastidiarlo un poco más, le voceó cuando
salía por la puerta:
—He oído que Anna es una gran cocinera. A lo mejor te
invitan a comer.
—Pues no pienso aceptar —masculló Evan irritado—. Ya os
lo he dicho, es muy
joven para mí—y salió dando un portazo, y dejando a Tom y
Miranda muertos de la
risa.
—Pobre Anna —murmuró Tom cuando se hubieron calmado—,
quiere amarlo,
pero él no la deja.
—¿Pero por qué?
—Algún día te lo contaré —le prometió su esposo—, pero
ahora tenemos mucho
tiempo perdido que recuperar—añadió mirándola.
—Es verdad —respondió Miranda. Y le sonrió con los labios
y los ojos, antes de
que él le impusiera silencio con un apasionado beso.
Diana Palmer -
Serie Hombres de Texas 7 - Harden.
HOLA!! BUENO ESTE ES EL FINAL DE ESTA SERIE 7 ... AHORA VAMOS CON EL DIVERTIDO Y CARISMATICO EVAN TREMAYNE .... :D ... BUENO ESPERO Y LES HAYA GUSTADO HARDEN :))
AUTORA: DIANA PALMER
TOM KAULITZ: HARDEN TREMAYNE.
GRACIAS Y HASTA LA PROXIMA ....
Me encantooooo
ResponderEliminarMe encantooo aunque Tom fue muy duro con su mama y con las palabras que le dijo a Miranda menos mal que tomo conciencia y se disculpo con las 2 pero sobre todo con su madre.. estuvo genial virgi
ResponderEliminarMe encanto *.*
ResponderEliminarSube pronto
Hermosaaa!!
ResponderEliminarA seguir con la siguiente ;)